La lógica tribal, que lleva a clasificar al interlocutor en categorías simplificadoras y excluyentes de “aliado” o “adversario”, ha adquirido carta de naturaleza en la discusión pública. Pero cuando se prejuzga el valor de las ideas por la filiación intelectual –real o supuesta– de quien las enuncia, sin atender a su contenido, el debate se empobrece y crece la sensación de que vivimos en sociedades divididas en bloques irreconciliables.
En Matar a un ruiseñor, la novela de Harper Lee, el juez Taylor deja caer en medio del juicio a Tom Robinson una observación que suena extrañamente contemporánea: “Por lo general, las personas ven lo que están buscando y oyen lo que están dispuestas a oír”. Cuesta no leer ahí una descripción bastante exacta de la conversación pública actual.
No es nuevo que existan desacuerdos duros. La vida pública siempre ha tenido bandos, lealtades, prejuicios, simplificaciones y bastante mala fe. La política nunca ha sido un seminario de escucha activa. Pero hay un deterioro más reciente que la mera existencia de opiniones opuestas: cada vez cuesta más conceder al otro la condición de interlocutor.
No es solo que pensemos distinto. Es que, antes de escuchar lo que alguien dice, creemos saber ya quién es. Una palabra, una firma, una causa, un tono, un par de referencias: basta eso para ubicarlo en una casilla y dar por terminado el trabajo de atender al argumento; basta con identificar la tribu. A partir de ahí, entenderlo deja de ser necesario y refutarlo se vuelve un trámite.
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La lógica tribal tiene una ventaja muy cómoda: simplifica. Permite orientarse en un paisaje saturado de información, reduce la incertidumbre y ofrece una comunidad de pertenencia.
De buscar la verdad a rastrear la “agenda”
Basta que alguien publique un artículo defendiendo la dignidad de la vida desde la concepción para que muchos den por hecho que será antifeminista, indiferente frente a la crisis medioambiental o contrario a cualquier política social. Y basta que otro manifieste preocupación por el cambio climático para que algunos concluyan que necesariamente apoyará el aborto o la eutanasia. Una sola posición parece suficiente para completar el resto de su pensamiento. El etiquetado funciona como un atajo mental: si ya sé de qué bando vienes, también creo saber qué vas a decir, por qué lo dices y a quién sirves al decirlo.
Según Hannah Arendt, la vida pública solo existe de verdad cuando hay un mundo común y la pluralidad no se considera un obstáculo, sino la condición misma de la política
Pero ese atajo no solo ordena la conversación, sino que la deforma. La discusión deja de girar en torno a lo que se afirma y empieza a girar en torno a la procedencia del que habla. No se responde tanto al argumento como al linaje ideológico que se le atribuye. La sospecha reemplaza a la refutación. En vez de discutir si una idea es verdadera, razonable o justa, se la desactiva atribuyéndola a un sesgo o a una identidad previa. Pasamos de buscar la verdad a buscar la agenda detrás del emisor.
Ese desplazamiento cambia el clima intelectual de una sociedad. Hannah Arendt insistió en que la vida pública solo existe de verdad cuando hay un mundo común y la pluralidad no se considera un obstáculo, sino la condición misma de la política. La conversación tribal no elimina el desacuerdo; elimina algo más básico. El otro deja de comparecer como una persona y pasa a ser el representante previsible de un bloque.
A partir de este mecanismo, el clima público se endurece. Si el otro no es un interlocutor sino un ejemplar de su bando, discrepar deja de ser una operación intelectual y se convierte en un gesto de higiene moral.
La lógica tribal no solo daña la convivencia; también atrofia la inteligencia. Pensar bien exige exponerse a objeciones reales, no a versiones de utilería del adversario. Exige la incomodidad de conceder que alguien situado al otro lado de una frontera ideológica puede, en algún punto, tener razón o al menos tocar una dificultad verdadera. Exige distinguir, matizar, admitir grados, y todo eso es costoso. La tribu, en cambio, ofrece un repertorio de respuestas listas y la tranquilidad de no tener que revisar demasiado las propias convicciones.
El escritor franco-libanés Amin Maalouf, marcado por la experiencia de la guerra civil del Líbano, advirtió que una identidad se vuelve peligrosa cuando una pertenencia parcial acaba ocupándolo todo. Algo parecido ocurre en la conversación pública cuando una etiqueta política, cultural o religiosa absorbe a la persona entera. El individuo desaparece detrás de la adscripción. Ya no vemos a alguien con lealtades múltiples, experiencias mezcladas, incoherencias y zonas de aprendizaje; vemos a un “tipo de persona”.
No solo en la política
Esta degradación no pertenece en exclusiva a la política partidista o a las redes sociales. La lógica tribal se infiltra con facilidad en cualquier espacio donde la pertenencia al grupo empieza a pesar más que la obligación de hacer justicia a lo que el otro ha dicho. También en ambientes cultos y en instituciones respetables.
En círculos cristianos, la paradoja se puede dar de manera aun más aguda: se trata de comunidades que tienen la caridad como mandato explícito, no como aspiración vaga. Y, sin embargo, precisamente ahí pueden formarse dinámicas donde la sospecha circula con fluidez, donde identificar la “tribu” del interlocutor reemplaza al esfuerzo de escucharlo, y donde el magisterio o la tradición se usan menos para iluminar que para clasificar. El otro no está equivocado: está contaminado. No sostiene una posición discutible: ha elegido el bando incorrecto. La lógica es idéntica a la política, solo que viene envuelta en un lenguaje de fidelidad y cuidado de la fe. Eso la hace más difícil de ver, y a veces más difícil de corregir.
No se trata de idealizar un pasado de conversación civilizada que nunca existió, ni de fingir que todas las posiciones son equivalentes o que la firmeza intelectual es una forma de intolerancia. Una sociedad libre necesita convicciones fuertes, desacuerdos serios y discusiones ásperas. Lo que no puede perder sin empobrecerse es la convicción de que el discrepante sigue siendo alguien a quien vale la pena responder. Cuando esa convicción se erosiona, la conversación pública no desaparece. Sigue ahí, ruidosa e incesante, pero cambia de naturaleza.
Quizá por eso Atticus Finch, el abogado que defiende a Tom Robinson en Matar a un ruiseñor, le dice a su hija que nunca se comprende de verdad a una persona hasta que se intenta mirar el mundo desde su punto de vista, “hasta meterse en su piel y caminar dentro de ella”. No porque ese ejercicio elimine el desacuerdo, sino porque obliga a discutir con alguien real y no con la caricatura que habíamos construido de él.