La “optimización” de la salud, o la vida bajo medición

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La “optimización” de la salud o la vida bajo medición
Andrey Popov / Shutterstock

Con el auge de las tecnologías médicas “llevables” (wearables), aparatos que son un híbrido entre un dispositivo sanitario y un accesorio de moda, cada vez es más común toparse con personas que comentan sobre la calidad de su sueño, sobre qué tan buena es su “disposición” para el día o sobre cuántas calorías quemaron en una actividad cualquiera. Hay para todos los gustos: relojes inteligentes como Garmin y Apple Watch, anillos como Oura, pulseras como Whoop, y siguen surgiendo nuevas alternativas para lo mismo: trackear mejor el cuerpo.

Antes, si uno se despertaba cansado, se tomaba otro café y seguía. Hoy, en cambio, muchos necesitan que el dispositivo les diga si están o no cansados, saber si durmieron bien, cuánto tiempo estuvieron en sueño profundo, si su frecuencia cardiaca fue la adecuada o si su cuerpo está realmente listo para entrenar, trabajar o simplemente existir.

No es que antes el cuerpo no hablara. Siempre ha hablado. El problema es que ahora parece que ya no basta con sentirlo: necesitamos medirlo y optimizarlo.

El problema empieza cuando el cuidado deja de ser un medio para vivir mejor y se convierte en una especie de proyecto infinito de optimización

Del cuidarse al optimizarse

En principio, todo esto podría parecer una buena noticia. Dormir mejor, comer mejor, moverse más, tomar agua, descansar, conocer el propio cuerpo: nada de eso es malo. Al contrario. Durante años vivimos en una cultura que normalizó dormir poco, trabajar de más, comer mal, beber en exceso, además de tratar el cansancio como una medalla de honor. El problema empieza cuando el cuidado deja de ser un medio para vivir mejor y se convierte en una especie de proyecto infinito de optimización.

En el fondo de esta cultura de la optimización está una obsesión con la productividad. Si antes había quien se drogaba para trabajar más en los despachos y en las financieras, ahora lo normal es medirse y tomar suplementos para lo mismo: trabajar más. Por tanto, hoy en día ya no se trata solo de estar sano: se trata de estar en la mejor versión posible, todos los días, todo el tiempo. Si dormí mal, busco magnesio. Si no tengo energía, creatina. Si estoy distraído, otro suplemento. Si quiero bajar de peso o controlar el apetito, aparecen los medicamentos GLP-1, originalmente desarrollados para la diabetes y luego utilizados para tratar la obesidad, pero que hoy también forman parte de algunas conversaciones sobre rendimiento, imagen corporal y control absoluto del cuerpo.

De pronto, todo se vuelve corregible y controlable. Todo tiene una métrica y un protocolo.  El mandato es claro: todo debe mejorarse. Ante esto, surge la pregunta: ¿me estoy cuidando o me estoy administrando como si fuera una empresa? ¿Para qué quiero estar mejor? ¿Es para ser feliz o para ser más productivo, más útil pero con menos sentido?

El cuerpo como proyecto

Una de las características más interesantes de esta cultura de la optimización es que ya no miramos el cuerpo solo como algo que somos, sino como algo que tenemos que gestionar.

El cuerpo se mide, se corrige, se compara, se entrena, se suplementa, se vigila. Ya no basta con sentirse bien; hay que demostrarlo con datos. Ya no basta con salir a caminar; hay que cerrar los anillos con que el dispositivo marca nuestros objetivos. Ya no basta con dormir; hay que dormir con buena puntuación.

Byung-Chul Han lo explica muy bien cuando habla de la sociedad del rendimiento. Antes, dice, la presión venía más claramente desde fuera: normas, jefes, instituciones, obligaciones. Hoy, en cambio, muchas veces somos nosotros mismos quienes nos exigimos rendir más. Y al menos de los jefes se puede descansar, pero del reloj inteligente, no.

El nuevo ídolo del rendimiento

Esta cultura de la optimización acaba imponiendo también unas nuevas normas morales. Las vidas más valiosas parecen ser las de quienes duermen bien, entrenan, comen sano, no beben, se suplementan, meditan, trabajan, leen y, además, logran mantener su vida familiar y social en orden.  Aparece así un nuevo ideal y una obsesión desmedida por el rendimiento.

Si esto es así, el cansancio es una falla; el disfrute, una debilidad; el tomarse el tiempo para contemplar, se convierte en una pérdida de tiempo, y la fiesta o una larga noche conversando con amigos, en una amenaza para el sueño. Vivir es un riesgo, pues altera las métricas y nos impide estar “al máximo”, y una traición al nuevo ídolo del rendimiento.

Algo de esto se ve también en los cambios de los hábitos de consumo. Muchos jóvenes beben menos alcohol que generaciones anteriores. A la par, crece el interés por bebidas “funcionales”: sodas probióticas, bebidas con electrolitos, alternativas sin alcohol, productos que prometen hidratación, buena digestión, energía o bienestar.

Vivimos en una época que parece exigir que toda decisión tenga una justificación funcional

De nuevo, esto no es necesariamente malo. Puede ser muy positivo que una generación cuestione excesos que antes se veían como normales. Pero también hay algo revelador en el cambio: no se trata solo de disfrutar una bebida, sino de que esa bebida “aporte” algo. Que hidrate, que mejore la digestión, que no afecte el sueño, que no altere el entrenamiento de mañana. Incluso el ocio tiene que justificar su existencia: “si voy a tomar algo que no sea agua, tiene que hacerme mejor”.

¿Qué fue del simple disfrute?

Con todo esto no se trata de defender una vida sin límites o sin responsabilidad. Tampoco de romantizar los excesos o de despreciar el cuidado del cuerpo. Pero sí de hacer espacio para una pregunta: ¿qué lugar queda para hacer algo simplemente porque vale la pena en sí mismo? Vivimos en una época que parece exigir que toda decisión tenga una justificación funcional. Si leemos, que sea para aprender. Si caminamos, para llegar a los pasos previstos. Si descansamos, para mejorar nuestro rendimiento al día siguiente. Incluso el ocio parece tener que demostrar que reduce el estrés, mejora la creatividad o aumenta la productividad. Como si disfrutar, por sí solo, ya no fuera una razón suficiente.

Hay cosas que valen precisamente porque no son eficientes. De hecho, las cosas más valiosas no son eficientes ni útiles y esto es lo que la humanidad ha creído siempre al hacer arte, entretenimiento y pura diversión. Nadie contempla un atardecer porque sea útil. Desde siempre hemos dedicado tiempo al arte, al juego y a la contemplación precisamente porque entendemos, aunque sea de forma intuitiva, que no todo aquello que merece nuestro tiempo tiene que producir un beneficio medible. Incluso se podría decir que lo útil existe para hacer posible lo inútil.

Quizá el mejor ejemplo sea el amor. Desde una lógica estrictamente utilitarista, amar es profundamente ineficiente. El amor consume tiempo, exige paciencia, obliga a detenerse, a escuchar, a esperar, a acompañar. No siempre produce resultados visibles y, muchas veces, incluso nos hace renunciar a aquello que sería más conveniente para nosotros.

Una cultura obsesionada con optimizar cada minuto puede terminar empobreciendo aquello que hace que esos minutos merezcan la pena

Lo mismo ocurre con tantas experiencias que terminan dando densidad a una vida. Una sobremesa que se alarga hasta entrada la tarde, una conversación que hace olvidar la hora, una celebración que desordena el sueño o una tarde dedicada únicamente a leer una buena novela difícilmente superarían un análisis de productividad. Pero quizá precisamente ahí reside su valor. Son momentos que no buscan sacar el máximo rendimiento del tiempo, sino habitarlo.

El valor de lo gratuito

La paradoja es que una cultura obsesionada con optimizar cada minuto puede terminar empobreciendo aquello que hace que esos minutos merezcan la pena. Cuando todo debe justificarse por su utilidad, dejamos de reconocer el valor de lo gratuito, de aquello que no sirve para otra cosa que para recordarnos que somos suficientes tal cual somos.

Querer ser mejor es algo profundamente humano. Supone reconocer que uno puede madurar y aprender. Pero la optimización constante tiene otra lógica. No pregunta tanto qué tipo de persona quiero ser, sino cuánto puedo rendir. Y con esto perdemos de vista para qué queremos estar sanos y para qué queremos vivir más tiempo.

Esto nos puede convertir en seres infelices que siempre buscan más y no son capaces de disfrutar el momento. Nos convertimos en monstruos de la optimización y es una promesa que nunca termina.

Por eso, el problema no está en medir, sino en olvidar que no todo lo importante puede medirse. Un reloj inteligente puede decirnos cuántas horas dormimos, pero no puede decirnos si valió la pena desvelarnos. El cuerpo no es una máquina que debemos exprimir al máximo. Tampoco es un proyecto infinito de mejora. Es el lugar desde el que amamos, trabajamos, descansamos, celebramos, sufrimos, servimos y vivimos. Y por eso, la pregunta que nuestra sociedad debe hacerse es: ¿para qué quiero optimizar mi vida? Solo al tener clara esa respuesta, las mediciones tendrán sentido y nos ayudarán a recuperar la libertad de vivir sin convertir cada minuto en una oportunidad de productividad.

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