Sea cual la opinión que merezca, seguramente con la inteligencia artificial (IA) ocurrirá como con el famoso dinosaurio de Monterroso: terminarán las discusiones, despertaremos y seguirá estando allí.
Como explica Jerry Balentine, presidente del Instituto de Tecnología de Nueva York, en la década de los setenta hubo quienes se lamentaron de la difusión masiva de las calculadoras; ahora, todos llevamos una en el bolsillo.
Y podemos remontarnos aún más, hasta la clásica disputa que mantuvo Platón, vía Sócrates, contra el empeño por dejar todo por escrito. Pensaba que restaría vitalidad a la conversación y que destrozaría la memoria, a pesar de que gracias a ese medio de fijación casi indeleble que es el libro han llegado hasta hoy sus advertencias.
La universidad y la IA
Aunque es difícil hacerse una idea de lo que supondrá el despliegue total de la IA, podemos intuir algo del paisaje futuro analizando lo que ocurre en los centros de enseñanza, especialmente en los universitarios.
Nunca ha sido más verdad eso de que no podemos poner puertas al campo: por mucho que un determinado proyecto educativo desee que sus alumnos aprendan, por decirlo así, offline, para la mayoría, el uso de apps y de la IA es tan familiar como para otras generaciones la goma de borrar.
Por eso, la opción no es ignorar la tecnología. En un interesantísimo artículo publicado en The Chronicle of Higher Education, Yascha Mounk, profesor de Relaciones Internacionales y analista político, llama la atención sobre lo equivocadas que están dos actitudes bastante extendidas entre los profesores: unos, piensan que aumentando la dificultad o complejidad de las tareas esquivarán la IA; otros, que confrontándose cara a cara con estudiantes sospechosos de “hacer trampa”, atajarán el problema.
Competencias analógicas y digitales, necesarias
Mounk abraza una solución más sensata, menos tópica. Analiza de una forma desapasionada el escenario. Así, en primer lugar, advierte que quien desee desarrollarse profesionalmente en los próximos años “necesitará inevitablemente dominar el uso de herramientas como la IA”. Según un estudio, el 90% de los trabajadores de Bank of America la emplea a diario y en muchas ofertas de empleo se requiere saber utilizarla.
No es menos cierto que la pericia tecnológica de los alumnos no parará de aumentar y cabe concluir que, en esa misma medida, “algunas de las habilidades básicas que los estudiantes necesitan dominar para comprender bien sus disciplinas o, simplemente, para convertirse en ciudadanos plenamente formados, capaces de razonar con sensatez sobre el mundo, acabarán poco a poco debilitándose”.
Con todo, ser capaz de enfrentarse a un texto, de reflexionar o argumentar, sin ningún tipo de sostén o utillaje tecnológico, es tan imprescindible para “comprender mejor el mundo e intervenir en él”, como dominar la IA para el desempeño profesional, sostiene.
Un método no salomónico
Entonces, ¿qué hacer? ¿Adaptarse totalmente al uso de la IA o vetarlo de forma absoluta en las aulas? Mounk ha decidido “bifurcar las formas de evaluación: en algunos contextos y cursos se debe obligar a los estudiantes a demostrar su capacidad intelectual sin emplear la tecnología; en otros, se les deben proporcionar conocimientos y entrenarles en el uso de la IA del mejor modo posible”.
¿Cómo hacer eso en la práctica? En las clases que imparte en la John Hopkins University, Mounk ha decidido que sus alumnos se enfrenten a un examen presencial, de tres horas de duración, en el que deben escribir tres ensayos sobre alguna temática tratada durante el curso, “demostrando su dominio del material y su capacidad para presentar argumentos convincentes sin ayuda externa”.
Pero los estudiantes, en su trabajo final, podrán emplear la IA como consideren oportuno. “Si bien deben señalar cómo se han servido de soluciones tecnológicas, mi intención es evaluar el trabajo en función de si realizan una contribución significativa a la discusión”, explica. Así, pues, el futuro puede pasar no por combatir la tecnología, sino por aliarse con ella, sin descuidar las capacidades analógicas de siempre.