Agujetas en el alma

Director y guionista: Fernando Merinero. Intérpretes: Martxelo Rubio, Bruno Buzzi, Myriam Méziéres, Juan Potau, Nathalie Seseña, Carmen Elías. 93 min. Adultos.

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Un joven director de cine está preparando su película; junto a él, su ayudante italiano, la secretaria francesa y el productor español, e incluso la propietaria de las oficinas, a veces, su pequeña hija (no sabemos si es padre soltero; pero sí tiene una amante, a la que llama novia).

Toda la película consiste en esta preparación, en un larguísimo casting de actrices y algunos actores, sobre un guión -el de la ficción- todavía poco preciso, y el deseo y la lucha con el productor para que la actriz principal sea Myriam Méziéres, con cuya llegada se inicia la filmación y acaba la película… real, por así decir.

Los hijos del viento fue el primer trabajo de Fernando Merinero, y ha concebido ahora una singular comedia; centrada en el casting, muestra una gran variedad de situaciones y reacciones, de pruebas a muchas actrices, y, así, todo se convierte en un gran despliegue de gracia y encanto femeninos, naturales, dramáticos, sensuales…, y en un juego, en el ansia de conseguir un papel, de comunicaciones, fallos, entendimientos, enfados y esperanzas. Sea o no sea real, la naturalidad con que se presenta el trabajo del cine dentro del cine resulta muy atractiva, narrada con sencillez y frescura.

Los diálogos son también cotidianos, y muchas veces dan la sensación de feliz improvisación. Otras veces se trata de conversaciones de más hondo calado, que, por su brevedad, no llegan a ser cargantes, aunque no alcancen los mejores momentos de ese realismo gracioso de comedia de lo cotidiano, cuando lo cotidiano, como aquí, es la profesión cinematográfica. El trasfondo inmoral queda más como ambientación, como sugerencia, sin que falten sus breves acotaciones. Junto a eso, y en esas conversaciones de más hondo calado, hay ideas y convicciones cristianas, no menos sinceras.

Con la llegada final de la mítica y mitificada Myriam Méziéres, la película cobra otro tono, que quiere ser mágico. No lo es del todo pero no está mal, y, sobre todo, es una manera de acabar la película.

El comienzo del rodaje es una hermosa secuencia que, no sé por qué, deja la sensación de que es mejor la búsqueda que lo conseguido, que es mejor la preparación que el resultado. Y es lo que sucede en el arte. Merinero, las actrices y el espectador nos hemos divertido más preparando la película.

Pedro Antonio Urbina