Un escritor de fama mundial, Andrew Dyer, lleva veinte años recluido en su casa, alejado de su familia y sumido en el alcoholismo. Cuando se da cuenta de que su vida está llegando a su fin, convoca a sus hijos mayores para una presumible reconciliación.
Pablo Trapero (Carancho, El clan) adapta junto con Sarah Polley (Ellas hablan, Lejos de ella), El extravagante Señor Dyer, la novela norteamericana de David Gilbert. En su primer trabajo dirigido íntegramente en inglés, Trapero construye un drama familiar que gira alrededor de la figura paterna, interpretada por el nominado al Oscar Bill Nighy (Living). Ironía, excentricidad y misterio se entremezclan para indagar en las complejas relaciones familiares de los protagonistas, desorientados ante el surrealista descubrimiento que les hará replantearse cuánto de verdad hay realmente en sus vidas.
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El filme explora la desesperación de unos hijos abandonados por su padre, que buscan comprensión a la inestabilidad de su progenitor. Trapero aborda uno de los temas habituales en sus obras, según él mismo reconoce: “La tensión inherente a nuestras relaciones personales -sean amigos, familia, compañeros- y cómo, como individuos, luchamos por encontrar nuestro propio camino”.
Al guión le falta algo más de profundidad y sugerencia en los diálogos para aprovechar toda la capacidad del imponente reparto, y las expectativas generadas por la premisa. La película se sigue con interés, pero hay algunas situaciones con poca entidad dramática y personalidad que hacen algo tedioso el desarrollo de la trama. Una vez más, Pablo Trapero da la sensación de seguir quedándose a mitad de camino para llegar a ser un gran director.
A pesar de estos inconvenientes, el reparto consigue aportar muchos matices que no se incluyen en el guión. Destacan especialmente las interpretaciones de los emergentes Noah Jupe (La muerte de Robin Hood, Hamnet), y George McKay (Munich en vísperas de guerra, 1917), junto a otros veteranos como Dominic West o Imelda Staunton.