Tras el éxito que su redescubrimiento ha provocado en Gran Bretaña, aparece en España Cruz torcida, una novela que la inglesa Sally Carson (1902-1941) publicó en 1934 sirviéndose de las experiencias de su estancia en Baviera unos meses antes. Allí comprobó cómo el auge del nazismo estaba fracturando el país y hasta la propia vida de las familias.
Lo que se cuenta en esta novela son hechos, es cierto, ya muy conocidos y novelados. Pero la novedad de Cruz torcida es que no se narra el ascenso del nazismo a posteriori, cuando ya eran muy visibles las dramáticas consecuencias de sus postulados ideológicos, sino en vivo y en directo. La novela se centra en los meses finales de 1932 y todo 1933, cuando Hitler, en enero de 1933, se convierte en Canciller y se acelera la agónica presión sobre la población, especialmente contra los comunistas y los judíos.
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No hay muchas generalizaciones en la novela, pues la autora se basa en la vida de una familia, los Kluger, del pueblo de Kranach, cercano a Múnich. Es una familia de padres de clase media con tres hijos que ya han superado la adolescencia: Helmy, Erich y Lexa.
La novela comienza con la celebración de las Navidades de 1932. Se trata de una agradable escena familiar que comparten los miembros de la familia Kluger más Moritz Weissmann y su padre viudo. Moritz, un prometedor médico que trabaja en una clínica en Múnich, es el prometido de Lexa. La escena subraya la unión entre todos y los deseos de felicidad.
Sin embargo, la agitada vida política alemana de esos meses salpica la vida familiar. El Partido Nazi cuenta con muchos adeptos en Kranach y Múnich. La mayoría son jóvenes exaltados que han crecido bajo los años de inseguridad y penalidades provocadas por la derrota en la Gran Guerra del 14. El partido de Hitler les proporciona a esos jóvenes unos principios, una esperanza, un futuro. Este ambiente se materializa en la propia familia Kluger. Helmy, que tras finalizar sus estudios lleva años sin encontrar trabajo, acaba ingresando en las filas del Partido Nazi, donde se implica al máximo y encuentra los ideales y la seguridad que anhela. Lo mismo le pasa a Erich, que participa de manera todavía más entusiasta en las acciones del Parrido Nazi, algunas ya violentas.
Este clima cada vez más beligerante contra los comunistas y los judíos acaba salpicando a Moritz y Lexa. Moritz es alemán y católico, pero por su apellido, de origen judío, sufre en sus carnes las vejaciones que empiezan a extenderse en la sociedad. De hecho, pierde su trabajo en Múnich y se ve obligado a aplazar su matrimonio.
Lo mejor de la novela es cómo describe la naturalidad con la que se instalan en la sociedad alemana los excesos violentos de la ideología nazi, que convierte en enemigos a personas que, hasta hace unas semanas, eran vecinos, compañeros y amigos. Lo peor, su precipitado final, demasiado esquemático y melodramático.
Carson muestra los desmanes que provoca la agitación desmesurada del país, “la desaparición de la lógica, de la individualidad, de la libertad misma”. Miles y miles de jóvenes sobreexcitados, bien formados y enérgicos “se sentían felices de que alguíen [Hitler] les dirigiese”, pasando por encima de la moral y del respeto a los demás. Como aparece en la novela, para no tener ningún problema con nadie y menos con las autoridades, lo mejor es seguir el dictado de los demás, aunque eso lleve a los amigos y hermanos de Lexa a justificar el odio, la existencia de campos de concentración y las muertes de personas conocidas.
Al igual que hizo Sebastian Haffner en Historia de un alemán (Memorias, 1914-1933) y Ödön von Horvarth en Juventud sin Dios, Sally Carson ha captado muy bien la infiltración en todas las capas de la sociedad de una ideología y de unos principios que alteraron drásticamente, ya en 1932 y 1933, la relación con los demás, los afectos y las emociones. Solo el amor de Lexa consigue transmitir algo de esperanza y sentido común.