Los dramas de la vida real, ganchos de la audiencia

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Duración lectura: 16m. 8s.

Misterios por resolver. Búsqueda de desaparecidos. Líos de parejas. Sucesos sangrientos. Rescates heroicos. Los programas de televisión basados en dramas de la vida real se han convertido en el género de moda en cadenas de todo el mundo. Ante el estilo predominante en estos reality shows, hay quien los coloca sin dudar en la “telebasura”. Pero sigue en pie el problema de cómo tratar el dolor en la televisión sin reducirlo a espectáculo morboso. En un reciente simposio celebrado en Pamplona (1), Alejandro Navas, decano de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Navarra, ofrecía unas reflexiones, que aquí sintetizamos, sobre este matrimonio de conveniencia entre periodismo y dolor.

Habría que preguntarse por las razones de que una de las principales estrategias para ganar audiencia sea justamente este recurso al morbo. ¿Qué nos dice esta circunstancia sobre el estado de la televisión, de la audiencia y, en fin, de la sociedad en general? Helmut Thoma, director general de la RTL alemana, afirma: “Nos limitamos a reflejar el estado de la sociedad”.

De entrada se puede decir que el propio lenguaje televisivo favorece este tipo de programa. El acontecimiento ideal para la televisión, el más adecuado a la estructura del medio, tendría en mi opinión las siguientes características: breve duración, tendencialmente no verbal, visualizable, dotado de cierto dramatismo, llamativo, variado, lleno de colorido, susceptible de acompañamiento musical. Es patente que situaciones de violencia, sufrimiento, guerras, catástrofes, etc. son mucho más aptas para ser presentadas en la pantalla que sus contrarias. ¿Cómo presentar la paz a través de la televisión de forma interesante, capaz de retener la atención del espectador? Supongo que podrá hacerse de alguna manera, pero requerirá mucho más trabajo e imaginación que en el caso de su contrario.

Reflejar la realidad

Como lo morboso vende, los medios, y en especial la televisión, explotan a fondo la inclinación voyeurista que parece darse en una gran parte del público. Este voyeurismo tiene su correlato en el exhibicionismo de otra parte no pequeña de la población. Como decía H. Thoma aludiendo a los programas de la RTL que tratan sobre el sexo: “Personalmente no puedo imaginarme que alguien trate por teléfono y con el conjunto de la población del país problemas que apenas se atrevería a comentar con su médico de cabecera, pero así ocurre… Y, aparentemente, nuestra oferta de programas cubre satisfactoriamente esa demanda de nuestros espectadores”. El mismo H. Thoma declaraba en otra ocasión que “cuanto más estúpido es el programa emitido, más inteligente se cree la audiencia”.

Los responsables de la programación justifican esa fijación en lo morboso aduciendo que no pueden escamotear al público lo que ocurre en la realidad. Pretender ocultarlo sería incluso, nos dicen, síntoma de irresponsabilidad. En efecto, mostrar el lado oscuro del hombre y de la sociedad puede contribuir a sacudir la pasividad de ciudadanos y gobiernos e inspirar soluciones para tantos problemas lacerantes.

Pero me parece dudoso que estos nobles objetivos sean siempre alcanzables en la práctica, y esto por motivos inherentes al propio lenguaje televisivo.

En efecto, ese lenguaje apela más al sentimiento que a la razón, nos bombardea con sensaciones más que con ideas. Dicho en terminología psicológica: la televisión se dirige más al principio del placer que al principio de la realidad. No en vano se ha señalado la tendencia de la televisión a convertir en entretenimiento todo lo que toca.

Además, las tradicionales diferencias entre géneros se difuminan: los programas informativos adoptan rasgos hasta ahora exclusivos de la ficción, y en las comedias de situación norteamericanas empezamos a encontrar alusiones a los problemas políticos de la actualidad. Ficción y realidad tienden a confundirse, con un resultado que al final se traduce en una pérdida de realidad.

Cuando las cámaras están presentes

La dificultad del acercamiento objetivo a la realidad se ve acrecentada por las modificaciones que la misma existencia de la televisión introduce en los más diversos ámbitos de la vida. La política, la administración de la justicia en su caso, y tantas otras actividades cambian de planteamiento, a veces radicalmente, desde el momento en que se cuenta con la presencia de las cámaras. Y aunque en principio podamos pensar que esas cámaras contribuyen a generar una mayor transparencia en el funcionamiento de las instituciones, me parece que el balance final dista mucho de ser positivo. La lógica del show business acaba invadiéndolo todo, desde el parlamento hasta el campo de fútbol. Ahora se habla mucho de la televisión interactiva; pero la interacción entre el espectador y la televisión se ve precedida por la que se produce entre televisión y realidad social.

La televisión que nos acerca a través de la pantalla esa gama de horrores, fruto tanto de accidentes y de catástrofes naturales como de la locura de los hombres, pretende invitarnos a poner manos a la obra para remediar tanta necesidad. El propósito es digno de encomio, y aun concediendo que sea sincero y que con relativa frecuencia alcance lo que se propone, es casi inevitable que con una frecuencia no menor fracase en su empeño, ya que la disposición vital del consumidor de televisión es más bien pasiva.

Dice el filósofo polaco Leszek Kolakowski que la nuestra es una cultura de analgésicos, y la televisión ocupa aquí sin duda un lugar privilegiado. Puede resultar anestesiante la presentación de los más variados horrores en su dimensión planetaria: ante un drama de tal magnitud, el espectador individual se siente completamente desbordado y le resulta imposible actuar para poner remedio a tanto desastre. La responsabilidad sólo puede ejercerse en concreto, frente y a favor de personas y situaciones bien determinadas. La globalidad que impone la televisión liquida el concepto tradicional de prójimo, entendido como conjunto limitado de personas por las que uno está moralmente obligado a preocuparse.

Vidas ajenas

El interminable desfile de situaciones trágicas sobre la pantalla tiene otro efecto complementario sobre el espectador habitual: el entretenimiento obsesivo con las vidas de los demás provocado por una curiosidad malsana. El espectador, sumido en la pasividad, llena su vacío con las imágenes de vidas ajenas. La contemplación de los dramas y problemas ajenos, que la televisión le ofrece en toda su crudeza, sirve de excusa para contentarse con la propia mediocridad. Los ricos también lloran. Y ver cómo los poderosos, los guapos, los famosos sufren al igual que los demás mortales facilita que el espectador masificado se sienta eximido de la tarea de asumir las propias responsabilidades.

Y en la medida en que la televisión ocupa cada vez más horas a los espectadores, la comunicación interpersonal se debilita, decae la vida familiar, disminuye la atención que se presta a los niños. El resultado de este proceso será el surgimiento de nuevas generaciones de individuos alienados, sin defensas intelectuales, fácilmente manipulables.

La presencia de las cámaras en esas situaciones de dolor puede atentar fácilmente contra la dignidad de las personas. Hay momentos en la vida del hombre que pertenecen a la intimidad, como son, por ejemplo, el amor, la oración o la muerte. Dar carácter público a esas experiencias equivale a deshumanizarlas, a robarles su valor más íntimo. La exposición pública, y más si ocurre en contra de la propia voluntad, rebaja al hombre a la condición de objeto.

La pantalla de la televisión es hoy mucho más eficaz que la picota de nuestras ciudades medievales a la hora de exponer la vida de las personas a la mirada cosificante de la multitud curiosa e irrespetuosa. Muchas víctimas del sufrimiento se ven así condenadas a ser víctimas por partida doble: de una parte, tienen que sufrir el mal que las aqueja, y de otra, se ven expuestas a la mirada inmisericorde de una opinión pública ávida de sangre y escándalo.

El modo de presentar la violencia

Sucede además que buena parte de ese sufrimiento que nos muestran los medios es resultado de la acción violenta de los hombres. Todos los agentes sociales coinciden en señalar el riesgo que entraña la presentación de la violencia en los medios. Por otra parte, este debate no es nuevo: ya se planteó con el cine mudo, con los comics de los años 30 o con los primeros pasos de la televisión. Hoy se ha hecho especialmente intenso debido al crecimiento exponencial de la delincuencia juvenil, del terrorismo, de la xenofobia, de la inseguridad en las calles…

La violencia no es un invento de la televisión o de la prensa sensacionalista, sino que está ahí, al margen de que los periodistas se fijen en ella o no, y obedece sin duda a un cúmulo de causas de diversa naturaleza. Pero algo de responsabilidad en esa trágica escalada sí que es atribuible a la forma en que los medios nos presentan la violencia, tanto real como ficticia. No creo que sea posible en estos momentos precisar la parte exacta de responsabilidad que corresponde a los medios, pero las numerosas investigaciones que estudian este problema coinciden en algunas conclusiones de las que voy a destacar dos.

1. Los medios contribuyen a inducir en las audiencias una imagen del mundo y de la sociedad que los presentan como fuente de peligros y amenazas. Aquí conviene recordar que las exigencias del propio lenguaje televisivo y la competencia entre los diversos canales lleva a acentuar lo espectacular y tremendista: más sangre para evitar que el espectador cambie de canal.

En principio, incluso los niños están en condiciones de distinguir, por lo general, ficción y realidad en la mayor parte de las emisiones televisivas. Pero los educadores comprueban igualmente que con el paso del tiempo se produce una mezcla confusa entre las propias experiencias y las imágenes televisivas -reales o ficticias-, originando en los niños estados de miedo difuso.

2. Las imágenes televisivas, saturadas de violencia, llevan a que ésta se admita como una manera normal y adecuada de resolver conflictos. Se puede llegar a tener la impresión de que el que aspire a triunfar, a conseguir algo en la vida, debe estar dispuesto a golpear duro a los demás. La autoafirmación en una sociedad dura y hostil exigiría así un comportamiento agresivo y sin miramientos.

En principio, se trata de un proceso puramente mental, pero en la práctica se aprecia que crece la disposición a reaccionar violentamente ante los contratiempos o frustraciones. Esta inclinación se agudiza cuando las personas con tendencias violentas crecen sin el calor de una vida familiar armónica. Por fortuna, las voces de denuncia de esta situación se multiplican en nuestros días, y ese clamor cada vez más general parece que empieza a ser eficaz. Los medios insinúan algunos cambios en sus planteamientos, ya sea por convencimiento propio o por la presión de la opinión pública.

Si el panorama que ofrecen los medios no cambia, es previsible que la intervención de los poderes públicos pueda llegar a ser inevitable (por ejemplo, la fiscal general de los Estados Unidos amenazaba hace poco con medidas contra la televisión basura). Sería deseable que la gente de los medios, los empresarios en primer lugar y después los periodistas, comprendiera efectivamente que no todo lo que se puede hacer se debe hacer. En caso contrario, todos saldremos perdiendo, también aquellos medios que a corto plazo ven incrementada su audiencia mediante el recurso al morbo fácil.

Alejandro Navas

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(1) “Periodismo y sufrimiento: ¿matrimonio de conveniencia?”. La información ante el dolor. VIII Jornadas de Ciencias de la Información. Universidad de Navarra. Pamplona, 4 y 5 de noviembre de 1993.

 


El individuo como espectáculo de sí mismo

La proliferación de reality shows puede explicarse como un simple caso de lo que los antropólogos llaman difusión. No tiene nada de extraño que en Europa y en otros países del mundo se difundan rasgos que son típicos de la cultura norteamericana, del American way of life. Ese trasvase cultural, por imitación y por comercialización, lleva dándose de un modo constante desde al menos el final de la primera guerra mundial, es decir, desde la primera gran intervención de los Estados Unidos en el European way of life. Al lado de esa explicación, que es más bien una simple descripción, hay otras: una de tipo estético y otra relacionada con la filosofía de la historia o de la cultura.

¿Cuál es la esencia del reality show? Mostrar las cosas tal como son, sin ningún tipo de mediación o filtro. No hay actores, ni efectos especiales, no hay guión. El guión es el de la misma vida.

Como es natural, casi nada de eso es verdad. En el reality show, todo está preparado hasta el minuto. No hay nada más laborioso que una improvisación. Esa justificación del reality show es claramente estética y, como era de esperar, no resulta nueva.

Algo parecido se ha dado varias veces en la historia de la creación artística. El naturalismo del XIX tenía esa voluntad de inventar lo menos posible. Pero algo semejante, aunque en otro orden, era la “escritura automática” del surrealismo. Nada de intermediario, ni siquiera la conciencia. Y en el cine es conocido el fenómeno del que se llamó cinéma vérité.

El reality show es un nuevo ejemplo de ese deseo de estilo, de esa mediación estética. Es el prurito de la sinceridad. Pero, curiosamente, al ser una estética que se oculta a sí misma, acostumbra al público a no valorar el arte y, en este sentido, es un notable empobrecimiento.

Lo grande de las verdaderas historias es el sentido de que te cuentan una historia, de que se crea una ficción que sobrecoge, admira, atrae. Cuando Homero empieza La Iliada entrando directamente en materia, con la cólera de Aquiles, con aquello de “Canta, diosa, de Aquiles, el Pelida…”, está entrando en un universo muy distinto de los que escuchan al rapsoda. Lo mismo en el teatro, en la tragedia o en la comedia: gracias a ese distanciamiento del mundo ordinario se podía operar la catarsis, esa especie de viaje a otro mundo, de donde se podía volver más humano, con otra experiencia.

Cuando el reality show, a pesar de ser una retórica, la oculta, es como si acostumbrara al público a no volar, a no viajar en esa dimensión de la creación artística que le puede proporcionar una ganancia en humanidad.

Ideologías, ideas y hechos

Existe, además, otra explicación de por qué, precisamente ahora, se extiende el fenómeno de los reality shows.

El descalabro teórico y práctico del comunismo es, quizá, el caso más llamativo de un fenómeno que venía gestándose desde hacía tiempo: el desencanto social respecto a las ideologías. El tema es amplio, pero baste decir que las ideologías -mezcla de ideas, mitos, imágenes, llamadas a la acción- exigían, y en gran parte obtuvieron, una adhesión y casi una creencia. En muchos casos, el “desencantamiento” del mundo, algo complejo pero muy unido al proceso de descreimiento respecto a la fe, sirvió de prólogo a esa entrega a la ideología.

Recuérdese, por ejemplo, el concepto de “militancia”, tan en boga desde los años veinte hasta bien entrados los cincuenta. Las ideologías fueron, para muchos, una especie de “religión civil”. El caso es especialmente claro en los nacionalismos, ahora renacidos en algunos lugares, porque la divinización de lo telúrico propio, de la propia tierra-patria, es una de las constantes de la cultura humana.

La caída de las ideologías -y éste es el nervio de la argumentación- trajo consigo el desuso de algo que no tenía en realidad mucho que ver con ellas: el ideal, el mundo de las ideas, en el sentido de “principios”, de “convicciones” serias. En realidad, las ideologías habían sustituido en su día a los ideales, a aquello, más amplio que el individuo, que justificaba, sin embargo, una libre entrega del individuo.

Fracasan las ideologías y arrastran en su fracaso a la idea, al mundo del concepto, a la profundización teórica. Y así el campo está abonado para la antigua simplificación de “hechos, no ideas”. (Simplificación porque no habría hecho alguno si no procediera de una idea. Lo primero que se tiene, antes de hacer algo, es la idea de hacer eso. Esto es tan claro que, por ejemplo, en castellano, cuando no se sabe literalmente hacer algo, se dice que “no se tiene ni idea”).

El reality show parece hecho adrede para esa mentalidad que se ha cansado de las ideologías y que no tiene fuerza para pensar con ideas. No se trata ya de “entender” nada, sino de ver el espectáculo corriente, lo que a cualquiera podría ocurrirle.

En una época que se quiere realista, pragmática -y que no puede ocultar una buena dosis de cinismo-, la diversión del reality show es casi consustancial. Nadie ignora la mezcla, que está en la base del reality show, de morbo y de al menos una simulación de buenas intenciones. Porque lo que interesa no es un caso sin más, sino un caso que impresione. Y si van varios ejemplos de soluciones felices, se pensará que ya es hora de alternar con algo que ponga un nudo en la garganta.

Es difícil saber qué ocurría en otros tiempos, pero al menos conocemos que hasta ahora nunca se habían dado las condiciones de la difusión masiva a través de los medios. En ese sentido, la novedad es absoluta. Nunca, como hoy, se ha podido influir en los comportamientos de millones de personas presentando un espectáculo, el reality show, que se niega como tal espectáculo y que prescinde de cualquier contenido ideal, a no ser un vago sentimentalismo.

Qué valoración se haga del fenómeno es otro asunto. En cualquier caso un juicio ético ha de tener en cuenta ese factor de “acostumbramiento a la ausencia de ideales”, esa educación en la fragmentación, algo, por otro lado, tan postmoderno. El reality show es un mosaico en el que las piezas son completas, independientes, autónomas. Es el individuo el que se hace espectáculo de sí mismo.

Rafael Gómez Pérez

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