Resetear la vida

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Duración lectura: 7m. 6s.

Borrar los datos personales de Google, retirar una foto de Facebook, quitarse un tatuaje, desaparecer como católico en el registro bautismal, pedir la amnistía de los presos de ETA. Quienes persiguen objetivos tan diversos como los mencionados invocan unánimes el “derecho al olvido”. Pero, ¿existe tal derecho? ¿En qué constitución está reconocido?

La vida va dejando cookies muy resistentes que aparecen cuando menos lo esperamos en la memoria individual y colectiva

La virtualidad de la informática y la facilidad legal para revertir oficialmente en los registros hechos tan vitales como la identidad sexual o el matrimonio hacen creíble el espejismo del olvido, pero la vida va dejando cookies muy resistentes que aparecen cuando menos lo esperamos en la memoria individual y colectiva. No puede anularse dándole al botón de reset o haciendo clic en “borrar el historial” o en “deshacer los cambios”. Propiamente no existe derecho al olvido. La expresión es desafortunada pero sintomática de un problema rico en matices.

La cara oscura de la globalización

Roberto Cantoral cantaba en “La Barca” que la distancia es el olvido. Con los reality shows televisivos y las redes sociales se acabaron las distancias. El mundo se ha reducido a la aldea global de McLuhan, un pueblucho donde todos conocemos la vida de todos gracias a Internet.

En muchas ocasiones, las redes sociales se nutren de las aportaciones que nosotros mismos realizamos, a menudo imprudentemente. Sin embargo, en otras son los “amigos” los que nos etiquetan en una foto o divulgan con inadvertencia o malicia información privada y potencialmente peligrosa para nuestro trabajo, o para nuestras relaciones familiares.

Por otra parte, todos sabemos que hay información personal de fuentes diversas diseminada por la red, pero la forma que tiene Google de indexarla al teclear, por ejemplo, nuestro nombre, puede dar lugar a situaciones comprometidas. Si no fuera por ese instrumento poderoso y accesible nadie conocería, y menos de un golpe de vista, aspectos de nuestra vida personal tan inconexos como un embargo, una multa de tráfico o el resultado de un juicio. “Googlear” se ha puesto de moda y nos puede ocasionar más de un quebradero de cabeza.

Google y las redes sociales mantienen en presente continuo fragmentos de nuestra vida correspondientes a otros roles y a otras épocas

En ambos casos está presente el problema de la ausencia de temporalidad. Con una omnisciencia y omnipresencia casi divinas, Google y las redes sociales mantienen en presente continuo fragmentos de nuestra vida correspondientes a otros roles y a otras épocas. El caso más dramático es el de los fracasos matrimoniales y las defunciones. Cerrar el perfil de Facebook de un difunto puede ser muy costoso y requerir los servicios de un buen abogado. Es más fácil conseguir un divorcio exprés o cambiarse de sexo en el registro civil que lograr que Facebook cancele unos datos.

Ejercer el derecho a la protección y retirada de los datos personales es lo que muchos quieren decir cuando hablan de “derecho al olvido”.

Eliminar datos

En estos días, Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión Europea, responsable de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía, ha presentado un proyecto de normativa comunitaria que dictará el modo en que las compañías deben manejar la información personal de sus empleados y de sus clientes, y que propone multas millonarias para las que vulneren gravemente el derecho a gestionar la propia reputación online. Los ciudadanos podrán exigir a sitios como Facebook o LinkedIn que sus datos sean eliminados, y las empresas deberán cumplir, salvo que tengan motivos “legítimos” para retenerlos.

La nueva política de unificación de datos de Google y su tratamiento como usuario único que supone intercambiar información personal entre los distintos servicios de la firma (Gmail, YouTube, Google+, Android, Picasa…) pone al buscador en el ojo del huracán.

El deseo de borrarse tatuajes, de quitarse implantes, de cancelar relaciones pasadas, testimonia que olvidar tiene sus costes

El precio de los recuerdos

“Mira mi brazo tatuado / con este nombre de mujer”. Así reza la copla de Rafael de León. La naturaleza humana es proclive a sellar la felicidad mediante una declaración, un pacto o algo tan físico como una fotografía o un tatuaje. Pero, ¿qué ocurre cuando el feliz recuerdo se torna amargo? Los centros médicos han registrado últimamente un incremento de demanda para borrar tatuajes. Un 81% de 2006 a 2010, según Rafael Serena, responsable de la unidad de láser de la clínica Planas (La Vanguardia, 27-12-2011).

Es un intento de ejercer el derecho al olvido. A veces por cansancio o por un cambio de ideología o de costumbres, otras porque el amor que provocó el deseo de inmortalizar un nombre se terminó, o porque la presencia de un tatuaje en una zona visible limita las posibilidades laborales, o crea dificultades para acceder a una intervención médica, como la inyección epidural en el parto.

La cuestión es que borrar estas señales de la vida es muy costoso y poca gente lo sabe al sucumbir a la moda de los tatuajes. Según el doctor Serena, el conjunto de un tratamiento puede durar de uno a dos años, ronda los 1.500 euros, es doloroso como el impacto de los latigazos de una goma elástica y a veces no queda bien por el uso de varios pigmentos. Como para pensárselo.

Algo parecido ocurre con los implantes de mama por motivos meramente estéticos, con la particularidad de que aquí se pretende un doble olvido, el inicial de la propia anatomía y el consiguiente de la prótesis potencialmente cancerígena. Cuántas angustias, revisiones y operaciones por someterse a un patrón impuesto de medidas. Y gasto económico, pues el Ministerio de Sanidad español ha anunciado que pagará la retirada de las prótesis mamarias defectuosas a aquellas mujeres que se operaron en un hospital público tras una mastectomía, si lo recomienda su médico, pero no a las que lo hayan hecho por aumentar la talla de pecho. Es más fácil cambiar de sexo. Basta un informe médico o psicológico con diagnóstico de disforia de género y un tratamiento hormonal de dos años, sin necesidad de cirugía.

Que me quiten de católico

Hay quienes buscan otro tipo de “enmienda” y reclaman el derecho a olvidar que pasaron por la pila bautismal. Bautizados a los que no les basta abandonar su fe sino que quieren que se les borre, invocando la Ley de Protección de Datos, o que quede constancia de su apostasía.

El asunto llegó hace unos años al Tribunal Constitucional (cfr. Aceprensa, 2-10-2008), que dictó sentencia en contra de los apóstatas por tratarse de ficheros no informatizados y por no ser errores sino datos históricos ciertos que no pueden ser cancelados. En definitiva, que los libros bautismales sólo constatan un hecho y nada dicen de la práctica o de las creencias religiosas de las personas.

Borrar los rastros de sangre

Caso más dramático y sangrante es el de los quinientos presos etarras que recientemente han presentado escritos particulares ante la Audiencia Nacional pidiendo su excarcelación. Ahora que ETA ha abandonado definitivamente las armas, piden “una solución democrática integral” y no soluciones individualizadas. En este caso no se trata tanto de olvidar culpas personales como de obligar a la sociedad a borrar los rastros de 850 asesinatos, decenas de secuestros y centenares de extorsiones, sin cumplir las penas ni pedir perdón. Pero, como recordó el ministro Ruiz-Gallardón hace unos días, la Constitución Española excluye la figura legal de amnistía.

En definitiva, bajo el paraguas “derecho al olvido” se amparan cuestiones muy diversas como para tratarlas del mismo modo. Todas remiten a decisiones del pasado que influyen negativamente en el presente. Algunas son fruto de la libertad personal, otras de los excesos de la libertad de los demás. Unas son erróneas, otras fortuitas. Unas requieren reconocimiento y perdón, otras no. Lo único cierto y común es que sobre ninguna de ellas puede ejercerse propiamente un “derecho al olvido”, cosa que está fuera de nuestra capacidad humana; si es el caso –y depende–, pueden limitarse o paliarse sus efectos negativos.

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