Alberto Campo Baeza: “Con la vivienda, el suelo y la enseñanza no se especula”

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Duración lectura: 13m. 23s.
Alberto Campo Baeza 1

Alberto Campo Baeza es un edificio sólido con alma lógica, sencilla y con sentido común. Premio Nacional de Arquitectura 2020. Su curriculum refleja toda la luz de Cádiz de un trabajo incesante, una docencia excelente y una reflexión personal, profesional y social con cimientos humanistas. Corona el templo una sonrisa sincera que trasluce bonhomía, alegría y la paz de una conciencia.

Catedrático emérito de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Maestro hasta los 73 años con premio a la Excelencia Docente incluido. En sus vitrinas conviven condecoraciones profesionales como el Torroja, por Caja Granada; la Heinrich Tessenow Gold Medal, de la Tessenow Society; el Arnold W. Brunner Memorial Prize, de la American Academy of Arts and Letters; el International Award Architecture in Stone, de Verona; el BigMat Awards Berlín, el Piranesi, de Roma, o el Premio de Arquitectura Española Internacional.

Académico de las Bellas Artes de San Fernando. Doctor honoris causa por la Universidad CEU San Pablo (2018) y por la Universidad Nacional de Rosario, en Argentina (2021). Los premios se acumulan entre su planta, su alzado y su perfil desde hace años, pero él sigue sembrando belleza por el mundo con sus obras.

Blanco sobre blanco en su estudio madrileño. El espacio justo. Luz frontal de verano. Con las estructuras puestas, charlamos removiendo el cemento.

— ¿La arquitectura lo es todo en su vida?

— Sí, y no. Es uno de los centros de mi vida, pero, gracias a Dios, nunca me he tomado mi profesión con neurosis. Eso sería agotador. Tengo la suerte de tener trabajo, pero no demasiado, y por eso nunca me ha absorbido el oficio. Además, cuento con un equipo maravilloso que son mejores que yo.

— Muchas personas con su edad están desencantadas con la vida, con su profesión. Algunas piensan que ninguna pasión era para tanto. Sin embargo, usted parece en permanente efervescencia de ilusión por lo que hace. ¿Cuál es el secreto?

—Creo que el secreto está en la formación y en la educación. Mi padre era un cirujano listísimo y mi madre, una mujer maravillosa, hija de arquitecto. Fuimos muy felices en Cádiz y después en Madrid. Pasé por los marianistas de San Felipe Neri, en Cádiz, y por El Pilar, en Madrid, donde me dieron una preparación humana y académica estupenda. La buena educación ofrece motivos sólidos para ser feliz con lo que somos y tenemos.

— Esa pasión la ha derrochado también en su faceta docente hasta hoy, como catedrático emérito de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid.

— Me dediqué a la docencia universitaria gracias a la sugerencia de Alejandro de la Sota y lo he disfrutado un montón.

— La Universidad vive otro punto de inflexión. ¿Cómo proyectaría lo que usted ha vivido para que no deje de ser nunca un foco de progreso humano?

— Mi conocimiento objetivo de la Universidad tiene que ver, sobre todo, con lo que he vivido en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, que es la mejor del mundo, según Kenneth Frampton. Sin entrar en política, me da pena todo lo que supone rebajar la excelencia en la formación universitaria y que se iguale a todos los alumnos por abajo, porque me parece un sinsentido. La Universidad sigue siendo un instrumento maravilloso que potencia la educación, por eso soy optimista. No es fácil destrozarla. Los verdaderos apasionados de la enseñanza siguen logrando que sea un epicentro fundamental para la educación de una buena parte de la sociedad.

“La búsqueda de la belleza no está reservada a los genios de la naturaleza. Todos podemos encontrarla si buscamos la verdad”

— Tener una casa digna es casi un lujo. Estamos en mitad del progreso, y, sin embargo, parece que aspiramos a sobrevivir.

— En España, tener una casa digna es un derecho… Yo no tengo la solución técnica para ese problema evidente, pero está claro que encontrarla es una urgencia social. Yo defiendo el alquiler, porque podría permitir que una inmensa mayoría de ciudadanos vivan tranquilos sin necesidad de contar con mucho dinero. El Estado debe buscar fórmulas para paliar esta injusticia latente. Nadie debería especular ni con la enseñanza, ni con la vivienda. Lógicamente, no se trata de pisotear la propiedad privada, pero esta coyuntura social exige poner los medios para que el capitalismo no siga convirtiendo en puro negocio exclusivista un bien de primera necesidad.

— Porque una sociedad donde vivir bajo techo es difícil, cojea.

— Un hogar digno da estabilidad, eso está claro. La pena es que muchas empresas dedicadas a promover la vivienda pública están salpicadas por una corrupción inmoral. Eso yo lo he vivido de primera mano.

— Ser honesto es un pilar de la democracia. Y serlo en el ámbito del urbanismo, la construcción y la vivienda, una gran contribución a la justicia social.

— No es nada fácil. En esos ámbitos la corrupción es manifiesta.

— Su casa tiene 25 metros cuadrados y duerme en cama plegable. Además de políticas que promuevan el techo digno, quizás también debemos repensar nuestra manera de vivir.

— A mí me basta con muy poco para vivir. Estoy acostumbrado a comprar lo más barato y a tirar de marcas blancas.

— Esa apuesta vital por la sobriedad contrasta con el imaginario del lujo de la arquitectura.

— La sobriedad es una expresión de la sencillez.

— ¿La sobriedad está infravalorada en un contexto social, artístico e incluso cultural más bien despampanante?

— La sobriedad es fruto de una buena educación y de un acertado concepto de la auténtica elegancia.

— “¿Quiere usted hacer una casa buena, bonita y barata? Llame a un arquitecto”, dice usted. ¿La arquitectura es para la clase media, aunque la opinión pública la ubique en la cúpula de las élites?

— La arquitectura está al alcance de todos los españoles. La casa más bonita que he hecho ha sido la más barata. También le digo: un arquitecto malo con un fotógrafo bueno es un hipócrita, y un arquitecto bueno con un fotógrafo malo, es un imbécil. Lo que se dice con la arquitectura hay que transmitirlo adecuadamente y con aquella casa -la Casa Gaspar– tuve la suerte de contar con Hisao Suzuki, que hizo unas fotografías maravillosas, pero, insisto, su coste fue muy llevadero.

“Los ‘arquitectitos’ de lo estrambótico tienen una cultura muy sencilla y olvidan que el hombre es el centro de la arquitectura”

— Muchas familias han pasado un confinamiento entre cuatro paredes muy pegadas y con vistas a un patio interior con tendederos de realismo. ¿La pandemia cambiará la forma de concebir la casa?

— La pandemia no cambiará significativamente nuestra forma de vivir, ni nuestra manera de concebir una casa. Todavía tendremos que aprovechar otras oportunidades que nos brinda la vida para aprender a despojarnos de las cosas que no son esenciales.

— ¿Su propuesta de socializar el suelo es una necesidad urgente?

— Yo creo que sí. Socializar el suelo ordenada y controladamente es una necesidad pública de sentido común. Un bien que se nos da gratuitamente a toda la humanidad no puede convertirse en centro de la especulación.

— ¿Hasta qué punto necesita un arquitecto una visión/implicación/responsabilidad social que influya en sus proyectos?

— Hay muchos valores del buen arquitecto que no están en el currículo oficial, pero son señas de identidad importantes: la visión social, la honradez, el interés por el trabajo bien hecho… Que un acabado esté perfecto no es una manía, sino una manera de servir.

— Recomienda a sus mejores alumnos que sean docentes, porque a usted ser docente le ha ayudado mucho.

— Trabajar, enseñar y pensar son las tres patas de una buena arquitectura. Trabajando estás pegado a la realidad y sigues aprendiendo. Un arquitecto que solo se dedica a la enseñanza no tendría sentido. Enseñar obliga a tener afilados los instrumentos con los que trabajas, incluida la razón. Pensar ayuda a explicitar los conocimientos, las experiencias y los nuevos aprendizajes para consolidarlos, crecer por dentro, y trabajar y enseñar mejor.

— Recomienda usted que las personas que se dediquen a la arquitectura sean cultas, que lean mucho, y que aprendan mucho. Porque la cultura es un pilar, no una moldura de escayola vista.

— Para ser buen cocinero no hace falta ser cultísimo, pero para hacer arquitectura sí. Si lo que queremos es servir a la sociedad, un arquitecto, que debe ser un creador, debe ofrecerle belleza con sus obras, lo cual puede sonar abstracto, pero es muy concreto. La búsqueda de la belleza no está reservada a los genios de la naturaleza. Todos podemos encontrarla si buscamos la verdad. Conocer unos poemas de Jorge Manrique puede ayudarnos tanto como saber un cálculo de estructuras.

— No hablamos de cultura entendida como Historia del Arte, sino Cultura con mayúsculas.

— Literatura, música, arte… ¡todo!

¿Los estudiantes de la generación zeta oyen “cultura” y se aburren?

— No. Tengo la suerte de estar entre alumnos que se entusiasman con la cultura profunda, también porque he aprendido a seducirles por esa vía.

— Recomendaba a sus alumnos escribirle una postal desde Roma si se emocionaban al ver el Panteón. ¿Emocionarse ante la belleza es un síntoma de madurez?

— Disfrutar de la belleza es un síntoma de educación y madurez, más allá de la edad. La acumulación de conocimientos digeridos estimula la emoción ante las cosas buenas.

— El emotivismo está en el ambiente hasta el límite de la saturación. ¿En una sociedad epidérmica nos emocionamos con realidades más superficiales?

—Sí. Aconsejo visitar el Museo del Prado y hacerse esta pregunta por sus pasillos.

— Estamos en medio de un mundo lleno de necesidades, pero hablamos poco de la necesidad de la belleza.

— Lo he comprobado buscando en Google: ¡Nadie habla de la necesidad de la belleza! ¿Cómo podríamos vivir sin la belleza? La belleza es tan necesaria para el ser humano como el aire que respiramos. Sin la belleza nada merecería la pena. Pero, ¿está la belleza al alcance de todos? ¡Sí, lo está! De mil maneras. Desde niños, en casa y en la escuela, hasta los más mayores, hasta cuando nos acerquemos a los cien años y seamos capaces de decir, como Goya: “Aún aprendo”.

Alberto Campo Baeza y Miguel Quismondo visitando la ampliación del Museo de Arte Magazzino, de Nueva York.

— Hay un debate crónico en todas las artes contemporáneas entre creatividad, belleza, provocación, estrambotismo, originalidad y fuegos artificiales. ¿Cómo separa usted el grano de la paja?

— Una persona superficial que se pasa el día ante una pantalla tiene más difícil diferenciar entre realidades auténticas y cuestiones colaterales. Quien no reflexiona y no disfruta de la cultura a fondo, no tiene capacidad para descubrir verdades últimas. Una persona superficial disfruta más con lo estrambótico que con la serenidad o la calma. En otras artes, lo estrambótico no es peligroso, pero en la arquitectura, sí, porque juega con unos elementos que no pueden supeditarse a la libertad de otras labores creativas. Un edificio que no está bien calculado, se hunde, por muchas torceduras helicoidales que tenga una de sus torres. Los arquitectitos de lo estrambótico tienen una cultura muy sencilla y, generalmente, olvidan que el hombre es el centro de la arquitectura. No tiene sentido vivir provocando y siendo provocado, sin más, todo el rato.

— Todos deberíamos buscar la belleza, pero es una labor confusa. Uno puede entender dónde está el bien y dónde está el mal. Uno puede saber dónde está la verdad y dónde apesta la mentira. ¿Pero cualquiera puede acertar con la verdadera belleza intuitivamente?

— La belleza es el resplandor de la verdad, como dice Platón. La arquitectura más hermosa puede ser muy diversa, pero debe ir siempre con la verdad por delante. En cualquier arte, si la forma es el resultado de unos principios que son verdad, hay belleza.

— ¿Cuándo pasea por Madrid, Nueva York o París detecta mentiras entre sus construcciones?

— Sí. Casi todas las clásicas que permanecen son verdades, entre las modernas del siglo pasado hay un poco de todo, y entre las contemporáneas se observa bastante falsedad y mucha frivolidad. Así de claro.

— ¿Cómo se disfruta de la cultura profundamente?

— Sabiendo y alimentando el interés por la sabiduría de las realidades profundas. La cultura llama a la cultura, va creciendo y nos va mejorando sin pretensiones. La cultura auténtica es totalmente compatible con el progreso de las artes y los lenguajes contemporáneos, también en arquitectura, que cuenta hoy con grandes medios a su alcance gracias a la tecnología. La docencia hace transmisible el mensaje de la cultura cuando el mensaje es válido. Apoyados en la ignorancia de una sociedad más superficial, la verdad del arte es confusa.

— Su obra es sencillez y la sencillez es atractiva.

— Para algunos es atractiva, pero para otros es sosería. Mi obra no es más que claridad, lógica y sentido común.

— ¿Cómo se consigue que el éxito profesional no nuble de vanidad la sencillez original?

— Soy vanidoso, pero soy consciente de que los reconocimientos que he recibido son inmerecidos y excesivos, aunque, sinceramente, veo el volumen de mi curriculum y no me queda más remedio que reconocer que he trabajado muchísimo.

— Broche escatológico: Cuando le dieron el Premio Nacional de Arquitectura 2020 los medios se volcaron y le pusieron por las nubes. Eso pasará de nuevo cuando se muera. ¿Cómo quiere que le trate con justicia la prensa cuando usted ya no esté aquí?

— Con mi vida y con mi obra espero haber transmitido esperanza y agradecimiento. Tengo la esperanza de que, como dice un buen amigo mío, “Dios es como un jardinero que cuida las flores, las riega, las protege; y solo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía”. Mi agradecimiento tiene que ver con que, en este mundo nuestro convulso, soy un privilegiado y no tengo más que motivos para dar gracias a Dios por todo y por todos. Como reza Jorge de Manrique en estos versos a la muerte de su padre:

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.

 

Diez ítems para la década que viene

1. Una idea que moverá la sociedad: La belleza como esplendor de la verdad.

2. Una idea que agitará la cultura: La reconquista de la razón.

3. Un libro para entender lo que viene: Meditaciones, de Marco Aurelio. Tengo 74 ejemplares de ediciones diferentes.

4. Una obra arquitectónica que nos ayude a abrir los ojos: Por hablar de una obra de nuestro tiempo: la Torre BBVA, de Sáenz de Oiza.

5. Una persona de 2010-2020 que influirá especialmente en 2020-2030: El Papa Francisco.

6. Un acontecimiento de 2010-2020 que será decisivo para 2020-2030: La pandemia del covid-19.

7. El puente más seguro para unirnos como sociedad: La honestidad.

8. La vacuna que nos ayudará a ser más humanos: El amor.

9. El clásico de la literatura que no podemos aparcar nunca: El Quijote.

10. La mejor manera de salir adelante después de la pandemia: Trabajar y ayudar a los demás.

Álvaro Sánchez León
@asanleo