Ucrania no es parte de Rusia

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Ucrania no es parfte de Rusia

En su discurso del 21 de febrero, tres días antes de iniciar la presente guerra, Vladímir Putin afirmó que Ucrania siempre ha sido parte de Rusia y que la separación fue obra de los bolcheviques, que crearon una república artificial con fronteras arbitrarias. La profesora de ciencias políticas Alexandra Goujon (Universidad de Burgogne), autora de L’Ukraine. De l’indépendance à la guerre, replica en Le Monde los argumentos del presidente ruso.

Goujon explica que, si bien Ucrania ha estado casi toda su historia unida a Rusia –o a otras naciones vecinas–, “el pueblo ucraniano existe mucho antes que su Estado”.

“Ucrania reivindica una historia milenaria”. Nació en el siglo IX como parte de la Rus de Kiev, un imperio de principados que duró hasta el siglo XIII. Su territorio fue codiciado durante siglos por Polonia y Moscovia, que luego se convirtió en Rusia. Voltaire, en su Historia de Carlos XII, rey de Suecia (1737), habla así de Ucrania: “Siempre ha aspirado a ser libre; pero estando rodeada por Moscovia, los Estados del Gran Señor [el imperio turco] y Polonia, debió buscar a un protector. Al principio se puso bajo la protección de Polonia, que la trató como a un súbdito; después se entregó al moscovita, que la gobernó como una esclava tanto como pudo”.

A mediados del siglo XIX se produjo un renacimiento nacional. Las autoridades rusas lo consideraron una manipulación de los polacos. Los círculos nacionales (hromady) fueron liquidados y se prohibió imprimir en su lengua. Los ucranianos fueron considerados “pequeños rusos”. Así, “el hogar de la cultura ucraniana se trasladó a la Galitzia austriaca”.

La URSS, creada en 1922, concedió una relativa autonomía. Fue un gesto de los bolcheviques con un pueblo oprimido en el imperio ruso, para facilitar su adhesión a la causa comunista. Pero la independencia desapareció pocos meses después en una cruenta guerra civil. La nación ucraniana fue reprimida duramente en los años 30. Fueron depuradas las élites políticas e intelectuales, y la hambruna de 1932-33, que mató al menos a 3,5 millones de personas, destruyó al campesinado. La memoria del holomodor –como se conoce a aquel genocidio– ha alimentado desde entonces el distanciamiento con respecto a Rusia.

En 1991, un referéndum aprobó la independencia de Ucrania con más del 92% de los votos. Por si hubiera dudas, el segundo presidente ucraniano y antiguo líder comunista, Leonid Kuchma, publicó en 2003 un libro en ruso titulado Ucrania no es Rusia. “Desde hace treinta años –anota Goujon–, la población ucraniana vive en un imaginario nacional distinto del ruso, con sus propios medios de comunicación, museos, fiestas nacionales y manuales de historia”.

Se comprende así, dice Goujon, la unidad actual de los ucranianos frente al ataque ruso, y que haya cundido entre ellos la animosidad contra Rusia a raíz de “la anexión de Crimea en 2014 y el apoyo de Moscú al separatismo del este, que desembocó en una guerra que ha dejado más de 14.000 muertos”.

La Ucrania actual incluye diferencias regionales, lingüísticas, religiosas y étnicas. No impiden la unidad de ciudadanos con orígenes polacos, rusos, tártaros o judíos, sin renunciar a ser de Donbás, Galitzia, Kiev u Odesa. El hecho de que algunos grupos nacionalistas colaboraran en su día con los ocupantes nazis y participaran en el exterminio de judíos, señala Goujon, no justifica en modo alguno una guerra contra Ucrania para su desnazificación. Al cabo, el presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, elegido con más del 73% de los votos en 2019, es un outsider político de origen judío.

Goujon concluye: “Corresponde a los ucranianos definirse a sí mismos. Su lucha es la de un pueblo que se niega a someterse”.

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