Charlie Hebdo, la cadena y el mono

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Un refrán caribeño aconseja, a la persona demasiado atrevida, que se abstenga de traspasar los límites en un asunto peliagudo, pues ello puede generarle graves consecuencias. “Juega con la cadena, pero deja tranquilo al mono”, suele decirse, y un año después del ataque terrorista contra el semanario francés Charlie Hebdo se verifica la validez del dicho.

Para conmemorar el aniversario de los asesinatos, la revista satírica anuncia la publicación de una portada bastante singular: una caricatura de Dios, un Dios ceñudo, armado con un fusil y con las vestiduras ensangrentadas. Al pie, una sentencia: “Un año después, el asesino continúa suelto”.

Podría aplaudirse la “valentía” de los chicos de Charlie Hebdo, su persistencia en no dejarse amedrentar, en defender la libertad de expresión y seguir cargando contra las religiones, que es, a lo que se ve, su “religión” particular… Pero no. En su cuestionable celo por la defensa de las libertades se han equivocado ligeramente de culpable. ¿O será tal vez un “descuido” que la divinidad representada se asemeje tanto a la manera en que la iconografía católica ha representado desde hace más de 17 siglos a Dios Padre: un anciano mayor, de barba prolija, vestido con una larga túnica y con el símbolo de la Trinidad sobre su cabeza cana?

Pues bien: será así, a lo fácil, como los bravos sobrevivientes de la matanza se vengarán de los fanáticos que ametrallaron a sus colegas: insultando a terceros, más exactamente a los que se sabe que no irán a por ellos, armados con kalashnikovs. Por tal razón, en las redes sociales algunos se han sorprendido por la nueva ocurrencia, aunque lejos de mostrar complicidad, el denominador común de varios tuits es una alusión a la cobardía de la publicación: “Charlie Hebdo hace de la mofa su ‘modus vivendi’, eso sí, cambiando de ícono, por si acaso”, escribe uno, y otro: “Vaya cobardes: han manchado la memoria de la anterior redacción”.

Llama la atención además este ataque gratuito porque, en el verano pasado, el editor de la revista, Laurent Sourisseau, informó que no se publicarían nuevamente viñetas satíricas de Mahoma. Con lo hecho hasta ese momento, aseguraba, ya se había defendido el “derecho a la caricatura”. De modo que ya no más Mahoma desnudo o en poses ridículas. Aunque en  nombre de este continúa flagelándose, lapidándose o decapitándose en distintos puntos del mapa islámico, para los de Charlie Hebdo el tema estaba “agotado”. Tal vez sea una extraña coincidencia que hayan declarado “cumplido” su objetivo apenas unos meses después de la masacre en París.

Hoy, la dirección del semanario francés se ufana de mantener el listón “bien alto” y lamenta que otras publicaciones no siguieran su ejemplo. “Nadie se ha sumado a este combate, porque es peligroso: podemos morir”, confiesa Eric Portheault, uno de los accionistas de la revista, que de vender apenas 30.000 ejemplares, pasó a más de 100.000. Buenos números, aunque quizás sea difícil presumir de ellos desde una incómoda semiclandestinidad: el nuevo paradero de la redacción en París es casi un secret d’Etat, una verdadera paradoja en una sociedad democrática en la que los periodistas, aun los más lenguaraces, pueden llevar a sus hijos al colegio y enrumbar en autobús hacia su oficina, de dirección conocida, sin mayor temor; o al menos no con el que hoy muestran los “valientes” y “transgresores”…

Y hay otra paradoja: con la nueva portada, que propina un puñetazo a quien no ha tenido arte ni parte en los tristes sucesos de un año atrás, los editores y caricaturistas del semanario manifiestan un modo de pensar asombrosamente parecido al de los extremistas islámicos, incapaces de mostrar tolerancia y de evitar herir a los de distinto credo, lo mismo en las ciudades cautivas del EI en Siria e Iraq que en los inmaculados palacios de las monarquías teocráticas del Golfo.

Quizás por eso, porque reconocíamos la gravedad del insulto, y porque ahora advertimos los tintes de oportunismo del que ha aprendido selectivamente contra quiénes arremeter y contra quiénes no, es que “no todos fuimos Charlie” a ciegas. Ni lo seremos.

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