“Empezó como una broma y ahora nos está financiando los viajes”, se lee en un vídeo divertido de Instagram que cumple con todos los requisitos que premia el algoritmo: música animada y planos rápidos y alegres. Si pestañeas en el momento equivocado, te puedes perder a qué se está refiriendo: es propaganda que publicita plataformas en las que se pueden vender fotos y vídeos de pies.
Con la misma estética que quiere sugerir inocencia se graba Anna Malygon, una influencer ucraniana de 22 años con 2,4 millones de seguidores en Instagram.
En este vídeo simula mantener una conversación con su yo de hace diez años. La niña quiere que la adulta le cuente cómo le ha ido en la vida: “¿Estudié la carrera que quería? ¿Papá me compró el coche? ¿Mi familia está a salvo de la guerra?” Y añade: “¿De dónde hemos sacado tanto dinero como para tener casa propia?”. Ante esta última pregunta, la influencer se encoge de hombros y, sonriente, contesta: “Creo que eres demasiado pequeña para saberlo”. Je, je.
Anna Malygon sube vídeos sexuales para OnlyFans.
La autoexplotación sexual, normalizada
El mensaje es claro y se repite a lo largo de muchos vídeos similares en los que influencers jovencísimas (la mayoría de creadoras de OnlyFans tienen entre 18 y 24 años) con una audiencia todavía más joven aseguran que explotarse sexualmente es lo que les permite llevar una vida maravillosa.
La consecuencia también es cada vez más evidente: la normalización de la autoexplotación sexual y la creciente percepción de que la creación de este tipo de contenido para consumo de terceros es una salida laboral como cualquier otra.
Casi uno de cada tres jóvenes en España ve la oferta de contenido íntimo como una forma legítima de generar ingresos, según el estudio de Save the Children que analiza las nuevas dinámicas de explotación sexual en la infancia.
Y esto no ocurre por accidente, sino que es el resultado de una orquestada “invasión” del feed de los usuarios más jóvenes en las redes sociales: el 62,4% de los chicos y el 47,7% de las chicas encuestados en el estudio de Save the Children reconoce que había visto enlaces que les redirigían a OnlyFans o a las páginas de “sugar daddies”.
Encontrarse publicidad de OnlyFans o recibir invitaciones personales parar subir contenido sexual son fenómenos bastante frecuentes en las redes sociales mainstream
Más del 70% de las niñas no consideraban que la plataforma de OnlyFans fuera una forma de explotación, y casi el 40% habían recibido mensajes de desconocidos sugiriéndoles que vendieran contenido íntimo o que participaran en dinámicas similares.
“La cultura digital ha impulsado un imaginario social que sexualiza cada vez más la infancia y la adolescencia. Este entorno favorece la normalización de la autoexposición y del consumo de contenido íntimo generado por niñas y adolescentes, como el que se realiza en estas plataformas y webs”, concluye el informe.
Otro estudio, para el que se entrevistó a cerca de 200 adolescentes españoles y que fue publicado en 2025 en la revista Archives of Sexual Behavior, coincide en gran medida con el de Save the Children: una buena parte de los entrevistados piensa que OnlyFans es una forma rápida y legítima de ganar dinero, y la gran mayoría señaló haber visto publicidad de esta web en TikTok, Instagram o Telegram. Además, tanto chicos como chicas relacionaban el éxito con la apariencia y la popularidad, reflejando mensajes propios de la cultura de los influencers que asocian la exposición sexual con el empoderamiento o la libertad financiera.
Lo que se esconde detrás del “barely legal”
Una muestra de cómo funciona esa pendiente resbaladiza que va de las redes tradicionales a OnlyFans puede verse en los casos de Piper Rockelle y Jacky Dejo. Ambas empezaron en las redes como niñas influencers. Sus vídeos promocionaban juguetes, mostraban su talento creativo con los deportes o sus planes con amigos.
Los discursos que relacionan la exposición sexual con el empoderamiento, sumados a la precariedad económica, hacen especialmente resbaladiza la pendiente que va de colgar contenidos “sugerentes” en TikTok a abrirse una cuenta en OnlyFans
A medida que fueron creciendo, la presión y la hipersexualización en los comentarios fue cada vez más evidente. Una oleada de hombres hacía notar que pagarían por ver más. Las fotografías que iban publicando en sus redes iban subiendo cada vez más el tono. A los 18 años, hicieron lo que se conoce como “drop the link”. Es decir, se abrieron una cuenta de OnlyFans y empezaron a subir contenido explícitamente sexual, lo que en el mundillo de la pornografía se conoce como “barely legal”, ya que las creadoras acaban de rebasar la mayoría de edad.
Rockelle ganó 2,9 millones de dólares en un día y lo compartió con sus seguidores: “¡Mi primer día! Agradecida”. Y así es como de manera consciente o inconsciente, las redes tradicionales pueden fomentar una cuenta atrás con las adolescentes a punto de cumplir 18 años. Este límite de edad marca también un cambio sorprendente en buena parte del discurso público: se pasa de hablar de proteger a los menores a celebrar los “éxitos” de una mujer adulta empoderada.

Porque lo cierto es que a las creadoras de contenido en OnlyFans –el 97 %, mujeres, y la mayoría entre 18 a 24 años– con mucha frecuencia se les ha vendido la plataforma como una especie de sueño americano virtual desde la adolescencia.
En su entrevista con Rolling Stone, Rockelle describe su decisión de abrir una cuenta de OnlyFans como algo “inevitable” y que llevaba pensando mucho tiempo.
Lo cierto es que la demanda del contenido “barely legal” hace que en las redes sociales más mainstream –Instagram, TikTok, Snapchat–, donde hay mucha audiencia adolescente, se utilice el poder aspiracional de los influencers para promocionar OnlyFans y captar menores, tanto futuros consumidores como futuras creadoras.
Vulnerabilidad, recompensa y disociación: un grooming por muchos frentes
Pero, como muestran los casos de Rockelle y Dejo, la hipersexualición en redes sociales empieza mucho antes de ver un vídeo explícitamente publicitario de OnlyFans. Comienza con el algoritmo que inunda el feed de los adolescentes de mujeres con una estética muy concreta y pornificada. Comienza con el sistema de recompensa de las redes, que viraliza los contenidos en los que adolescentes enseñan cada vez más y los premian con más likes y comentarios.
“Las redes sociales como Instagram, TikTok, etc., donde las mujeres suben fotos de sus cuerpos, se convierten en espacios de validación social a partir de los likes recibidos, y por tanto, en herramientas del patriarcado donde poner en valor el atractivo sexual. Las redes sociales y ciertas plataformas se han convertido así en un arma muy valiosa para las jóvenes, que las usan como un barómetro de su popularidad y como herramienta de autoestima”, explica el informe de la Federación Mujeres Jóvenes sobre la plataforma.
“OnlyFans supone un espacio más donde sus cuerpos son reconocidos por la mirada masculina como válidos a partir del número de fans, construyéndose como objetos de deseo en este contexto pornográfico y prostitucional”, señala el documento.
Andy Burrows, director de políticas para la seguridad infantil online de la NSPCC en Reino Unido (National Society for the Prevention of Cruelty to Children), asegura que el comportamiento sexualizado en redes tradicionales difumina la frontera entre la cultura de los influencers y OnlyFans.
Al final, el algoritmo les va susurrando a las adolescentes que la vida aspiracional que triunfa en redes sociales (casas de lujo, viajes sin freno a cualquier destino y un grupo de amigas despampanantes) es una puerta que se puede abrir con una llave mágica: monetizar el propio cuerpo.
Esta promesa de sacar partido al “capital erótico” es especialmente tentadora en un contexto de precariedad: “¿Para qué vas a estudiar si lo mismo te va a dar estudiar que no estudiar porque la vida es una mierda y al final vas a acabar trabajando en el McDonald’s? Les están diciendo que el camino es el capital sexual”, explica en el informe de la Federación la sociológica Carmen Ruiz Repullo.
En España, el 30% de los jóvenes cree que en OnlyFans se gana mucho dinero. Un mito falso que obvia que el 1% de los creadores más populares se lleva un tercio de todo el dinero de la plataforma, pero que lleva a que muchas chicas prueben suerte en un ecosistema en el que el precio a pagar puede no ser evidente al principio.
Por ejemplo, quien vende fotos de sus pies en Snapchat puede que no se dé cuenta, pero ya ha asumido una disociación entre su cuerpo y su persona. Una utopía cuyo espejismo se mantiene solo por la virtualidad: las adolescentes acaban creyendo que esas fotos que comercializan no son ellas. Una vez se ha asimilado esto, dar el salto a OnlyFans es más sencillo.
Y en todo este fenómeno, las más afectadas son siempre las más vulnerables. El informe advierte del incremento de menores de edad tuteladas por el sistema de protección y “residentes en centros de acogida que están haciendo uso de OnlyFans para vender contenido sexualmente explícito a cambio de dinero”. Algo que, por supuesto, las convierte en presa fácil para redes de captación y trata.
Ellas, empoderadas; ellos, sus agentes
OnlyFans necesita creadoras de contenido, pero también consumidores. Así que la publicidad llega tanto a chicos como a chicas, pero con un discurso diferente.
A ellas, promesas de autonomía, empoderamiento y mucho dinero. Para ellos, la posibilidad de convertirse en agentes, dirigir un ejército de modelos OnlyFans y rentabilizarlo.
Así, ellas ya no son prostitutas, sino creadoras. Y ellos no son puteros ni proxenetas, sino empresarios.
En distintas plataformas como podcasts o YouTube, ellas explican cómo trabajar en OnlyFans les permite conciliar, viajar, ser su propia jefa y despreocuparse del dinero y de los horarios. Ellos ofrecen consejos sobre cómo hacer crecer la agencia de OnlyFans y aumentar los ingresos.
No hay ni una palabra sobre cómo uno cambia las exigencias de un jefe tradicional por las de una audiencia de hombres que van subiendo la apuesta por el propio cuerpo. No se explica que un trabajo lo puedes dejar, pero que la huella digital de OnlyFans no desaparece. No se advierte de la presión física y emocional de someterse a este tipo de contenido.
“Respondemos a lo que el sistema quiere, y muchas veces lo que hay que ver es si tú eres dueña de tu propia red social o la red social se adueña de ti. Se adueña de ti diciéndote lo que tienes que colgar, lo que tienes que hacer, lo que tienes que comentar”, señala Carmen Ruiz Repullo.
“Lo más importante es identificar bien el sistema de creencias que define positivamente a las chicas el entrar a venderse y/o a exhibirse, y a los chicos a no entrar nunca a venderse ni a exhibirse, salvo en casos excepcionales. Como siempre, nos encontramos la doble verdad, y que hay unas definiciones positivas para hacer una cosa para las chicas y otras para los chicos”, explica en el informe la filósofa Ana de Miguel, autora de Neoliberalismo sexual: el mito de la libre elección.
Durante una conferencia en Londres en 2022, Lulu, una estudiante universitaria de 20 años, pronunció un discurso para advertir, basándose en su propia experiencia, contra “la captación y el proceso de manipulación de mujeres jóvenes y estudiantes universitarias hacia la industria sexual en sus formas más recientes, concretamente plataformas como OnlyFans y el llamado “sugar dating”.
La joven señaló que, en 2020, alrededor del 4% de estudiantes universitarios recurrió a alguna forma de “trabajo sexual” para complementar ingresos, el doble que en 2017. En redes sociales, la etiqueta #sugarbaby acumula más de mil millones de visualizaciones en TikTok, mostrando estilos de vida lujosos financiados por “sugar daddies”, aunque rara vez estas relaciones son solo virtuales. Además, la normalización de estas plataformas en la cultura popular –como ocurrió tras la mención de OnlyFans en el remix de “Savage”, de Beyoncé– ha provocado picos significativos de tráfico, evidenciando la influencia mediática.
“En mi opinión –explicaba Lulu–, hasta que la captación y el proceso de manipulación de niñas y mujeres jóvenes hacia la pornografía y la prostitución no se consideren como un proceso de erosión de la autoestima y de los límites personales a través de la socialización femenina, no vamos a poder abordar el problema”.