Buen cine sobre grandes temas

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47 Festival Internacional de Cine de San Sebastián
San Sebastián. Como todos los festivales de primera categoría, el de San Sebastián ofrece año a año una buena oportunidad de tomar el pulso a las tendencias que van delimitando el cine en todo el mundo. Su 47 edición -una de las mejores de los últimos años- ha confirmado el creciente interés de muchos cineastas por afrontar las relaciones familiares y amorosas, el sentido del trabajo y la necesidad de un nuevo orden social, tres grandes temas de debate en este final de siglo y de milenio.

Tal nivel ha tenido el último festival donostiarra, que sólo cabe reprochar los premios a Jacques Dufilho y a Aitana Sánchez-Gijón, cuyas interpretaciones, aunque buenas, no están a la altura de otras muchas que se han visto estos días. Por lo demás, el Jurado -presidido por el francés Bertrand Tavernier- ha estado razonable; las retrospectivas de John M. Stahl, del propio Tavernier y de la comedia italiana de los 60 han sido excelentes; la sección Made in Spanish, de cine hispanohablante, ha tenido interés; muchos famosos han aportado glamour; y, sobre todo, la sección oficial y la de Zabaltegi han ofrecido bastantes films de alta calidad artística y antropológica.

Cine con inquietudes sociales

Lo primero que se ha vuelto a constatar en San Sebastián es la vitalidad actual del cine de temática social. De hecho, muchas de las películas premiadas han presentado cuadros sociales complejos, desde perspectivas diversas, pero siempre comprometidas. C’est quoi la vie?, de François Dupeyron -la Concha de Oro-, hace una atinada descripción de la actual situación rural en Francia. Un modo de vivir que se resiste a desaparecer, pese a sus acuciantes dificultades, es visto por los ojos de un joven atrapado por los problemas de sus mayores. Hoy comienza todo, de Bertrand Tavernier -la mejor película de Zabaltegi y quizá de todo el festival-, retrata la valiente lucha cotidiana del director de una guardería pública. De corte parecido, aunque más lúgubre, es La maladie de Sachs, de Michel Deville, sobre un médico rural, siempre atento a las dolencias de sus pacientes. La conmovedora humanidad del film chirría algo, en parte por cierto pesimismo del protagonista y por su participación en una comisión de abortos.

Dos films muy diferentes abordaron la delincuencia juvenil. Le petit voleur, del también francés Erick Zonca, sigue, con estilo documental, a un joven aprendiz de panadero convertido en ladrón. Menos lograda está Bobby G. no sabe nadar, del estadounidense John-Luke Montias, que aborda la vida de un camello de poca monta.

Calurosos aplausos se llevó Recursos humanos, de Laurent Cantet -otro francés-, que describe las tribulaciones de un recién licenciado en Económicas, que empieza a trabajar en la fábrica donde está empleado su padre como obrero. Sin maniqueísmos ni retóricas facilonas, se muestra la conciencia social que ha desarrollado el hijo, y que choca con la aceptación de las injusticias patronales por parte del padre, cuya mayor ambición era precisamente colocar al hijo del lado de los que mandan.

El film portugués Jaime, de Antonio Pedro Vasconcelos, retrata con sensibilidad y ponderación la explotación laboral de tantos niños pobres que descubren, a muy temprana edad, las tragedias de la vida y tienen que afrontarlas con dignidad. En la misma línea, pero con resultados mucho menos interesantes, cabe incluir a Orfeu, del brasileño Carlos Diegues, desigual tragedia romántica, con el carnaval, las favelas y la delincuencia de Río de Janeiro como telón de fondo.

Dramas en torno a la familia y el amor

Pero no sólo de cine social ha vivido estos días el amante del buen cine. Otras muchas películas del festival se han centrado en dramas en torno a la familia. Entre ellas, destacan la española Cuando vuelvas a mi lado, de Gracia Querejeta, sobre tres hermanas que deben enfrentarse al oscuro pasado familiar, y Agnes Browne, segunda película dirigida por Anjelica Huston, sobre los esfuerzos de una viuda dublinesa con siete hijos.

Por su parte, la norteamericana Un mapa del mundo, de Scott Elliot, muestra a Sigourney Weaver como una madre que se enfrenta a la muerte de la hija de su mejor amiga, y a una acusación injusta. Pesa algo la acumulación de tragedias, pero el film tiene fuerza y calado. Finalmente, también afronta las relaciones padres-hijos el excelente drama chino Baños, de Zhang Yang, entrañable recreación del reencuentro entre un ejecutivo hastiado y su padre y su hermano, retrasado mental, que regentan unos acogedores baños públicos.

Sobre personajes que ansían el amor, cabe destacar el melodrama sueco-filandés Under the Sun, de Colin Nutley, sobre un granjero cuarentón que busca esposa, y Los cinco sentidos, del canadiense Jeremy Podeswa, film coral con mucho de Egoyam y Kieslowski. También tienen interés Mifune. Dogma 3, del danés Soren Kragh-Jacobsen, sobre las relaciones entre un recién casado, su hermano retrasado y una prostituta que tiene la oportunidad de rehacer su vida; Abilene, que profundiza en el perdón a través de una bella trama protagonizada por ancianos; y Mumford, de Lawrence Kasdan, excelente tragicomedia sobre un carismático psiquiatra.

Un aire pesimista recorre Jonas et Lila, à demain, del suizo Alain Tanner, película pesada y amoral donde las haya. Mucho más interesante es la alemana Nada más que la verdad, de Roland Suso Richter, quizá la gran olvidada del palmarés. A través del imaginario juicio a Joseph Mengele, plantea una inquietante conexión entre los horrores del nazismo y la cultura de la eutanasia. El toque exótico lo aportó la curiosa, y por momentos ininteligible, La cinta roja, del iraní Ebrahim Hatamikia, singular film futurista, con historia de amor en un campo minado.

Un poco de magia

También hubo en San Sebastián películas con esa atmósfera indefinible que pretende cautivar al espectador de un modo misterioso. La insoportable The Crossing, de Nora Hoppe, lo intenta sin éxito a través de una extrañísima meditación sobre la muerte. Más interesante resulta Rebelión en la granja, de John Stephenson, que adapta con animatronics la clásica fábula de George Orwell.

De fascinante cabe calificar La leyenda del pianista, del italiano Giuseppe Tornatore, acerca de un pianista genial que ha vivido siempre a bordo de un barco del estilo del Titanic. Un film conmovedor y de altísima calidad, con secuencias repletas de magia. Otra película sorprendente es Ghost Dog, de Jim Jarmusch, sobre un asesino a sueldo que sigue el código de los samurais. El film logra humanizar a tan dudoso personaje, gracias a la interpretación de Forest Whitaker, los detalles de humor y la música. También resulta interesante el debut como directora de Sofia Coppola -la hija de Francis Ford- en la comedia negra y nostálgica Las vírgenes suicidas. Por su parte, el documental musical Buena Vista Social Club, de Wim Wenders, es un verdadero regalo para los oídos. Destaquemos finalmente Locos en Alabama, notable debut como director de Antonio Banderas (ver servicio 137/99).

Cine literario

También hubo espacio para el cine con base literaria. Espléndido es el drama de amor y diferencias sociales Miss Julie, de Mike Figgis, que adapta un texto de August Strindberg; saltan chispas entre Peter Mulan y Saffron Burrows. Y bastante apreciable resultó Onegin, de Martha Fiennes, basada en la trágica novela del ruso Alexander Pushkin. La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda -basada en tres relatos de Manuel Rivas-, sólo alcanza el aprobado (ver servicio 137/99). Por el contrario, hay que suspender a Volavérunt, de Bigas Luna, dominada por un falso aire de calidad.

En cualquier caso, este 47 Festival Internacional de Cine de San Sebastián, además de confirmar la gran vitalidad del cine francés, ha puesto de manifiesto la imparable progresión de cine profundo, que intenta dar una respuesta ética a grandes inquietudes del mundo actual.

Jerónimo José MartínJosé María Aresté

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