Nihil obstat para “La vida es bella”

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Duración lectura: 3m. 13s.

Contrapunto

Gracias al triunfo en el Festival de Cannes, donde obtuvo el Gran Premio del Jurado, La vida es bella, del italiano Roberto Benigni, se ha lanzado al éxito internacional. En este caso, la operación de marketing es compleja, ya que Benigni introduce lo burlesco dentro de la tragedia de los campos de concentración nazis. El judío protagonista, Guido, deportado con su mujer y su hijo, se dedica a disimular al pequeño los horrores del campo, haciéndole creer que tanto los guardianes como los deportados participan en un juego, cuyo gran premio es un carro de combate. Al tratar el horror en clave de comedia, en vez de afrontar la realidad, Benigni introduce en la representación de la Shoah un arriesgado punto de vista al que nadie se había atrevido antes.

Con razón podría decirse que Benigni “rompe un tabú” al adoptar un enfoque “heterodoxo”, que, por supuesto, “escandalizará a los bienpensantes”. Pero no, esos aspavientos para censurar de entrada cualquier crítica, sólo sirven para películas como La última tentación de Cristo o cosas así. Aquí hay que entrar de puntillas en un terreno minado, cuyos riesgos son conocidos. Hay que asegurarse de que no habrá lecturas erróneas, que se comprenderá el “modo de empleo” del film. Este vez, el marketing no exige provocaciones, sino explicaciones.

Explicaciones, en primer lugar, a la comunidad judía, cuya sensibilidad podría herir el film. Así que, antes de su estreno en Italia hace un año, se presentó en sesión especial a la comunidad judía del país, para ver si el mensaje se entendía o si había algo menos adecuado. También en Francia el distribuidor del film procedió con tacto exquisito y astucia de promotor. Con la idea de que se trataba de un “tema excepcional en el que estaba en juego algo demasiado grave como para arriesgarse a una incomprensión”, el distribuidor probó antes las reacciones de la comunidad judía, según cuenta Le Monde (22-X- 98). La vida es bella se proyectó en primer lugar a una veintena de notables de la comunidad. Su nihil obstat casi unánime sirvió para disipar las reservas que tenía el comité de selección del Festival de Cannes, receloso ante un tema tan sensible.

Tras el éxito en Cannes, el distribuidor siguió tomando precauciones. En septiembre hubo cuatro pre-estrenos, dos en París y dos en provincias, que reunieron a 1.300 personas de la comunidad hebrea. Se comprobó que el film era aceptado, con sólo una minoría de críticos. Pero tampoco estos fueron descalificados como “extremistas” o “intolerantes”. Se escucharon sus razones, se respetó el motivo de su malestar.

Antes, en julio, se había buscado el espaldarazo de Israel, presentando el film en el Festival de Jerusalén, donde, para gran satisfacción de Benigni, recibió el “Jewish Experience Award”. Pero queda lo más difícil. Miramax, que ha adquirido los derechos internacionales del film, espera llevarlo hasta el Oscar a la mejor película extranjera. El asunto exige evitar las reticencias de la comunidad judía americana, cuya influencia es primordial en Hollywood. Así que también allí se han organizado varios pre-estrenos para los responsables de la comunidad, no sea que pueda haber “incomprensiones”. Tras pasar por este banco de pruebas, el film ha empezado su carrera en Estados Unidos.

Si hubiera un Oscar para la más delicada operación de marketing, habría que dárselo al lanzamiento del film de Benigni. Quizá inaugure también una nueva tendencia en las campañas de marketing agresivo. La vida sería más bella si todos los temas sensibles, para la comunidad judía y para todas las demás, se abordaran con esa exquisita delicadeza.

Ignacio Aréchaga

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