Fiebre de alianzas para tomar posiciones en las autopistas de la información

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Duración lectura: 13m. 45s.

La televisión del futuro: una carrera con destino incierto
El proyecto de las redes de banda ancha, bautizadas “autopistas de la información”, ha acelerado la carrera hacia la televisión del futuro. Las grandes empresas del sector tienen ante sí un paisaje repleto de posibilidades tecnológicas (cfr. servicios 88/93 y 130/93). Por esas autopistas circulará una información “multimedia” compuesta de datos, conversaciones telefónicas, emisiones de radio y televisión, y los servicios que se pueden ofrecer a través de la televisión interactiva. La efervescencia es ya grande en Estados Unidos, y Europa empieza a contagiarse.

Ningún implicado ha dejado de buscar la mejor posición de salida en la carrera por el control del futuro mercado de las comunicaciones: se producen fusiones, en las que no faltan ofertas y contraofertas, y algún paso en falso; se invierte en las compañías informáticas que mejor software pueden proporcionar para los nuevos productos; se compran estudios cinematográficos; se buscan aliados entre las compañías de cable, las telefónicas y las difusoras por satélite.

Un embrión de autopista

El vicepresidente norteamericano Albert Gore es un partidario entusiasta de las redes de banda ancha. El pasado 12 de enero anunció la creación de un nuevo marco legal en el sector de la comunicación: una desregulación para facilitar la libre competencia y las inversiones de las empresas, de modo que cualquier usuario pueda tener acceso a las autopistas. La información es un bien cuyo valor aumenta de día en día, y Gore desea que hospitales, bibliotecas, escuelas puedan acceder a ella. Y, en definitiva, cualquier norteamericano.

Lo cierto es que ya existen, desde hace tiempo, numerosas redes de información que se adelantan al proyecto gubernamental, y que pueden llegar a ser autopistas. Las compañías de telefonía convencional y celular, y las televisiones por cable son conscientes de su enorme potencial con vistas a los servicios multimedia del futuro. La pregunta es: ¿llevarán a cabo los deseos de Gore? Al fin y al cabo, parece bastante mejor cliente una gran empresa que un particular.

Las redes de ordenadores ofrecen diferentes servicios -la consulta de bases de datos documentales o el uso del correo electrónico, por ejemplo- a cambio de tarifas fijas más gastos adicionales según la frecuencia con que se use la red. La información electrónica -más manejable que la impresa- es también más cara: se suele cobrar por los costes de la digitalización; hay que tener en cuenta que, según se cree, sólo el 1% de la información impresa está almacenada electrónicamente.

Las redes de Internet

La red de ordenadores más importante es Internet: cuenta con 15 millones de usuarios repartidos en 50 países. No tiene un propietario claro, ya que la forman más de 12.000 redes repartidas por el mundo, y es administrada por una sociedad de voluntarios. El gobierno norteamericano apoya firmemente esta red a través de la National Science Foundation; gracias a una resolución presentada al Senado por Gore en 1991, se aprobó una partida de 3.000 millones de dólares para transformar Internet, en cinco años, en una red cuasi-comercial: la National Research and Education Network. Pero, a pesar del carácter semipúblico de la red, el acceso no es gratis. Y su coste hace que algunos se planteen usarla a través de empresas proveedoras de servicios de red.

De todos modos, la impresión general es que la implantación de una autopista de información que proporcione toda clase de servicios va para largo, y que, quizá, al final no interese tanto a la gente. ¿Vale la pena encargar una pizza desde el terminal del ordenador cuando parece más sencillo pedirla por teléfono? ¿No se arriesga uno, por conectarse a la red, a que se introduzca un virus en el ordenador? ¿Qué hay de la invasión de la intimidad a través de mensajes anónimos que uno puede encontrarse en la pantalla de su terminal? Las dudas suscitadas han provocado que algunos denominen a estas redes ya como autopistas de la desinformación.

Las telefónicas toman posiciones

En cualquier caso, para que las autopistas lleguen a todos los hogares, lo primero es instalar los cables. Y las compañías telefónicas son las especialistas en poner cable. A pesar de las dudas sobre la rentabilidad de las autopistas de la información, han empezado a meter dinero las telefónicas norteamericanas, en concreto las “Baby-Bells”: las siete empresas regionales en que se desmembró la Bell.

Lo curioso es que en muchas de sus inversiones, las Baby-Bells asumen un gran riesgo. Parecen convencidas de que se camina hacia una realidad “multimedia”. Y sería quedarse atrás conformarse con ofrecer sólo servicio telefónico a través del cable. Esto les lleva a introducirse en nuevos campos en los que nunca habían trabajado -por ejemplo, el de la televisión, o incluso el de la producción- y a fomentar experimentos sobre las posibilidades de las nuevas tecnologías. Saben además que puede suceder el proceso contrario: que las compañías de televisión por cable ofrezcan servicio telefónico. La desregulación de Gore permitirá estos cambios: lo que no se sabe -y esto crea incertidumbre- es cuándo y cómo.

Southwestern ha invertido 650 millones en crear dos redes de cable en Washington, y Pacific Bell, 16.000 millones para cablear 5 millones de hogares de aquí al año 2000. U.S. West ha gastado 2.500 millones de dólares para hacerse con el 25% de las acciones de Time-Warner. En la pugna entre Viacom y QVC, dos cadenas de televisión por cable, por el dominio de Paramount, Nynex aportó 1.200 millones a la primera, mientras BellSouth proporcionaba 1.500 millones a la rival.

Ala caza de productoras

Casos como los dos últimos obedecen a que las autopistas necesitan un segundo requisito, además de que exista la red física: tener suficientes contenidos para alimentar los cables. En la lucha por Paramount, que ha tardado cinco meses en dirimirse, Viacom ha ganado la partida. Le ha salido muy caro: 10.000 millones de dólares tendrá que pagar por el 75% del legendario estudio y actividades colaterales, 1.800 más de lo que suponía su oferta inicial. Puede que, al final, sea una victoria pírrica.

QVC hizo un importante esfuerzo para conseguir apoyo financiero que respaldara su oferta de 9.500 millones, y obtuvo la ayuda de Cox Enterprises, operador de cable, y de BellSouth, que ofrecía aportar 1.500 millones. Finalmente, Viacom consiguió el apoyo decisivo de Blockbuster -número uno en alquiler de vídeos-, con quien se ha fusionado, y de la telefónica Nynex. Pero parte de los accionistas de Blockbuster, disconformes con la operación, han recurrido a los tribunales para bloquearla: creen que no es beneficiosa para su empresa.

Otro culebrón semejante en esta fiebre de alianzas ha sido la malograda fusión, que ha producido numerosas pérdidas, de Bell Atlantic y TCI, la principal TV por cable norteamericana. En octubre se anunciaba que la primera compraba a la segunda por 33.000 millones de dólares. La nueva empresa se iba a convertir en la sexta del país; se trataba, además, de la segunda compra más grande de la historia. Todo parecía señalar que TCI-Bell Atlantic se situaba en una posición envidiable para desarrollar su autopista de la información frente a Time-Warner-U.S. West, su principal rival.

Pero pronto empezaron los problemas. Arreciaron las críticas hacia TCI, a quien ya se había acusado de contravenir las leyes antimonopolio por su acaparamiento en el mercado del cable. Poco después, el Departamento de Justicia dijo que iba a revisar la oferta de Bell, por la que ésta asumía toda la deuda de TCI, de 10.300 millones de dólares. El valor de las acciones de ambas compañías comenzó a bajar.

La gota que ha colmado el vaso hasta terminar con la proyectada fusión ha sido la decisión de la Federal Communications Commission (FCC) de rebajar en un 7% las tarifas de la televisión por cable. Según Bell, esto disminuye mucho el valor de TCI. Al final no se logró acuerdo en el precio, y la unión fue abandonada. Esto puede retardar la implantación de las autopistas de la información. Lo que parece claro es que se paralizarán las fusiones, o al menos se pensarán mucho antes de llevarse a cabo.

La necesidad de nueva informática

Hay un capítulo más. Suponiendo que llegue a haber red de cable y contenidos que ofrecer por ella -incluidos los servicios de TV interactiva-, hace falta aún el software capaz de gestionar todo ese movimiento de bits en los dos sentidos. Por eso, en la batalla por la puesta a punto de las autopistas de la información juegan un papel capital las empresas de informática, cuyos servicios se disputan todas las compañías explotadoras del cable. La compañía que parece mejor situada es Oracle, que llegó a un acuerdo con Bell Atlantic, Capital Cities/ABC y The Washington Post para crear la primera red de televisión interactiva comercial, que se espera esté lista para ser recibida en 300.000 hogares a finales de año.

Uno de los problemas que ha resuelto el software inteligente de Oracle ha traído de cabeza hasta hace poco a otros explotadores del cable -U.S. West y Time-Warner- en Denver. Se trata del sistema de cine de pago, gracias al cual uno puede elegir una película de un catálogo y recibirla en el acto por cable. Sucedía que cuando la película era solicitada por varios usuarios, se producía una saturación del sistema. Oracle, a través de un complejo sistema de fragmentación de la información digitalizada, puede servir la película hasta a 30.000 usuarios distintos.

Adobe se ha especializado en lograr la correcta presentación de documentos -lo cual puede ser muy importante en periódicos o revistas electrónicas- en la pantalla de un terminal: algo no tan sencillo debido a la amplia gama de ordenadores que pueden estar conectados a la red. Otras empresas de software también están teniendo éxito, como General Magic -que desarrolla navigators que permiten moverse con soltura en las diversas posibilidades de la red- o Voyager. Lo que parece claro es que algunos creadores de software gozan de una ventaja frente a otros gigantes como IBM, HP o Digital: el no estar atados a un modelo concreto de ordenador.

Canales a mansalva

Al mismo tiempo, dentro del mercado de los contenidos se han producido novedades importantes: la multiplicación de canales por satélite que, además de su valor intrínseco, pueden engrosar la despensa para alimentar las autopistas, y las nuevas posibilidades de alianzas entre cadenas de TV y productoras de cine.

El primer satélite de radiodifusión directa, el DBS-1, es ya una realidad. En órbita desde el 18 de diciembre, se espera que en abril pueda llegar a ofrecer 150 canales de televisión a los espectadores norteamericanos, gracias a las técnicas de compresión digital. Hughes comercializará el uso de estos canales a través de una nueva empresa: la Direct TV. Cuentan con llegar a un millón de abonados: lo que habrá que ver es si habrá programación y servicios para llenar esos canales, y si estarán lo bastante solicitados para ser rentables. Thomson ha conseguido un importante pellizco en las posibilidades del satélite. El primer millón de accesorios de recepción -una parábola, un decodificador y un telemando- los fabricará en exclusiva.

Europa imita a Estados Unidos en su deseo de ofrecer canales a mansalva. En 1995 los satélites Astra 1D y Astra 1E ofrecerán ochenta canales. Los que lo van a pasar en grande con las nuevas posibilidades son los amantes del zapping. Si se apuntan al DBS-1 y se detienen cinco segundos en cada canal, pueden tardar un cuarto de hora en recorrer todas las posibilidades. No digamos nada si además reciben la televisión por cable…

Por otra parte, una sentencia de un juez federal de Los Ángeles el pasado noviembre ha abierto las puertas a algo hasta ahora vedado a las cadenas de televisión tradicionales -como ABC, CBS o NBC-: su fusión con los estudios de cine o su participación en ellos. Pese al apetito de las cadenas por los fondos de las productoras, tales uniones carecían de interés: por la regulación antes vigente, las primeras no podían participar en los beneficios que daban las películas y programas de las segundas. Con lo que las cadenas generalistas tenían cerrado el suculento mercado de la reposición de películas en TV, que Hollywood explotaba con las emisoras locales.

Ésta es una de las razones que ha movido a algunas productoras a crear sus propias cadenas generalistas: ya lo hizo Fox y ahora Warner y Paramount proyectan lo mismo. La sentencia no ha gustado a los estudios, que obtenían fuertes ingresos sin verse obligados a negociar con las cadenas que emitían los programas por primera vez. Parece claro que con la nueva situación deberán estrecharse las relaciones televisiones-estudios.

¿Hay público para tantos canales?

También en Europa hay trepidación, aunque no tanta. Aquí, las autopistas de la información son todavía una mera idea. La principal novedad es el aumento de la presencia de las televisiones norteamericanas, que empiezan a participar en determinadas emisoras o productoras. La NBC compró en octubre pasado Super Channel, capaz de llegar a 30 millones de hogares. Turner quiere comercializar Cartoon Channel, un canal de dibujos animados, y Turner, Network Television, dedicado a películas. En Gran Bretaña, en el mandato de Margaret Thatcher, los americanos se introdujeron en el campo del cable a través de TCI y Nynex, y han aprovechado para hacer pruebas de televisión interactiva.

Ante las posibilidades que ofrecen las autopistas de la información, las empresas interesadas están convencidas de que hay mucho dinero en juego y no pueden quedarse atrás. Pero de vez en cuando parece asomarse una especie de nubecilla maligna. ¿Habrá mercado para todos? ¿Realmente el público quiere televisión interactiva? ¿Para qué tantos canales? Sólo con el paso del tiempo podrán despejarse estas incógnitas.

Gana la televisión digital

El sistema Muse japonés de televisión de alta definición (HDTV) ha sufrido un duro golpe, que anuncia su muerte prematura. El pasado 22 de febrero, un alto responsable del Ministerio de Correos y Telecomunicaciones nipón anunciaba de modo oficioso el abandono de este sistema de HDTV analógico, el primero operativo. Hasta el momento se habían comercializado unos 20.000 receptores.

Las protestas de empresas como NEC, Sony y Matsushita, que han realizado un importante esfuerzo tecnológico, no se han hecho esperar. Aunque el anuncio oficial del gobierno japonés se producirá este verano, parece claro que la solución analógica ha sido descartada en beneficio de la digital. En el fondo, era que algo que tenía que suceder, por la superioridad tecnológica de la segunda; pero ha sorprendido la rapidez de los acontecimientos.

Estados Unidos, el último país en apuntarse a la carrera de la HDTV, ha terminado por llevarse el gato al agua. Su apuesta desde el primer momento por la televisión digital ha triunfado, y podría lograr imponer al resto del mundo la norma que ha desarrollado. Esto le permitiría introducirse en el difícil mercado electrónico japonés. Entretanto, Europa también se ha inclinado finalmente por desarrollar el Digital Video Broadcasting (DVB), un sistema digital de HDTV.

No falta, de todos modos, quien dude del interés de la alta definición. La televisión digital sí tiene un panorama claro: multiplica el número de canales, y es básica para el desarrollo de la televisión interactiva. Pero que el espectador pague por mejorar la definición de su aparato televisivo está por ver. En Japón muy pocos lo han hecho: y ahora tendrán que pensar qué hacer con sus receptores.

José María Aresté

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