La digitocracia, una nueva e inquietante forma de gobierno

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Duración lectura: 5m. 45s.
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Estrechamente emparentada con el capitalismo de la vigilancia, ha surgido una nueva forma de gobierno de facto, la digitocracia.

La realidad es analógica; se nos hace comprensible reconociendo las semejanzas y diferencias entre los seres. Cuando sustituimos la aproximación analógica a la realidad por la cuantitativa incrementamos nuestro poder de intervención sobre ella, pero a costa de perder en capacidad para comprenderla. Digitalizar la realidad lleva al extremo ese proceso de cuantificación: todo se puede convertir en dato. La digitalización proyectada sobre el ser humano da lugar a una eficaz forma de gobierno de facto, que Alfonso Ballesteros, en un reciente trabajo (1) acierta en llamar digitocracia.

La digitocracia como forma de gobierno de facto se lleva a cabo mediante las tecnologías de la reputación y las tecnologías de búsqueda (Frank Pasquale). Las tecnologías de la reputación nos clasifican, evalúan y puntúan. Nos presentan ante los demás y ante nosotros mismos como el resultado de la información interpretada mediante algoritmos. Estas tecnologías nos dicen cómo somos percibidos y el crédito reputacional del que disponemos.

Tanto las grandes empresas tecnológicas como los Estados autoritarios las utilizan. En Occidente, las grandes empresas tecnológicas utilizan estas tecnologías de la reputación como fuente de negocio. Para incrementar nuestro crédito reputacional debemos exhibirnos constantemente, poniendo a disposición todas nuestras experiencias de vida. Con esos datos, se mejoran las tecnologías de búsqueda, las cuales sirven a su vez para atrapar nuestra atención durante más tiempo y recabar más datos con los que pronosticar nuestra conducta.

La tecnología digital está diseñada para ser adictiva

China, por su parte, utiliza las tecnologías de la reputación para medir la integridad del individuo en sus distintas relaciones y conferirle un determinado crédito o descrédito social. En ambos casos, la digitalización se orienta al sueño ilustrado de organizar la sociedad de la forma más eficiente, bien para los intereses del capital o del gobierno autoritario.

Con las tecnologías de búsqueda, las empresas tecnológicas producen el mundo que quieren mostrarnos, en palabras de Pasquale, y nos lo muestran a través de los dispositivos digitales. El mundo que se muestra al individuo depende de su reputación. Conforme a lo mucho que saben de nosotros, nos presentan la realidad que más nos agradará.

Los problemas de cada una de estas tecnologías saltan a la vista. Las de la reputación plantean el problema de si la identidad del individuo puede ser reducida a información, a una entidad conmensurable e intercambiable. Por su parte, las tecnologías de búsqueda obstruyen el sentido de la realidad o sentido común. Al desaparecer la realidad comúnmente compartida, la existencia misma de la comunidad humana se pone seriamente en riesgo.

“Animal digitalis”

Para lograr que las tecnologías de la reputación y búsqueda sean eficaces es necesario reducir al ser humano a la condición de animal digitalis. Se trata de diluir los rasgos propios del ser humano, particularmente su capacidad de recogerse sobre sí mismo y proyectar su existencia en el tiempo, y potenciar los procesos más mecánicos de la mente humana: la adicción, la trasparencia, la emoción, y la clausura del sujeto en el presente y en la soledad. La tecnología digital es el medio para lograrlo.

Primero, la tecnología digital está diseñada para resultar adictiva. Se ha probado que el smartphone imita con gran éxito las máquinas tragaperras de Las Vegas (Natasha Schüll).

Segundo, la tecnología digital prima la emoción sobre el sentimiento porque la primera es efímera y promueve la comunicación, mientras que el sentimiento puede ser más duradero y forja la comunidad. Así sucede con el sentimiento de duelo, que no lleva necesariamente a comunicar, pero sí a crear una comunión en el sentimiento. Por el contrario, la emoción es efímera y, lo más importante, performativa. Lleva a actuar, a compartir, a exhibirse, a comunicarse digitalmente (Byung-Chul Han).

Tercero, la tecnología digital convierte al ser humano en transparente. Liquida la distinción entre lo privado y lo público. Despojado de su singularidad, el ser humano queda reducido a su crédito reputacional. El panóptico de Bentham, ese centro penitenciario donde el vigilante puede observar ocultamente a todos los prisioneros, es sustituido por el panóptico digital, en el que cada uno se expone libremente a la mirada panóptica. Es, a la vez, la víctima vigilada y el agente que se exhibe (Byung-Chul Han).

Los medios digitales nos colocan en una soledad permanentemente entretenida, que no permite la reflexión ni tomar conciencia del otro

Cuarto, la tecnología digital nos coloca en una “soledad ocupada”. La soledad es fundamental en la vida humana, para encontrarse con uno mismo y con los demás. El problema de la “soledad digital” es que nos priva de los demás, y también de nosotros mismos. Es “soledad”, pero no como ausencia de ocupaciones, sino una soledad permanentemente entretenida, que no permite la reflexión ni tomar conciencia del otro.

Confinados en el instante

Por último, la tecnología digital nos confina en el instante. La dimensión de la temporalidad se transforma en un constante presente. Los diseños actuales de la tecnología digital propician la destrucción de nuestra concentración y potencian nuestras ansias de novedades, imágenes, estímulos, likes. De este modo se logra fidelizar al individuo a los dispositivos digitales, encargados de extraer continuamente los datos personales con los que predecir y condicionar su comportamiento futuro. Este encierro en el presente es una muestra de animalización; es lo propio de los animales inferiores, que carecen de thymós, valentía, entendida como la capacidad para posponer el placer del momento.

Para evitar la digitocracia es imprescindible una decidida acción política y jurídica al menos en dos planos. De un lado, configurando una arquitectura de la tecnología digital que, en lugar de servir a la eficiencia de los mercados y los Estados, se ponga al servicio de la libertad y la igualdad humanas, garantizando un acceso igualitario y completo a la información, propiciando la participación social libre y reflexiva, minimizando el acceso y la conservación de los datos personales, y estableciendo una gestión pública de los mismos, concebidos como bien común. De otro, proclamando unos nuevos “neuroderechos” que nos protejan frente a la manipulación de la mente: los derechos a la libertad cognitiva, la privacidad mental, la integridad mental y la continuidad psicológica (Ienca, Andorno). 


 

(1) Alfonso Ballesteros, “Digitocracy: Ruling and Being Ruled”, Philosophies, 2020, 5(2), 9.

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