Cerveza y castidad: Erik Varden y el arte de vivir 

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Erik Varden en EncuentroMadrid. Foto: Lupe de la Vallina

Monseñor Erik Varden (Noruega, 1974) es un monje trapense sacado de la clausura para ser obispo a petición del Papa, un maestro cervecero que ya no hace cerveza, un luterano agnóstico convertido al catolicismo.

No hay una gran catarsis en su historia, pero sí varios momentos que le fueron marcando el camino. Como diría él mismo: “Hay que prestar atención a las cosas que pasan”.

Lo primero que despierta a un Varden adolescente es la Sinfonía n. 2 de Mahler. Cuando mueren las últimas notas de Resurrección, el futuro monje se encuentra desconcertado ante la vulnerabilidad que acaba de descubrir en su interior.

“Despertó algo en mí, tocó una herida que no sabía que tenía”, reconoce en EncuentroMadrid, el evento cultural anual organizado por Comunión y Liberación y del que Varden fue ponente principal.

La sensibilidad que se intuye de este acercamiento a la fe asoma en cada palabra de Varden, que envuelve en delicadeza los asuntos más complejos del corazón humano.

Varden se convirtió en obispo de Trondheim a la temprana edad de 45 años en 2019, ocupando un cargo que llevaba vacante una década.

Hasta ese momento pasaba sus días como abad y fabricando una de las mejores cervezas artesanales en un monasterio del Reino Unido de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia.  Allí ingresó en 2002 después de completar sus estudios en Cambridge y doctorarse en Teología.

La apariencia va a tono con la biografía: túnica blanca, escapulario negro y correa colocada a modo de cíngulo. Llama la atención caminando por la calle Serrano hasta llegar a la librería en la que presentará su libro Castidad. La reconciliación de los sentidos, editado en español por Ediciones Encuentro.

No es su primera obra. Ha escrito antes sobre la memoria cristiana en La explosión de la soledad y también es autor de Entering the twofold mistery, donde recoge ideas sobre lo que la sabiduría monástica puede aportar en estos tiempos.

No estamos hablando precisamente de trending topics. Pero algo tiene Varden que congrega a cientos de asistentes a EncuentroMadrid, también a un numeroso grupo de universitarios en el Colegio Mayor Moncloa (es cierto que en la convocatoria les han prometido cerveza) y a un público selecto en el coloquio que mantiene con Víctor Lapuente en la Fundación Tatiana.

Habla noruego, inglés, italiano, francés y alemán. Cuando ríe, parece que la carcajada ha aparecido sin avisar y de repente le explota en la cara. Después de un desayuno con la prensa y con una sonrisa de oreja a oreja, pide cinco minutos para sentarse solo en silencio.  Obispo o no, no deja de ser, al fin y al cabo, un hombre con vocación contemplativa. Habla de Dios con serenidad, de la Iglesia con cariño, y de música y literatura con un gran entusiasmo (una joven se le acerca con discreción después de un encuentro y le pide una lista de nombres: “Jon Fosse, Knausgard, Wendell Berry, Marylinne Robinson”).

Escuchando, uno descubre que lo más importante para comprender su propuesta intelectual para el siglo XXI es que busca siempre responder al sentido de la existencia humana. No tiene otro interés.

El mundo contemporáneo se manifiesta perplejo ante esta cuestión.  Varden busca respuestas para ordenar esa perplejidad.

Leyéndole se llega también a la conclusión de que a este monje trapense le ha pasado con la vida como con la cerveza. “Cuando dominas su fabricación, te conviertes en un esnob”, confiesa. Esnob tiene aquí el mejor de los sentidos. El de aquel que ha probado lo selecto y ya no quiere otra cosa.

Y es que vivir, como fabricar cerveza artesanal, es un arte a dominar.

Paso 1. Buscar el equilibrio 

Resulta que los ingredientes de la cerveza no tienen misterio. El secreto está en conseguir el equilibrio perfecto entre cada uno de ellos.

Por eso, la propuesta que hace Varden en Castidad no es tanto una profundización en la moral sexual como una llamada a vivir en sentido íntegro e integrado. En definitiva, en equilibrio.

“Nadie ha llegado a la madurez sin tener la experiencia de estar siendo arrastrado en diferentes direcciones”, reflexiona Varden.

No hay ser humano que no haya tenido la sensación universal de estar desalineado consigo mismo, de sentir que el camino ofrece múltiples posibilidades y no querer tomar ninguna o querer tomar todas a la vez, de no saber bien quién devuelve la mirada en el espejo.

En la sociedad líquida y nihilista del momento, quizá este fenómeno se vea acentuado y Varden aboga por reconciliar nuestros sentidos, por volver a nosotros mismos. Por ser, según su definición, castos.

Para el monje trapense, este proceso es como la ordenación del caos que Dios lleva a cabo en los primeros días de la Creación.

“Todos necesitamos algo en torno a lo que construir nuestra identidad. Desde una perspectiva cristiana se sugiere que quizá exista algo que es más estable que identificarse con un grupo”

Varden señala que el término griego de pecado hace referencia, más que a la culpa, a la pérdida de dirección, a “errar el blanco”. Somos como una brújula desvinculada de su campo magnético.

Así, en el corazón del misterio de la castidad, descansa, en palabras de Varden, “el deseo profundo de ser vistos como somos, el deseo de que alguien pueda verme con todo lo que soy y no huir de mí”.

Nadie puede ser indiferente a esta sed, cree el monje, pero se pueden perder las herramientas conceptuales para expresarla. Quizá lo que trata de hacer Varden es rescatar vocabulario para que el ser humano aprenda a nombrar de nuevo lo que le pasa por dentro.

Paso 2. Solo productos naturales 

Una exigencia de la cerveza artesanal es que no tenga añadidos químicos.  Simplemente, se deja interactuar a los ingredientes hasta que revelen su máximo potencial.

La reflexión de Varden sobre el ser humano tiene algo de esa aceptación radical sin adornos. “Hay que aceptar la complejidad, hay que aceptar la ambigüedad de nuestros deseos”, sostiene. Y resistirse a ser etiquetado en categorías.

En relación con esto, alguien lanza una pregunta sobre cuál es su lectura del boom de identidades políticas y sexuales con las que la sociedad contemporánea busca ahora encasillarse. Y descubre uno que este monje tiende siempre a responder en positivo.

“Todos necesitamos algo en torno a lo que construir nuestra identidad”, dice comprensivo.  El boom identitario, cree Varden, es una forma de hacer manejable el caos que siente el ser humano en su interior.

“Hay que intentar comprometerse con la búsqueda que subyace, que es la búsqueda de una cierta estabilidad. Desde una perspectiva cristiana se sugiere que quizá exista algo que es más estable todavía que identificarse con uno u otro subgrupo”, apunta.

Y parte de aceptar esa complejidad pasa por recuperar el sentido del cuerpo porque, cree él, una cosa es hablar de forma explícita y otra es hablar profundizando.

Los rumores de Dios circulan por mi oscura sangre, dice Rilke en uno de sus poemas. Y lo recuerda ahora Varden para señalar que el cuerpo apunta a la trascendencia. Si no se le añaden, claro está, productos químicos.

Paso 3. Respeta los tiempos (y limpia mientras tanto) 

El proceso de la cerveza no puedes forzarlo. Llega un momento en el que hay que esperar, observar y dedicarse a limpiar.

Pero esta paciencia presupone la confianza en la receta, y en quien la ha elaborado. Surge entonces la pregunta ineludible: ¿Es la doctrina católica sobre la sexualidad digna de esa confianza? ¿Lo es la propia institución, después del escándalo de los abusos sexuales en su seno?

Una y otra vez, Varden agradece que se plantee esta cuestión porque quien observa la realidad desde una distancia prudente, resiste la tentación de negar sus peores partes. Monseñor habla de los abusos sexuales como “una herida abierta en el cuerpo de la Iglesia”.

Pero Varden confía también en la tradición milenaria de esa Iglesia y asegura que hay que ir poco a poco desintegrando la caricatura de que lo único que la institución tiene que decir en este campo es: no.

Sabe Varden que está lidiando con la intimidad del ser humano, con el lugar en el que se juega la batalla de los deseos más profundos. “¿Hemos expuesto la doctrina de la Iglesia sobre la ordenación de los afectos, de modo que la fuerza de nuestras palabras vaya acompañada de la correspondiente dulzura?”, se pregunta.

Y es que sabe también que confrontarse con uno mismo puede ser complicado, así que aboga por tener un respeto absoluto a la historia personal de cada uno. “Hay que respetar cualquier tipo de búsqueda orientada a alcanzar integridad, incluso aunque esa búsqueda tenga una expresión caótica en el momento presente”, señala.

Habla como quien no acostumbra a decirle al prójimo: se te ha caído algo ahí, sino que se pone junto a él de rodillas en el suelo a fregar el desastre, si hace falta.

Debe de ser que, si el 90% del tiempo dedicado a la fabricación de cerveza consiste en limpiar, mejor limpiar acompañado. Más aún, mejor limpiar acompañando.

Paso 4. Abraza la imperfección (y disfruta)

La cerveza no sale bien a la primera. Lo que quiere decir que hay que probar y probar hasta encontrar el sabor perfecto. Sonríe Varden y guiña un ojo al explicar lo arduo de esta tarea de catar la bebida.

De la imperfección, surge el disfrute. Porque si algo no tiene Varden es miedo a la imperfección. Y anima a no tenerlo.  A abrazar el presente y a vacunarse contra la tentación de la nostalgia.

Se manifiesta profundamente escéptico contra los que creen que vivimos en tiempos excepcionales y que todo es ahora mucho más difícil que antes.

En medio de tanto pesimista, Varden asegura que hay una nueva apertura, una nueva posibilidad de poder contar lo mismo y de que sea escuchado con oídos nuevos.

“En ningún momento del Evangelio se vuelve Jesús al Cielo y pregunta: ‘Padre, ¿era realmente necesario que yo me encarnara en tiempos de Poncio Pilato’?”, señala. Con esta reflexión que hace reír a más de uno, aboga Varden por amar el presente tal y como es, por dialogar con él.

Paso 5. Busca la excelencia

Lo que le llamó la atención a Varden cuando visitó por primera vez un monasterio fue el ver y palpar las consecuencias de comprometerse con algo en la vida de manera radical.

Cuando, ya como abad, decidió que iba a fabricar cerveza, recibió este consejo: “Si vas a fabricar cerveza, hazlo al más alto nivel”.

Esa es la invitación de Varden para la vida: si vas a jugar al juego de la humanidad, no dejes que reduzcan su significado.

Lo dice un monje que rechaza de plano la idea de que quizá lo bueno no sea accesible para todo el mundo. Lo dice un monje que, como responsable de la formación de los jóvenes monjes que apenas habían terminado la educación secundaria, se empeñó en leer con ellos El banquete de Platón.

No hay que renunciar al ideal: es la llamada constante de un hombre que asegura que estamos hechos para otra cosa. A la vez que sabe, como lo saben los personajes de las novelas de Sigrid Undset, que, a pesar de lo que creía como un adolescente agnóstico luterano, la fe no es una receta simplona que hace más fácil la vida, sino que tienen sus exigencias.

María Magdalena o la salvación es una relato de Marguerite Yourcenar que Varden cita en su libro para hablar de la castidad, de la ambigüedad de los propios deseos y de cómo estos pueden ser transformados.

Repasando el relato, que bebe de la tradición de los apócrifos, uno descubre en las palabras de su protagonista cómo entiende Varden esa renuncia nuestra al ideal: “Pecamos porque Dios no está: como nada perfecto se presenta a nosotros, nos resarcimos con las criaturas”.

Alguien levanta la mano en el Colegio Mayor Moncloa y hace la siguiente pregunta: “¿Cómo podemos vivir la castidad sin tener miedo los unos de los otros?”

Y es, en realidad, la gran pregunta: ¿cómo habitar este mundo siendo plenamente humanos sin necesidad de poseer al otro?

Varden responde: lleva una vida que te permita enfrentarte a la profundidad y a la complejidad de tu propia humanidad, lleva una vida que te permita ver lo deseable de las cosas sin el ansia de reclamarlas como tuyas.

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