¿Qué pasa cuando se prohíben los móviles en las aulas? Lo que dice la investigación (y lo que no)

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Budimir Jevtic / Shutterstock

A día de hoy, se puede decir que la prohibición de los móviles en las aulas es una tendencia mundial. Cada vez más países limitan su uso de un modo u otro. Este tipo de normas han proliferado especialmente en el último lustro, coincidiendo con la creciente preocupación social con respecto a la omnipresencia de los dispositivos digitales. Y la pregunta es: ¿Está respaldada esa “intuición popular” por la investigación académica? La respuesta, muy resumidamente, sería un “sí, pero…”.

Conviene partir de una premisa: la investigación en el ámbito educativo resulta muy complicada. Por un lado, no es sencillo crear condiciones de laboratorio, pues muchos padres no estarían conformes con que se “experimentara” con sus hijos, incluso si ese experimento puede depararles algún beneficio. Por eso, los investigadores, para poder evaluar el efecto de una variable, suelen esperar a que esta se dé por algún cambio de circunstancias sobrevenido (por ejemplo, una nueva política educativa o una diferenciación del alumnado motivada por una decisión de las propias familias, como la elección de escuela). 

Por otro lado, es sabido que en el desempeño de un alumno influyen multitud de factores, desde los referidos a su perfil personal (nivel socioeconómico, hábitos culturales de la familia, además de las propias dotes intelectuales), hasta otros asociados a su centro escolar o incluso a la legislación del país. Desentrañar el impacto de uno en particular requiere “aislar” todos los demás. Cuando se trata de evaluar el efecto de prohibir los móviles en las aulas, hay que añadir una restricción más: la mayoría de las prohibiciones datan de hace pocos años, por lo que aún no se puede medir el impacto a medio y largo plazo.

Hechas todas estas prevenciones, es cierto que la investigación sobre el tema cuenta ya con varios estudios de alto rigor científico. Cabe destacar algunos referidos a Reino Unido, Brasil (particularmente uno que se circunscribe a Río de Janeiro y otro sobre todo el país), España, Estados Unidos (también uno de alcance nacional y otro sobre algunas escuelas de Florida), Suecia o Noruega, entre otros, junto con alguno que tiene un enfoque internacional, como el elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo. Aunque son diferentes en método y amplitud, tomados en conjunto, muestran ya un “estado de la cuestión” en el que hay líneas de fuerza claras, aunque también muchos matices.

Padres y profesores, muy de acuerdo; alumnos, depende

Uno de los puntos de consenso es que tanto padres como profesores se muestran, por lo general, partidarios de prohibir los móviles en las aulas. Lo señala, por ejemplo, un estudio elaborado por investigadores de distintas universidades estadounidenses que analizó lo ocurrido en 40.000 escuelas de todo el país tras la prohibición del móvil. Además de medir los efectos académicos, los autores entrevistaron a docentes y familias. En ambos grupos, el respaldo a la medida era muy mayoritario. En la misma dirección apunta, en cuanto a los profesores, una investigación española que se centra en dos comunidades autónomas (Galicia y Castilla-La Mancha) que aprobaron sendas prohibiciones en 2014 y 2015. Según los autores, casi un 90% de los docentes preguntados consideraban que esta medida había mejorado la atención de los alumnos en clase.

El 85% de los estudiantes preguntados en el estudio de Brasil explicaban que la prohibición había hecho que se distrajeran menos durante las clases

Los estudiantes, por su parte, no se muestran tan contentos. Al menos no en todos los sitios ni desde el primer momento. Por ejemplo, el estudio estadounidense (el de ámbito nacional) señala que la mayoría de los afectados por la prohibición estaban disconformes, especialmente durante el primer año tras esta. Con todo, la oposición bajaba considerablemente después. Según una encuesta a adolescentes del mismo país, realizada por el Pew Research Center a principios de este año, el 40% estaba de acuerdo con que se prohibiera su uso durante las clases –aunque la proporción se reducía al 20% si el veto incluía toda la jornada escolar–. Con todo, una cosa es que la medida pueda desagradar al principio y otra que no se perciban sus beneficios. Por ejemplo, el 85% de los estudiantes preguntados en el estudio de Brasil (el que se refiere a todo el país) explicaban que la prohibición del teléfono había hecho que se distrajeran menos durante las clases.

Un aspecto interesante que aparece en varios estudios es que las familias con más recursos económicos son más partidarias de prohibir los móviles, y tienen más capacidad para presionar a los colegios en esa dirección. Por ejemplo, en la encuesta del Pew antes mencionada se aprecia un mayor apoyo a esta medida entre los jóvenes de familias pudientes, mientras que el estudio sobre Río de Janeiro muestra que estas restricciones eran más frecuentes en escuelas con un perfil socioeconómico más elevado.

Algo menos de “bullying”, más interacción personal

Más allá de las percepciones subjetivas de padres, profesores y alumnos, una de las cuestiones más analizadas por la literatura científica sobre la prohibición de los móviles es su efecto en la salud mental de los estudiantes, y en concreto en la incidencia del cyberbullying. En este punto, los distintos estudios muestran bastante heterogeneidad de resultados. Los de Estados Unidos y Noruega apenas ven efectos significativos (con el matiz de que, en el primero, sí se da una mejora del “bienestar general” de los alumnos pasado el primer año; y, en el segundo, la mejoría, medida en términos de disminución de consultas con el psicólogo, se da solo en las chicas). En cambio, el del Banco Interamericano de Desarrollo sí constata un impacto claramente positivo; en concreto, un descenso de casos de ansiedad. Algo parecido observa la investigación relativa a las dos comunidades autónomas españolas, según la cual los casos de acoso online bajaron entre un 10% y un 20%.

Fuera de los estudios, algunos testimonios dan cuenta de cómo la “desaparición” de los móviles facilita la interacción personal de profesores y alumnos, y de los alumnos entre sí. Por ejemplo, la directora de una escuela argentina que optó por una prohibición “dura” (los dispositivos se guardan en cajas cerradas fuera del alcance de los alumnos, y durante toda la jornada escolar) explicaba en una entrevista hace unos meses que los patios habían recuperado su función de lugar de encuentro y de juegos colectivos, cuando antes la imagen más frecuente era la de decenas de alumnos aislados en sus pantallas. En su centro educativo se probó primero una aproximación más blanda, basada en el autocontrol, pero pronto quedó claro que no daba resultado. Ahora, son los propios alumnos los que agradecen no tener el móvil cerca.

De su testimonio también es interesante lo que cuenta sobre los padres. Los profesores se percataron de que, con frecuencia, eran ellos los primeros en enviar mensajes a sus hijos durante la jornada escolar. Sin embargo, cuando la dirección les reunió para explicarles la nueva política, hubo aprobación unánime, lo que da fe de la importancia del respaldo público (o de una cierta “coerción” moral) en este tipo de iniciativas.

Impacto académico: mal no hace, pero el diablo (o el ángel) está en los detalles

El efecto de las prohibiciones sobre el rendimiento académico es, con diferencia, la parte más contestada en la literatura científica, aunque predominan los estudios que señalan un impacto positivo.

Varios estudios coinciden en señalar que el efecto positivo beneficia especialmente a los estudiantes que tenían peores notas y a los de familias socioeconómicamente desaventajadas

Quizás la investigación más citada en este sentido –también una de las primeras con un diseño riguroso– es una referida a Reino Unido y publicada en 2016. Después de analizar durante 10 años los resultados de alumnos de 90 escuelas de secundaria que prohibieron el móvil en las aulas, los autores encontraron que las notas (en unos exámenes estandarizados a nivel nacional) mejoraban significativamente, y que esa mejoría se concentraba casi por entero en los alumnos con peores calificaciones antes del veto, por lo que la prohibición reducía también la desigualdad académica.

La investigación referida a las escuelas de Río de Janeiro también encuentra que el efecto positivo beneficia especialmente a los estudiantes que tenían peores notas y a los de familias socioeconómicamente desaventajadas; esto último lo corroboran los informes de Reino Unido y Noruega. Algunos estudios muestran que la mejoría difiere por sexo, y proponen hipótesis distintas: mientras que los autores del norteameicano citado arriba  piensan que el mayor impacto en chicos tiene que ver con cuestiones de disciplina, el referido a Noruega especula con que la ventaja de las chicas se debe a que ellas hacen un uso más intensivo del móvil.

La literatura científica también aporta dos detalles interesantes. Por un lado, las investigaciones de Reino Unido, Río de Janeiro y Noruega documentan que los efectos positivos sobre las notas se dan solo allí donde las prohibiciones se aplican en su forma “dura” y son monitoreadas con rigor y de manera consistente por los profesores. Por otro, los estudios referidos a Florida y a Reino Unido señalan que las mejoras se perciben especialmente cuando se observan los resultados en exámenes a los que los estudiantes conceden más valor, porque tienen repercusiones claras sobre el futuro académico: por ejemplo, los de final de Secundaria en Reino Unido o los del semestre de primavera en el estado norteamericano.

Todos estos matices dan pistas para la futura investigación en el tema. En global, parece que la prohibición de los móviles es efectiva en cuanto al clima escolar y también, aunque de forma menos clara y con varios condicionantes, de cara a las notas.

En un comentario al estudio de Florida para la web del American Enterprise Institute, John Bailey explicaba que muy probablemente el aumento de sanciones por indisciplina y su posterior descenso, ambos documentados por el estudio, se debían más a una vuelta a la autoridad “tradicional” que a la presencia o no de los móviles en las aulas (el distrito escolar donde se encuentran las escuelas analizadas había probado durante unos años con un acercamiento menos punitivo a las conductas disruptivas). “La prohibición del uso de teléfonos móviles puede ayudar a restablecer el orden y la atención, pero el orden por sí solo no garantiza el éxito. Los verdaderos avances en el aprendizaje se deben a un plan de estudios de alta calidad, a la tutoría y a una enseñanza excelente”. Seguramente, Bailey tiene razón, pero muchos profesores añadirían que sin un clima escolar adecuado, ni el mejor plan de estudios ni las tutorías más profesionales son de mucha ayuda.

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