Los pediatras desconfían de la “niñera electrónica”

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Contrapunto

Episodios de varicela, rubéola, seguimiento diario de Bola de dragón, el serial japonés con fuerte contenido de violencia, los Teletubbies… Éste podría ser el historial médico de un niño, tal como acaba de aconsejar la Academia Norteamericana de Pediatría. En su último informe, publicado en el número de agosto de la revista Pediatrics, la Academia aconseja a los médicos que tengan al día un “historial mediático” junto al estrictamente sanitario de los menores de edad que acuden a la consulta. Además, aconseja a los padres que eviten que los menores de dos años vean la televisión, y procuren que los mayores de esa edad no tengan televisores en sus dormitorios.

Después de invertir dos años de investigación antes de pronunciarse con esta nitidez, la máxima institución pediátrica norteamericana ha llegado a la conclusión de que el uso indiscriminado y prolongado de la televisión puede afectar a la salud mental, social e incluso física de los niños. Cuando se aborda por ejemplo el problema de la violencia en la pequeña pantalla -advierte la doctora Miriam Baron, jefa del comité de educación pública de la Academia- “una bala en el cuerpo es un asunto de salud física; como lo es también la tendencia a la obesidad que se observa en los niños que pasan muchas horas frente al televisor”.

No hay datos empíricos que prueben el daño de la televisión en los menores de dos años, pero la Academia de Pediatría basa sus drásticas recomendaciones en la necesidad que los bebés tienen del contacto interactivo con adultos -en primer lugar, sus padres- para desarrollar su cerebro, un estímulo que no ofrece la pequeña pantalla. Por otra parte, el efecto negativo de la violencia en televisión en el comportamiento de niños y adolescentes ha sido probado en todos los estudios sobre la materia realizados por médicos, psicólogos, educadores y psiquiatras.

La Academia Norteamericana de Pediatría ha comenzado a distribuir entre sus 55.000 miembros un cuestionario a modo de “historial mediático”, en el que se incluyen cuestiones para los jóvenes pacientes como qué tipo de películas, vídeos, vídeos musicales o videojuegos suelen seguir con más frecuencia, así como el uso y tiempo que emplean en Internet. Hay, asimismo, explicaciones más rudimentarias para los padres, con objeto de orientarlos en los peligros que tiene el uso solitario de los medios audiovisuales.

El propósito de los pediatras no es satanizar el uso ya imprescindible de esos instrumentos, sino lograr que -en ciertos tramos de edad- los padres acompañen a sus hijos, y logren suscitar con ellos un diálogo crítico de todo lo que se presenta ante sus ojos. De ahí que una de las recomendaciones más claras sea la del adecuado emplazamiento físico de los aparatos.

Según la Academia Norteamericana de Pediatría, los ordenadores y aparatos de televisión debieran estar siempre en habitaciones comunes de la casa, y nunca en los dormitorios de los niños, de manera que los padres puedan orientar y participar en el uso que los niños hacen de la televisión y el ordenador. Plantear este ideal a una sociedad que parece haber impuesto el trabajo profesional a destajo de ambos cónyuges fuera del hogar, parece una utopía. Pero los pediatras pueden alegar que ellos cumplen con su trabajo científico… y la imaginación para hacer posible lo que proponen es asunto de los políticos.

Francisco de Andrés

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