Jürgen Habermas (1929-2026) fue durante décadas el filósofo vivo de mayor renombre. A su fallecimiento, ocurrido el 14 de marzo, deja una obra vas e influyente. Además, Consciente de la trascendencia de los medios y de la opinión pública, combinó siempre la filosofía sistemática con los artículos de ocasión.
Desde que Habermas comenzó a colaborar en prensa, en los años cincuenta, hasta finales de 2025, sería difícil encontrar un asunto de relevancia política o social sobre el que no hubiera dado su exquisito parecer, ya fuera la pandemia de covid-19, la integración europea o, más recientemente, la invasión rusa de Ucrania.
Habermas evolucionó desde un marxismo que incluso Max Horkheimer tachó de radical a una socialdemocracia tolerante y abierta al disenso. Se inspiró en la obra de los primeros integrantes de la Escuela de Frankfurt, pero no se cerró al influjo de la ciencia social empírica ni a las novedosas corrientes filosóficas provenientes de Estados Unidos, gracias a lo cual se convirtió en un interlocutor válido no solo en el seno de Europa, sino más allá.
Habermas se dio cuenta de que en la Ilustración había una oscura dialéctica, de modo que no se consagró a defender la Modernidad en sí, sino a enderezar su curso
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La racionalidad comunicativa
Según su propia confesión, la inquietud que animó su trabajo fue la posibilidad comunicativa del ser humano, un tema al que se vio abocado también por circunstancias personales, ya que nació con dificultades para hablar. Obsesionado por el horizonte de la razón humana, Habermas se dio cuenta de que habían acertado quienes vieron en la Ilustración una oscura dialéctica, de modo que no se consagró a defender la Modernidad en sí, sino que se propuso enderezar su curso.
Entiéndase bien: para el pensador alemán, el problema no era la ciencia o el uso técnico e instrumental de la razón; el inconveniente era que, subido a la ola del progreso, el ser humano había olvidado que el futuro no solo estaba en el avance científico-técnico, sino en un mañana más emancipado moral y socialmente.
Habermas era hostil a la metafísica y consideraba reaccionario el realismo filosófico. Lo que descubrió es que más allá de la razón instrumental –que percibe la realidad como medio–, en los procesos de comunicación y discusión opera una racionalidad –la comunicativa–, de factura procedimental, que exige sostener pretensiones de validez y capacidad para argumentar. A su juicio, ese era el uso originario de la razón.
El progreso moral y europeísmo
Tras haber descubierto ese modelo, se propuso levantar una teoría social comprometida tanto política como moralmente. Claro está que la sociedad era un sistema y que la racionalidad instrumental mejoraba el entorno material y posibilitaba el crecimiento económico. Pero según Habermas existe otra dimensión -el mundo de la vida- que tiene que ver con la ética y la justicia. Las sociedades que no atendían a las dos caras de la moneda terminaban evolucionando de forma desigual, empantanadas en la injusticia.
Este esquema explica sus intervenciones públicas, casi siempre sosegadas. Sin demonizar el capitalismo, a Habermas sí que lo desquiciaba la escasa atención a los valores, a la justicia social o la compasión, es decir, la asimetría entre la evolución técnica o económica y la moral o política.
Más allá de ello, su principal mérito fue el de arañar espacio para fundamentar racionalmente la ética, el derecho o las decisiones públicas, sin dejar el mundo de la vida al albur de la sinrazón, el delirio o la ideología.
Asimismo, defendió el sueño europeo, la gran civilización ilustrada, frente al decisionismo y el intervencionismo armado. Sus escritos sobre el déficit democrático de la Unión Europea y la necesidad de priorizar la integración política y cívica, no solo la meramente económica, están hoy de rabiosa actualidad.
Naturalismo y fe
La bioética habermasiana también ha sido especialmente relevante, sobre todo porque el pensador alemán puso el foco sobre el materialismo cientificista que subyace en la mayor parte de las aproximaciones al ser humano. Esta quizá sea una de las aportaciones que más importancia alcanzarán en el futuro. La enseñanza de Habermas fue clara: ni las razones económicas ni la cosmovisión científica son idóneas para justificar decisiones que son de naturaleza moral.
A lo largo de su extensa trayectoria, Habermas, filósofo del diálogo, no dudó en discutir con los principales pensadores de su tiempo: Foucault, Derrida, Rorty…
La visión habermasiana es integradora, moderna. Lo que criticó a lo largo de su vida fue la unilateralidad. Él mismo evolucionó, especialmente en lo referente a su opinión sobre las creencias religiosas. Si bien postuló siempre un ateísmo metodológico, matizó con el tiempo su laicismo: justamente, al constatar la ausencia de valores y el empobrecimiento ético de la vida pública, vio en los mensajes religiosos un poderoso aliado para regenerar el espacio público y enderezar el curso de la historia.
A lo largo de su extensa trayectoria, Habermas, filósofo del diálogo, no dudó en discutir con los principales pensadores de su tiempo: Foucault, Derrida, Rorty… En 2004 debatió con Joseph Ratzinger en un encuentro memorable en la Academia Católica de Baviera; aunque había un desacuerdo profundo la metafísica, coincidieron en que soslayar la religión en el discurso público no solo quebranta el derecho de los ciudadanos creyentes; también empobrece la vida pública.
Puntos fuertes y débiles
Hay que decir que, ante la evolución del pensamiento contemporáneo, la trascendencia de Habermas ha crecido incluso entre quienes creen que su obra tiene algunas deficiencias insalvables. Por un lado, nunca se desprendió del legado marxista; asimismo, la hostilidad hacia la metafísica lo encaminó por la senda de una razón formal, procedimental, como si las reglas del discurso determinaran el bien, la verdad o lo correcto. O sea, apostó por la democratización de la racionalidad.
Con todo, no se puede negar que fue un filósofo de raza: sistemático, prolijo, con un saber enciclopédico, cuando se lee a Habermas uno siente que ha penetrado en el terreno sagrado de la gran tradición filosófica. Por eso, fue el último ilustrado, el último pensador moderno, el último filósofo consciente de que la sabiduría no es una impostura, ni un trabajo menor, sino que depende de ese sutil pero arduo esfuerzo del concepto del que hablaba Hegel. Descanse en paz.