Lo que el 30 de diciembre de 2000 comenzó como una tranquila ascensión al Balandrau entre amigos durante una soleada mañana de invierno dio un giro de 180 grados cuando el tiempo cambió bruscamente. De repente, se levantó un fortísimo viento, conocido por los lugareños como torb, que desencadenó una de las tormentas más devastadoras registradas en los Pirineos. Así comenzó una angustiosa lucha por la supervivencia.
Fernando Trullols (director de El barco pirata, ganador del Goya al mejor corto en 2012) debuta en el largometraje con un filme basado en hechos reales que reconstruye una tragedia que conmocionó tanto a los montañeros como a sus familias y a los equipos de rescate. Entre los cinco amigos que emprendieron la excursión había una pareja recién prometida, un matrimonio y otro compañero de ruta.
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La película cuenta con un sólido reparto —destacan las interpretaciones de Álvaro Cervantes y Bruna Cusí—, una excelente dirección de fotografía y una eficaz banda sonora de Arnau Bataller. Todos estos elementos contribuyen a expresar la angustia y la vulnerabilidad de los protagonistas frente a una naturaleza hostil. Asimismo, la estructura se articula en dos bloques: la felicidad previa a la tragedia y el rescate de los bomberos. Este planteamiento se refleja también visualmente en el uso del color: el predominio del blanco de la nieve durante la primera parte y del rojo de los trajes de los rescatadores en la segunda. Sin embargo, el guión habría ganado fuerza con la incorporación de algunos plot-points para dinamizar la trama, y una mayor profundidad en los diálogos para matizar a los personajes.
Dicho esto, Balandrau, viento salvaje es un título que invita a la reflexión, se mantiene fiel a los hechos y, sobre todo, rinde un loable homenaje a las víctimas y a sus familias. Y todo está tratado con tacto, sensibilidad y una gran delicadeza.