Directores: Aaron Blaise y Robert Walker. Guión: Steve Bencich. Música: Phil Collins y Mark Mancina. Animación. 85 min. Todos.
En la última glaciación, el joven indio Kenai cumple la mayoría de edad. Los Grandes Espíritus le otorgan el tótem-amuleto del oso, símbolo del amor. Al joven no le gusta; prefiere el águila, símbolo de fortaleza, de su hermano mayor, Sitka, o el astuto lobo de Denahi, su otro hermano. Kenai provoca una tragedia y los Grandes Espíritus le transforman en oso. Un osezno parlanchín llamado Koda le guiará en su viaje iniciático hacia la montaña donde las luces tocan la tierra.
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Esta película de animación, del mismo equipo que realizó Mulan y Lilo & Stich, tiene una factura impecable y detalles geniales, como la estampida de caribús, las bandadas de gaviotas o los juegos ópticos de los osos ante el hielo. La narrativa fluye con libertad, con más de 800 fondos. A nivel artístico alcanza los límites a los que puede llegar la animación convencional en 2D, incorpora bellísimas imágenes de pinturas rupestres e incluso juega con el tamaño de la pantalla: ordinario en la primera media hora -con una paleta cromática apagada- y panorámico y con colores brillantes desde que Kenai se convierte en oso.
Sin embargo, todo ese talento se desperdicia en una historia con poco mordiente: la primera parte es una lección de mística New Age, acompañada de una canción de parroquia progre de los años setenta. La segunda parte incorpora nuevos personajes, cobra ritmo e interés, hasta lograr un balance final positivo.
Fernando Gil-Delgado