¡“Güélcom”, Míster Obama!

Que sí, señores: que el presidente Barack Obama aterriza en Cuba el domingo 20 de marzo. De sus predecesores, el único que puso un pie allí fue Calvin Coolidge, en 1928. Pero si este llegó, a bordo de un buque de guerra, a la “fruta madura” que le arrebataron a España en 1898, el de hoy arriba a un país que, casi de regreso del romanticismo marxista-leninista, ha tenido en Washington a su rival ideológico por excelencia.

Obama, que ya va de salida, viaja a Cuba a ponerle un sello de garantía a la política de apertura iniciada en 2014, cuando él y el presidente Raúl Castro anunciaron su voluntad de restablecer relaciones diplomáticas y trabajar por la normalización de estas, algo más complejo que simplemente abrir un par de embajadas.

Hay todavía asuntos que los distancian, como, para Cuba, la base naval de EE.UU. en Guantánamo y el embargo comercial y financiero que se mantiene por voluntad del Congreso norteamericano. A EE.UU., entretanto, le fastidia la consumada obstinación de La Habana en que no hay “nada que cambiar” en cuanto a su modelo político interno, y en que la culpa de los males económicos del país no radica en el fracaso de un centralismo copiado con bastante fidelidad del modelo soviético, sino exclusivamente en el bloqueo.

Si no se puede importar maquinaria, si no hay tal medicina, si no hay los suficientes alimentos, si los pajaritos no cantan ni las nubes se levantan, el gobierno cubano tiene a la mano ese comodín. Y es el que Obama, poco a poco, está intentando arrebatarle.

Más medidas para fortalecer la apertura

El inquilino de la Casa Blanca llega con una veintena de congresistas de los dos partidos, interesados en el levantamiento del bloqueo (las organizaciones favorables a ello se han incrementado desde 2014, de 31 a 97). Y lo hace precedido por un manojo de medidas ejecutivas para acelerar el deshielo. Ya en estos meses se ha autorizado el servicio postal directo, el cierre de acuerdos entre compañías de telecomunicaciones estadounidenses y la empresa cubana ETECSA, para poder abaratar y ampliar los servicios entre una y otra orilla, y los departamentos del Tesoro y de Transporte han dado su visto bueno para que aerolíneas de EE.UU. realicen hasta 110 vuelos diarios a Cuba.

Ahora, nuevas disposiciones, publicadas el 16 de marzo, persiguen el incremento de los contactos pueblo-a-pueblo, pues para los norteamericanos ya no será necesario pedir una licencia del Departamento del Tesoro para ir a Cuba por actividades educacionales o culturales, unas complicaciones, por cierto, que no tienen que sortear para viajar a ese paraíso del estalinismo que es Corea del Norte.

La visita de Obama a un país que no cumple con los estándares democráticos de EE.UU., tiene algunos precedentes en la Historia

Por otra parte, los ciudadanos cubanos podrán recibir licencias temporales para trabajar en EE.UU. y abrir cuentas en los bancos de aquel país, algo hasta ahora impensable. Y para beneplácito del gobierno cubano, el país podrá utilizar el dólar en sus transacciones internacionales, y los bancos norteamericanos estarán autorizados a gestionarlas. Un gesto que acaba de ser correspondido por La Habana, que “multaba” al dólar estadounidense con un gravamen del 10%, lo que disminuía el poder adquisitivo de los turistas del norte y era, a diez de últimas, un harakiri contra el interés de Cuba de fomentar esa industria.

Obama, “un tipo que cae bien”

La actitud aperturista de Obama le ha generado muchas simpatías entre los cubanos, que están al día sobre las decisiones del presidente gracias al difundido “paquete semanal” –un compendio de noticias de medios occidentales y vídeos de factura estadounidense, en formato digital, que se comercializa de trasmano– y al constante flujo de cubanoamericanos que visitan a sus familiares. Incluso gracias a la no siempre muy entusiasta TV cubana, que a cada gesto de la Casa Blanca editorializa con un “sí, muy bien, pero es insuficiente”.

Según una encuesta secreta aplicada en abril de 2015 por The Washington Post y Bendixen a 1.200 residentes en la Isla, el 89% se manifestó a favor de que Obama efectuara una visita a Cuba, frente al 5% que se oponía. Además, en torno al 80% de los consultados dijo tener una opinión positiva o muy positiva del mandatario demócrata.

Un 80% de los consultados en un sondeo efectuado en Cuba, expresó opiniones positivas o muy positivas sobre el mandatario de EE.UU
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Las expectativas de la gente tendrán oportunidad de confirmarse a partir del amplio programa del presidente. Además de los actos oficiales de rigor (las conversaciones con Raúl Castro, la rueda de prensa conjunta, etc.), el presidente se reunirá con el Cardenal Jaime Ortega, caminará por el casco histórico de la capital, y pronunciará un discurso al pueblo cubano desde el Gran Teatro de La Habana, que se supone será televisado, tal como lo fue el del expresidente Jimmy Carter en 2002.

Asimismo, asistirá a un partido de béisbol entre el equipo nacional cubano y el Tampa Bay, en el estadio Latinoamericano, con capacidad para 55.000 espectadores (si bien, según se dice, las entradas ya tienen destinatarios selectos y nada problemáticos, que además no podrán llevar ni móviles, ni gorras, ni…) y se reunirá con unos 15 miembros de la atomizada disidencia local, también dividida acerca de la pertinencia de su visita.

A tomar un café en La Habana

Una de los disidentes que no ven con buenos ojos la presencia de Obama en La Habana es la líder de las Damas de Blanco, Berta Soler, quien ha afirmado a EFE: “Estamos muy preocupados, puesto que el presidente Barack Obama dijo que vendría a Cuba si existían avances en materia de derechos humanos. Y no hay avances”.

Esa lógica, la de “todo o nada” es la mejor muestra de la carencia de una estrategia de largo alcance que caracteriza a una parte de la oposición local. Si se quiere influir para que Cuba se mueva, ¿cómo hacerlo: acaso observándola con un catalejo desde la Casa Blanca y exhalando suspiros de desaprobación?

A los ojos de Soler y a los de buena parte de los políticos cubanoamericanos de la Florida –quienes paradójicamente han hecho carrera y fortuna gracias a la existencia del diferendo entre Washington y La Habana–, es absolutamente injustificado que el líder del mundo libre acuda a estrechar la mano del gobernante de un país donde las libertades padecen serios déficit.

Obama llega precedido por importantes medidas de corte económico, encaminadas a acelerar la apertura de Cuba

La política, sin embargo, es el arte de lo posible, y si Obama se sienta a esperar que un país cumpla estrictamente los estándares democráticos que demanda EE.UU., antes de visitarlo, probablemente para ese entonces ya esté oxidado el Air Force One.

Así lo comprendieron en su momento otros líderes, que además, tampoco se pusieron muy tiquismiquis en estos asuntos. No se complicó Nixon para visitar en 1972 a Mao Tzedong, el mismo que había conducido a la hambruna a l pueblo chino y emprendido una “revolución cultural” de infeliz memoria. Tampoco el canciller Kohl trazó una línea roja para recibir a Erich Honecker, el líder de la Alemania comunista, la de la temida Stassi, la de los ametrallamientos en el Muro de Berlín, porque las miras del líder de la RFA estaban puestas más allá: en la libertad y en la reunificación germana. El propio Obama tampoco se ha inhibido de viajar a Arabia Saudí, todo un campeón de las ejecuciones públicas y de los atropellos contra mujeres y creyentes de otras religiones. Ni a China, donde… ¿acaso hace falta ilustrar?

En fin, que con todo y las –cada vez menos– voces en contra, Obama va a La Habana a estrechar manos de amigos y adversarios, a tomarse un café con una anciana que lo ha invitado a su modesta casa, y a dar más solidez al proceso de acercamiento, de manera que sea quien fuere su sustituto en enero de 2017, lo tenga difícil para dar marcha atrás.

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