¿Amistad o tribu? La exclusión que aparece en la foto

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DURACIÓN LECTURA: 7min.

Hoy muchas exclusiones no se anuncian; simplemente aparecen después en una foto. Son escenas pequeñas que se repiten en muchos colegios y que los adultos solemos subestimar.

Una niña espera a que la agreguen a un grupo de WhatsApp, otra descubre que han creado un chat paralelo sin ella. Un niño no termina de encajar porque no le gusta el fútbol o porque sus intereses van por otro lado, o descubre, al abrir Instagram, el paseo, la comida o el cumpleaños al que no fue invitado. Una chica conversa y se ríe con las demás en el recreo, pero nunca entra realmente en el núcleo donde se organizan los planes y circulan las lealtades. Parece estar dentro, pero siempre habita un borde invisible.

Desde fuera pueden parecer anécdotas de la edad; desde dentro, para quien las vive, son heridas reales en la identidad.

La psicología del desarrollo lleva tiempo señalando que, en la adolescencia, la aceptación o el rechazo del grupo de pares pesa enormemente en la construcción del “yo”. No es extraño, entonces, que estas pequeñas fronteras sociales se vivan con tanta intensidad. Las redes no han creado la necesidad de pertenecer, pero sí la han vuelto visible de una manera descarnada y permanente. Los grupos de chat convierten la pertenencia en algo casi administrativo: un listado de nombres donde se certifica, segundo a segundo, quién está dentro y quién queda fuera.

En muchos contextos escolares, la amistad adopta así la forma de pequeños círculos cerrados. Pero lo que ocurre ahí dentro no es exactamente amistad: es pertenencia. Entrar requiere una aprobación sujeta al plebiscito o incluso la unanimidad de “los de dentro”; permanecer exige una lealtad férrea. En el fondo, estos grupos funcionan más como pequeñas tribus que como comunidades de amigos. La tribu ofrece identidad y protección en un mundo que a veces se percibe incierto, pero también exige fronteras. Saber quién es “de los nuestros” implica, necesariamente, señalar con claridad quién no lo es. Se aprende pronto que la seguridad del grupo se compra con la exclusión de los otros.

Dos formas de maleducar

A veces el dolor no lo vive solo el hijo, sino también sus padres. Hay algo profundamente difícil en observar que un hijo no es tan incluido como uno querría. Los padres imaginan que su hijo encontrará amigos con facilidad, que será invitado, que será buscado. Cuando eso no ocurre con la naturalidad esperada, aparece una mezcla de tristeza e impotencia. Es uno de los dolores silenciosos de la crianza: descubrir que el propio hijo no ocupa en el mundo social de sus pares el lugar que uno habría deseado para él. 

El problema no es solo quedar fuera; a veces, es aprender demasiado pronto que pertenecer exige excluir

Surge entonces la tentación de intervenir, de empujar discretamente ciertas amistades, de proteger al hijo de cualquier exclusión. Pero los vínculos durante la infancia y la adolescencia siguen su propia lógica. Y, aunque duela verlo, también forman parte de un aprendizaje.

Existe también otra forma, más directa, de maleducar en este campo. La de los padres que respiran tranquilos porque su hijo sí tiene grupo. Porque está dentro, es invitado, aparece en el chat. Mientras la pertenencia esté asegurada, el sistema parece funcionar y nadie se hace demasiadas preguntas.

Sin embargo, la verdadera reflexión educativa no es si un hijo pertenece a un grupo, sino qué tipo de amistad está aprendiendo a vivir. Porque el problema no es solo quedar fuera. A veces el problema es aprender demasiado pronto que pertenecer exige excluir.

Amistad y tribu

Todo esto invita a una pregunta más profunda: ¿qué es realmente la amistad?

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles afirma algo que sigue resultando sorprendente por su vigencia: nadie elegiría vivir sin amigos, aunque poseyera todos los demás bienes. La amistad no es un adorno sentimental de la vida humana, sino uno de sus pilares fundamentales. Pero precisamente por su valor, no todo vínculo merece ese nombre.

Para Aristóteles, la forma más alta de amistad surge entre personas que se reconocen mutuamente en la búsqueda del bien. Es una relación que se sostiene en la admiración recíproca y en el deseo de crecer juntos. No se trata simplemente de “matar el tiempo”, sino de compartir algo que merece ser querido por sí mismo.

Muchos siglos después, C. S. Lewis describió esta realidad con una intuición célebre: la amistad comienza cuando alguien descubre que otro comparte su misma mirada hacia algo y exclama: “¿Tú también?”. No nace del mero deseo de compañía, sino del descubrimiento de un interés o una búsqueda común.

En ese sentido, la amistad auténtica es lo contrario de una tribu: no es posesiva ni absorbente. Mientras la tribu se define por la pertenencia y la seguridad del círculo cerrado, la amistad se define por el don y la apertura. Los amigos no se miran solo el uno al otro; caminan juntos porque miran en la misma dirección, hacia algo exterior que ambos valoran: una afición, una pregunta, una causa. Las tribus tranquilizan, pero las amistades transforman.

Una sociedad donde las personas saben cultivar afinidades diversas y relacionarse con apertura genera comunidades más habitables

Cuando el vínculo se define principalmente por pertenecer al grupo –más que por compartir algo que merece la pena–, la amistad corre el riesgo de convertirse en una identidad defensiva. Además, la aparente seguridad que proporciona es, en realidad, una seguridad frágil que depende de no desentonar. Basta un cambio de humor colectivo o una pequeña disidencia para que esa pertenencia se vuelva incierta

El patio escolar, ensayo para la polis

La amistad no es solo un bien personal; tiene también una dimensión social que a veces olvidamos. Aristóteles llegaba a afirmar que la amistad mantiene unidas a las ciudades. Con esto quería decir que la vida en común depende de la capacidad de los ciudadanos para relacionarse con confianza y respeto más allá de sus intereses inmediatos.

Hoy nos preocupa el clima de agresividad en la vida pública, la polarización y esa tendencia a dividir el mundo entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Pero esas formas de relación no aparecen de la nada en la edad adulta; se ensayan mucho antes, en el patio del colegio. Si durante años la vida social se experimenta como una lealtad exclusiva a grupos cerrados, es natural que esa lógica de trinchera se reproduzca después en la política, la cultura o el trabajo. Por eso la amistad es también un valor cívico: una sociedad donde las personas saben cultivar afinidades diversas y relacionarse con apertura genera comunidades más habitables.

La pregunta pedagógica es inevitable: ¿se forma para la amistad?

A menudo se piensa que es algo espontáneo, casi accidental, pero la realidad es que también se aprende. Los niños y adolescentes observan constantemente cómo funcionan las relaciones a su alrededor: qué significa ser leal sin ser cómplice, cómo se manejan los desacuerdos sin romper el vínculo, o si la amistad implica hospitalidad o exclusión.

El ejemplo de los padres

En ese aprendizaje, el ejemplo de los adultos es el currículo oculto más potente. Los hijos ven si sus padres cultivan amigos de verdad o solo contactos de conveniencia. Ven si mantienen vínculos a lo largo de las décadas o si la vida adulta ha quedado reducida al pequeño búnker de la familia inmediata.

Un niño que ve a su padre encontrarse con un amigo de la universidad aprende sobre la fidelidad. Una hija que ve a su madre organizar una cena para dar la bienvenida a una recién llegada descubre que los círculos pueden ser permeables. Una familia que invita con naturalidad a amigos distintos –del trabajo, del barrio, de la universidad– transmite la idea de que la vida social puede ser amplia y abierta. También importa cómo se habla de los demás en casa: si las diferencias despiertan curiosidad y aprecio, o si se comentan siempre con recelo o desconfianza.

Son gestos pequeños, pero enseñan mucho.

También enseñan algo importante a los padres: que la amistad de los hijos no se puede fabricar desde fuera. Se puede acompañar, orientar, consolar cuando hay heridas. Pero, sobre todo, se puede mostrar con la propia vida que la amistad es un bien que merece ser cuidado.

Formar para la amistad consiste, en definitiva, en ayudar a descubrir que la vida social es algo más noble que una simple lucha por estar ‘dentro’. La verdadera amistad no es la que necesita posar en una foto para validarse, sino la que se vive en la apertura. La tribu ofrece una seguridad inmediata, pero solo la amistad ofrece la libertad de abrir la vida a los demás.

Porque aprender a ser un buen amigo no solo cambia una biografía; es, en última instancia, lo que puede transformar el tipo de sociedad que somos capaces de construir.

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