La burbuja de las ideas dominantes

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Hoy está de moda reconocer que vivimos en burbujas ideológicas. Es un avance admitir que encerrarnos en cámaras de resonancia donde solo se oye el eco de “los míos”, vuelve insípida la propia vida intelectual y el debate público. Por el mismo motivo, también habría que celebrar que haya gente dispuesta a pensar y a hablar fuera de la caja de las opiniones que se llevan.

En 2011, Eli Pariser dio la voz de alarma sobre cómo los algoritmos se sirven de nuestros gustos para proponernos contenidos personalizados, evitándonos otros menos afines. Desde entonces, se han multiplicado los llamamientos a pinchar las burbujas y a salir al encuentro de ideas que desafíen nuestra forma de ver el mundo.

Algunos medios han querido aportar su granito de arena, buscando la manera de ofrecer una variedad mayor de perspectivas. La periodista María Sánchez Díez citaba como ejemplos las informaciones que se toman en serio a los votantes de políticos criticados por esos medios; los fichajes de analistas que no siguen la línea editorial; o las herramientas que muestran, al final de una noticia, puntos de vista alternativos sobre el asunto tratado.

En ocasiones, estos cambios han ido acompañados de un mea culpa. Lydia Polgreen, nombrada redactora jefe de The Huffington Post un mes después de la victoria de Trump, admitía tras casi 15 años en The New York Times: “Creo que tradicionalmente, cuando hemos pensado en los sin voz, se nos vienen a la cabeza las minorías. En realidad, hay un grupo mucho más grande de personas que se sienten un poco sin voz en este momento, y eso incluye un número significativo de personas que votaron por Donald Trump”. Por su parte, cabeceras a la derecha como Fox News o Breitbart han puesto el efecto burbuja en el centro de su oferta informativa.

Una buena noticia

Hay quienes niegan que los algoritmos tengan un peso tan determinante. A fin de cuentas, uno siempre puede decidir qué hacer con las recomendaciones, vengan de una máquina o de los editores de un medio. Somos libres de decidir qué noticias leemos y a quiénes seguimos en las redes sociales.

En cualquier caso, el hecho de que exista una sensibilidad mayor hacia la fragmentación del espacio público en burbujas ideológicas es una buena noticia. Si admitimos que esas cámaras de resonancia son insanas, es porque estamos dispuestos a salir a buscar las explicaciones más valiosas. Y como somos conscientes de que nuestra comprensión de la realidad es limitada, nos mostramos dispuestos a conceder a quienes viven en otras burbujas la posibilidad de que algunas veces puedan estar en lo cierto.

Hay, además, una razón de pura conveniencia personal: una vida atenta a lo que se dice fuera de nuestro entorno ideológico resulta mucho más estimulante. “Sin la confrontación, (…) se termina por vivir de imitación y conformismo”, dice Bruno Mastroianni en La disputa feliz. En cambio, quienes se exponen a otros puntos de vista, descubren contenidos, enfoques y modos de decir novedosos.

Tener un canal de noticias variado es una manera de dejar que entre aire fresco en las propias convicciones, de encontrar “algún estímulo consistente que nos ayude a engrasar el cerebro” y “que nos obligue a reflexionar, reelaborar y repensar lo que consideramos que es la realidad”.

Tener un canal de noticias variado es una manera de dejar que entre aire fresco en las propias convicciones

Por todo ello, las llamadas a pinchar las burbujas ideológicas deberían ser bienvenidas. Pero entonces llega la paradoja: si admitimos que una vida de espaldas a quienes piensan de forma diferente a nosotros empobrece nuestra comprensión del mundo, ¿por qué vemos luego con malos ojos la variedad de puntos de vista en debates controvertidos? ¿Por qué quien discrepa de las opiniones de moda e intenta aportar una perspectiva distinta, de forma respetuosa, tiene que estar a la defensiva?

Déficit democrático

No deja de ser paradójico que el creciente rechazo a las burbujas haya coincidido en el tiempo con los recortes en la variedad de opiniones, sobre todo en el ámbito universitario anglosajón. Lo que ha motivado propuestas como una “OTAN” de académicos, intelectuales y escritores, en la que sus miembros prometen defenderse mutuamente si se ven acosados por sus ideas; un sindicato por la libertad de expresión, que ofrece acceso a abogados, expertos en comunicación y especialistas en micromecenazgo para hacer frente a una campaña de linchamiento mediático; una coalición de profesores, conocida como la “Universidad heterodoxa”, que fomenta la diversidad intelectual en los campus…

Un elemento común a estas iniciativas es el deseo de prestar apoyo a quienes se atreven a cuestionar la ortodoxia que se ha impuesto en algunas universidades, donde por ejemplo feministas críticas están bajo el escrutinio de las autoridades académicas por negarse a admitir que la identidad de género es una categoría más decisiva que el sexo biológico. En este contexto de intolerancia, es más fácil que los discrepantes se sientan amedrentados. Y es precisamente ese silencio lo que refuerza la hegemonía de unas opiniones tenidas por intocables.

Bajo este prisma puede verse también la reciente retractación pública de Jeremy Irons en la Berlinale. Cuando se anunció que este año iba a presidir el jurado, hubo protestas porque en 2013 se había expresado en contra del aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo. El actor ha querido aclarar su postura “para siempre”, manifestando que ahora sí los apoya. Lógicamente, Irons es muy libre de cambiar sus posiciones. Lo interesante del caso es que se presente la retractación como el fin de “la polémica”. En realidad, “la polémica” es que quienes organizaron las protestas no aceptaban que Irons tuviera en el pasado unas opiniones distintas de las suyas.

La narrativa de los algoritmos como creadores de burbujas acierta a señalar un problema real: el del enclaustramiento en mundos ideológicos herméticos e incomunicados. Pero cargar las tintas en lo tecnológico no va a resolver el problema de fondo: la dificultad para tolerar la libertad de pensar y opinar a contracorriente.

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