El auge de los formatos narrativos en video vertical es un hecho. Por una parte, las sorprendentes cifras económicas de las plataformas de microdramas. Por otra, las visualizaciones millonarias de las frutinovelas. Pero detrás de este éxito, hay importantes pérdidas. De atención, autocontrol y, sobre todo, de narrativa.
De un tiempo a esta parte, los videos verticales han colonizado el espacio y el tiempo que dedicamos a internet. Un origen primitivo del formato está en los clips que, en el año 2012, se podían enviar a los contactos a través de Snapchat. Pero después de este arranque, el desarrollo de los videos verticales tal y como los conocemos –formato de consumo masivo y estimulado por el algoritmo– vino impulsado por China: primero fu…
Contenido para suscriptores
Suscríbete a Aceprensa o inicia sesión para continuar leyendo el artículo.