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Director: James L. Brooks. Intérpretes: Nick Nolte, Whittni Wright, Albert Brooks.

Afilada radiografía de la Meca del Cine, al estilo del film de Robert Altman El juego de Hollywood, aunque desde una perspectiva mucho menos cáustica y más humanizada.

El guión sigue los pasos de Matt (Nick Nolte), un actor, hace años famoso, que pasa por un mal momento: su mujer le ha abandonado y ha sucumbido a la droga, y su propia inactividad laboral le lleva al borde de la ruina y la desesperación. En ese momento, las autoridades conceden a Matt la custodia de su hija Jeannie (Whittni Wright), una caprichosa niña de seis años a la que casi no conoce. La relación entre ambos es al principio muy tensa, pero cambia cuando le ofrecen a la niña un papel importante en una serie de televisión. Se le presenta así a Matt la oportunidad de triunfar como padre después de fracasar como marido y como actor.

Paralelamente se describe la tragedia de otros tres seres desorientados: el absorbente y egoísta director de una productora de cine (Albert Brooks); una histérica productora ejecutiva que flirtea con Matt (Joely Richardson); y una honesta investigadora de índices de audiencia (Julie Kavner).

La película fue rodada como un musical, pero luego fue modificada en el montaje, que sólo dejó una breve canción. Esta forzada transformación debilita la coherencia del tono de la película, que va dando bandazos de la comedia al drama. Es una pena, porque el guión tiene muchos puntos de interés y la puesta en escena de James L. Brooks es muy buena, como la banda sonora de Hans Zimmer y la fotografía de Michael Ballhaus. El trabajo de todos ellos, unido a las intensas interpretaciones de Nick Nolte y Whittni Wright, arranca unas cuantas secuencias magníficas, de gran fuerza dramática.

La crítica desmitificadora que hace la película al desquiciado mundo de Hollywood es mordaz hasta la caricatura y a veces sucumbe al mal gusto en algunos diálogos y en un ridículo erotismo explícito en un par de breves escenas. Pero, en cualquier caso, son muy certeros sus dardos contra el superficial recurso a la violencia y al sexo en el cine, y contra el burdo materialismo, repleto de vacío, que domina a los supuestos triunfadores de la fábrica de sueños. En cambio, se hace una apología, sincera y divertida, del buen cine clásico -a través de un ficticio remake de El secreto de vivir, de Frank Capra- y de valores positivos, como la honestidad, la unidad familiar y el valor del trabajo bien hecho.

Jerónimo José Martín