Camino al paraíso

TÍTULO ORIGINAL Paradise Road

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Director y guionista: Bruce Beresford. Intérpretes: Glenn Close, Pauline Collins, Cate Blanchett, Frances McDormand, Julianna Margulies, Johanna Ter Steege. 115 min. Jóvenes-adultos.

Singapur, 1942. Un grupo de mujeres y niños occidentales son evacuados ante el inminente ataque del ejército japonés. Pero el barco en que viajan es hundido por la aviación nipona y los supervivientes son internados en un campo de concentración en Sumatra. Allí, un grupo variopinto e internacional de mujeres deberá aprender a sobrevivir durante tres años en condiciones infrahumanas. Vencerán su inicial insolidaridad y soportarán la crueldad de sus guardianes japoneses gracias a un coro polifónico que promueven una aristócrata inglesa (Glenn Close), una misionera protestante australiana (Pauline Collins) y una monja católica holandesa (Johanna Ter Steege).

Este hecho histórico sirve al australiano Bruce Beresford (Gracias y favores, Crímenes del corazón, Paseando a Miss Daisy) para realizar un intenso melodrama bélicocarcelario, en la línea de El puente sobre el río Kwai, El imperio del sol o Juramento de sangre. Beresford perfila en el guión una amplia galería de personajes que le permite una visión matizada y profunda del argumento. Esto se consolida en la resolución interpretativa, gracias a un reparto espléndido que realiza un generoso trabajo coral. También la puesta en escena -reforzada por una soberbia ambientación y por la belleza de la fotografía y de la música- responde a estos cánones de calidad, aunque algunas escenas intermedias resultan débiles y la última media hora muestra serios problemas de ritmo e intensidad. Estos defectos provocan un sabor agridulce, pero no apagan el buen recuerdo del poderoso arranque o de secuencias de alto voltaje, como la ejecución de la prisionera china, el castigo a la enfermera australiana o la primera interpretación de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak.

Coherente con la trama, el tono es duro; pero, salvo en un par de escenas exhibicionistas, Beresford no se recrea en la violencia que sufren las prisioneras. También se agradece su esfuerzo para evitar el maniqueísmo al retratar a los oficiales y soldados japoneses, en cuyas evoluciones también tienen cabida la compasión, la vergüenza y hasta el arrepentimiento. Además, esta ponderación refuerza los pequeños y grandes actos heroicos de las prisioneras. A través de ellos, Beresford ofrece reflexiones de gran hondura sobre el sentido del sufrimiento y sobre la fortaleza interior del ser humano, y examina de paso las raíces del egoísmo, y el valor de la amistad, del esfuerzo común, de la valentía y de las convicciones religiosas, especialmente del cristianismo.

Jerónimo José Martín

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