La mala vida y la buena prensa

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Duración lectura: 5m. 9s.

¿Los desórdenes en la vida privada de un político le incapacitan para estar en el gobierno? Pues, depende: si se llama Silvio Berlusconi, su conducta frívola es signo inequívoco de su peligrosidad política; si se llama Frédéric Mitterrand su “mala vida” de turista sexual es solo un error de un hombre de talento, y no un motivo de dimisión como ministro de cultura. Este es al menos el escorado análisis de algunos medios de prensa europeos.

Esos mismos medios han estado atacando a Berlusconi, no ya solo por su gestión política, sino por sus devaneos de play boy y sus diversiones privadas. La vida privada de Berlusconi se convertía así en asunto público. Hay que reconocer que el político italiano ofrece muchos flancos para el ataque. Es verdad que es rico y deslenguado. Pero durante meses la prensa más crítica de Berlusconi no ha parado de hablar de fiestas en la finca de Cerdeña en un ambiente de lujo y frivolidad, de invitaciones a mujeres jóvenes, de regalos, de grabaciones hechas por una prostituta… Vamos, que estaba en peligro no solo la democracia sino la salud moral del país.

Cabía esperar que esos medios reaccionaran con la misma indignación al estallar el caso Mitterrand. Al Ministro de Cultura, que había defendido sin reservas al cineasta Polanski, le restregan por la televisión lo que él mismo confesaba en La mala vida, novela de inspiración autobiográfica publicada en 2005. Ahí reconocía su turismo sexual en Tailandia en busca de chicos jóvenes (garçons): “Todos estos rituales de feria de efebos, de mercado de esclavos, me excitan enormemente”. Mitterrand muestra ahí sus contradicciones, su desgarramiento entre el deseo y la culpa, su torturada vivencia del sexo.

En el fragor de la polémica, ha aclarado después que esos efebos eran jóvenes, pero no menores, y que era una relación consentida. Pero también reconocía en su libro: “El dinero y el sexo, estoy en el corazón de mi sistema; el que al fin y al cabo funciona, porque sé que no me van a rechazar”. También asegura que condena el turismo sexual y que no hay que confundir homosexualidad y pedofilia. Y, por supuesto, no ve motivos para dimitir.

Normal. Más llamativo es que haya encontrado también una inusual comprensión por parte de medios que habitualmente hacen gala de un acerado sentido crítico. Sí, se reconoce que el turismo sexual con jóvenes de un país pobre está feo, es “un error”, pero no un crimen.

Caza al hombre

Una reacción típica es la del editorial que firma el director de Le Monde, Eric Fottorino, que termina diciendo: “¿El libro era conocido? Sí. ¿Mitterrand ha cometido una violación? No. ¿La homosexualidad es un crimen, un delito? En absoluto. ¿Entonces? Pues si el ministro de cultura no ha mentido sobre la edad de sus partners sexuales, el linchamiento de que es víctima es una mancha sobre todos aquellos que, en nombre de intereses mezquinos, bailan al son que tocan”.

¿Entonces? Por lo visto sería un delito plantearse si una personalidad de ese perfil y antecedentes es la más adecuada para representar a la cultura francesa en el mundo. Por lo visto, el que la homosexualidad no sea un crimen justifica que nadie se permita hacer juicios sobre la conducta del ministro.

Le Monde y otros medios que denunciaban el riesgo que corre la libertad de prensa en Italia porque Berlusconi quiere acallar las críticas, consideran ahora que los ataques contra Mitterrand no son más que “una caza al hombre”, un “linchamiento” mediático. Si el atrevimiento de Berlusconi para defender su conducta era calificado de “descaro”, las confesiones de Mitterrand en su libro solo son un ejercicio de “sinceridad”.

Además, el primer ataque contra Mitterrand lo lanzó Marine Le Pen, del derechista Frente Nacional. Y ya se sabe que cualquier cosa que venga del Frente Nacional solo puede ser despreciada por un demócrata, sea o no verdad, eso es lo de menos.

Imaginemos qué se hubiera dicho si alguien tuviera pruebas de que Berlusconi se dedicara al turismo sexual, comprando a jóvenes en países pobres, aunque fuera con el corazón desgarrado. ¿Se le concedería el beneficio de la duda sobre la edad de las jóvenes prostitutas? ¿Se consideraría un simple error?

Coraza mediática

Es difícil explicar el desigual tratamiento a no ser por esa deferencia que hoy se tiene en la prensa de muchos países europeos con las celebridades homosexuales. Porque, aunque a menudo se presente a los homosexuales como víctimas de los prejuicios, en realidad muchas veces la homosexualidad funciona hoy como una especie de coraza para justificar conductas que serían inadmisibles en otros casos.

Los que apoyan a Mitterrand arguyen que lo que ahora es motivo de escándalo se sabía desde que se publicó el libro en 2005, y que entonces fue jaleado por la crítica por su audacia literaria y su desinhibido examen de la homosexualidad. Lo cual lleva a preguntarse si la crítica hubiera aceptado con la misma complacencia un caso de turismo sexual que no estuviera protagonizado por un gay. Hay tanta costumbre de incensar el mero hecho de “salir del armario”, que parece de mal tono preguntarse si lo que sale a la luz es o no algo de lo que uno tiene buenas razones para avergonzarse. Mitterrand es un homosexual que nunca ha ocultado su condición. Es más, su fichaje por Nicolas Sarkozy fue presentado en razón de su apellido y de su orientación sexual, como una muestra más de la política de apertura del presidente. Pero quien se sube al carro de la política ha de estar abierto también a la crítica. Y si uno cuenta sus intimidades en su libro, debe estar dispuesto a que los lectores reaccionen. La política no es un paseo turístico.