Canción de cuna

Director: José Luis Garci. Intérpretes: Amparo Larrañaga, Alfredo Landa, Fiorella Faltoyano, María Massip, Virginia Mataix, María Luisa Ponte, Maribel Verdú y Carmelo Gómez.

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Había gran expectación ante el retorno a la gran pantalla del cineasta español José Luis Garci, tras siete años de aventura televisiva y editorial. Quedan muy atrás sus primeros éxitos como guionista (La cabina, La Gioconda está triste) y como director (Asignatura pendiente, Las verdes praderas, El Crack…), e incluso aquel histórico Oscar al mejor film en habla no inglesa que recibiera en 1983 por Volver a empezar. Ahora, su novena película es también un melodrama -a lo Leo McCarey o a lo Douglas Sirk-, en un momento en que el género vuelve a estar en alza.

De todos modos, su argumento es insólito para los tiempos que corren. Se basa en la obra teatral homónima escrita en 1911 por Gregorio Martínez Sierra, aunque la autora material fue en realidad su mujer, María Lejárraga. Ya antes había sido llevada al cine en cuatro ocasiones. Su sinopsis es sencilla. Un lugar de Castilla, a finales del siglo pasado. En un convento de monjas dominicas de clausura dejan una niña recién nacida. Las monjas se quedan con ella para educarla, después de que la adopte legalmente Don José (Alfredo Landa), el médico del pueblo, uno de los pocos varones que pueden entrar a la clausura. Pasan 18 años, la niña (Maribel Verdú) se casa con un buen muchacho del lugar (Carmelo Gómez) y los dos se van para hacer las Américas. No hay más: nueve monjas, una chica, su novio y el médico. Y una cámara que los retratará sin apenas salir del convento.

Acción. A través de una claraboya enrejada se ve un bosque. En sobreimpresión, los títulos de créditos, acompañados por una sencilla versión al piano de la Salve Regina gregoriana. La cámara se queda en el convento. Una magnífica sucesión de tomas muestra parsimoniosamente la vida de las monjas, mientras introduce al espectador en el clima de sosiego y austeridad en que viven. La luz se filtra -a lo Dreyer- por entre las sobrias paredes del caserón. Ni una palabra; pura imagen.

El resto de la película mantendrá casi sin fisuras esta tensión estética y dramática, siempre al borde del puro sentimentalismo. Ciertamente, todo chorrea sentimiento, pero se presenta con un vigor visual, con un dominio del lenguaje cinematográfico, con un inteligentísimo retrato de caracteres, con un férreo ritmo narrativo, con unos interludios de humor… absolutamente cautivadores. Se suceden esos instantes sublimes, “en los que la belleza surge como una chispa que prende la pantalla”. Y se habla del Amor a Dios y de la maternidad, y de un espejo con el que una novicia envía al cielo sus melancolías, y de la santidad, y de la belleza de la creación, y de la libertad, y de la Primera República, y de caramelos, y de un canario… No hay actores en la pantalla; hay una docena de personas de carne y hueso que arrancan jirones de emoción al mostrar las fibras más íntimas de sus existencias.

“Si no consigo que la gente salga llorando del cine habré fracasado”, había dicho Garci, asumiendo el alto riesgo de su apuesta. Misión cumplida. Su película tiene esa capacidad de convicción que consigue el cine cuando realmente se convierte en arte. De modo que uno sale del cine conmovido, muy tocado, con la sensación de haber contemplado algo de lo que es difícil hablar sin entusiasmo. “Saber mirar es saber amar”, se dice en la película. Y uno piensa que si a alguien no le gusta Canción de cuna es porque no ha sabido mirarla… Y viene a la memoria aquello del cineasta ruso Andrei Tarkovski: “Las obras de arte surgen del esfuerzo por expresar ideales éticos, y suponen la ligazón orgánica de idea y forma”. Esto es Canción de cuna: una resolución artística magistral y unas interpretaciones memorables, al servicio de una idea que rebosa verdad, bondad, belleza.

¿Será consciente Garci de todo lo que aporta su película en nuestra perpleja sociedad materializada? Quizá no. Ya se sabe que las obras de arte suelen trascender la intención de quienes las concibieron. Quizá Garci sólo ha querido traducir en imágenes la bonita historia que le hizo llorar cuando era joven, desde esa mirada respetuosa pero algo distante del solitario médico interpretado por Alfredo Landa. Pero a la postre es una mirada que se rinde ante la talla humana y espiritual de ese grupo de mujeres admirables, que le transportan a una dimensión distinta, llena de paz y de alegría. Seguro que a Garci y a muchos espectadores nos gustaría -como a Don José- que en el momento de la muerte nos cerrara los ojos alguien como ellas.

Puestos a buscar peros, es verdad que la amistad entre la primera priora y el médico -sólo esbozada en la obra teatral- llega muy lejos en la película. Y que el salto de 18 años -como otras elipsis- provoca cierto vértigo. Garci ha arriesgado también en su afán de síntesis narrativa. En cualquier caso, por su rotunda belleza, por la sinceridad y coherencia de sus planteamientos cristianos, por su “saber mirar”…, Canción de cuna me parece una obra maestra, una de las mejores películas españolas de todos los tiempos.

Jerónimo José Martín

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