El príncipe y la BBC

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 3m. 15s.

Contrapunto

Dos escándalos mediáticos han sacudido estos días a la opinión pública británica. Las fotos del príncipe Harry en una fiesta privada disfrazado de oficial del Afrika Korps, con la esvástica nazi en el hombro, han causado estupor en la clase política, críticas en la prensa y conmoción en los grupos judíos. En los mismos días, la decisión de la cadena pública de televisión BBC de emitir el musical “Jerry Springer-The Opera”, con burlas a Jesucristo y un lenguaje obsceno, ha provocado un aluvión de críticas de grupos cristianos, manifestaciones ante algunas sedes de la cadena y miles de quejas por escrito.

Pero los protagonistas de ambos casos han reaccionado de modo muy distinto. El príncipe Harry se disculpó a través de una nota pública. La BBC afirmó que mantendría la emisión del musical sin “censuras”, aunque reconoce que “traspasa límites” y que no será apetecible para algunos gustos.

Los comentarios de la prensa ante las protestas de los grupos ofendidos han sido también dispares. Los editorialistas han rivalizado en dureza en sus críticas contra el príncipe Harry, de 20 años, fustigando su falta de juicio y su ligereza intolerable que le ha llevado a actuar como “el idiota con peor gusto del país” (“The Times”). Las reacciones frente a la postura de la BBC han sido mucho más tibias, sin que hayan faltado los que defienden la emisión del musical en nombre de la libertad de expresión por mucho que moleste a “grupos extremistas cristianos”. En este caso, parece que el peligro proviene no del que causa la ofensa sino del que se siente ofendido.

Este doble estándar no responde a la diferente entidad de ambos casos. El príncipe se disfrazó para una fiesta privada, sin pretender que su “originalidad” trascendiera al público; la BBC transforma en una emisión pública, financiada con el canon de todos los televidentes, un musical, que hasta ahora se ha presentado en un teatro al que acudía el que quisiera pagando la entrada. La BBC quita hierro al asunto aduciendo el carácter humorístico y satírico del musical; pero casi nadie disculpa al príncipe por tratarse solo de una “chiquillada” en una fiesta de disfraces.

Al príncipe se le reprocha que no tenga en cuenta las odiosas connotaciones de la esvástica, con un acto que “demuestra insensibilidad hacia las víctimas de los nazis”, tanto judíos como soldados británicos. En cambio, las burlas hacia un judío crucificado hay que admitirlas para que la libertad de expresión no resulte víctima de los “extremistas”.

Pero no se trata solo de un problema de insensibilidad. Con una punta de exageración, se ha dicho que el disfraz nazi del príncipe puede dar alas a grupos antisemitas y radicales que aún perduran en el mundo de hoy. Pero, para justificar la emisión de la BBC, se aduce que una cadena pública debe reflejar “toda la sociedad”, y llevar a una amplia audiencia lo que hasta ahora estaba confinado en teatros.

Todo el mundo comprende que el disfraz de Harry haya podido ofender a la comunidad judía; en el caso del musical de la BBC, la cosa cambia: según Terry Anderson, portavoz de la National Secular Society, “los espectadores tienen derecho a verlo, y quienes se ofenden tienen igual derecho a apagar el televisor”. Del mismo modo, podría decir que los lectores del Sun tienen derecho a ver las fotos de Harry, y los que se sientan molestos basta que no lo compren.

Para la próxima fiesta de disfraces el príncipe debe tener un criterio claro: mejor vestirse de Herodes.

Ignacio Aréchaga