Para Karl Jaspers eran las situaciones límites, como la muerte o el amor, las que funcionaban al igual que una espita, abriendo el horizonte de la reflexión. ¿Y si el fracaso funcionara de la misma manera? ¿Y si la obsesión por el éxito –social o económico, profesional o personal, lo mismo da– nos ocultara las trazas auténticas del universo?
Que la humildad es algo más que una virtud lo sabían bien, además de los grandes místicos, Chesterton e Iris Murdoch. El primero dijo, con su genialidad habitual, que la humildad nos disponía en la ubicación adecuada para ver lo espléndida y gigantesca que era la realidad. Para Murdoch, consistía en el generoso respeto hacia lo que las cosas son.
La potencia epistemológica de la humildad la explora, conjugando amenidad y profundidad, el filósofo rumano Costica Bradatan en un reciente ensayo con un título contundente: Elogio del fracaso (Anagrama, 2025), donde propone una terapia de choque para curarnos de los males, menos livianos de lo que suponemos, que han causado en nuestro interior las cantinelas de la competitividad o la productividad y los numerosos libros y pódcast de desarrollo personal.
La pesadilla de la omnipotencia
Se pueden sintetizar en pocas consignas las enseñanzas que nos transmite Bradatan: desde la clásica que exhorta a no desear “nada en demasía” hasta otras más modernas, como “menos es más”. Ilustrando su tesis con la experiencia de algunos insignes perdedores, Bradatan afirma que el fracaso condiciona, para bien, nuestra actitud hacia los demás y resulta beneficioso, sanador.
“El fracaso, como pocas experiencias humanas, nos coloca en una situación excepcional para comprender quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo”, advierte de partida, lo cual evidencia que la perspectiva que adopta para reflexionar sobre las frustraciones es bastante diferente a la que, más superficialmente, alienta a aprender de los errores y derrotas. ¿No se sigue dando prioridad al triunfo cuando se estima que perder permite tomar mejor impulso para llegar a la cima?
El pelagianismo, clave en la actual crisis antropológica con su promesa de endiosar al hombre, recibe del fracaso una necesaria “cura de humildad”
Para Bradatan, sin embargo, las decepciones y los descalabros nos salvan de nuestros sueños de omnipotencia, moderan nuestros anhelos y, especialmente hoy, hacen que se desvanezca la sensación de que el mundo es, simple y llanamente, una mina llena de riquezas dispuestas para que las explotemos. También facilita que asumamos nuestra condición vulnerable y la debilidad de los otros.
Gnosticismo y pelagianismo
Simone Weil, Emil Cioran, Yukio Mishima o Gandhi son algunas de las personalidades que han ahondado en esa experiencia de desarreglo, desconexión y hundimiento, que el calvinismo y un capitalismo extremo denuestan. Bradatan sitúa esas figuras en el grupo de los gnósticos, pues también se refiere a esta heterodoxa –y polémica– tradición a fin de reflexionar sobre un mundo salido de quicio, poco familiar y extraño.
Entiéndase bien: no estamos ante una reivindicación de esa corriente místico-filosófica, sino frente a un intento de meter en cintura la querencia contemporánea por el pelagianismo, una inclinación que se halla en el centro de la actual crisis antropológica por su promesa de endiosar al ser humano.
La obstinación por el éxito profesional nos lleva hasta la extenuación o a remozar fraudulentamente nuestro CV; nuestro interés por el triunfo económico, a vivir por encima de nuestras posibilidades; y las ansias de celebridad, a comprar seguidores en las redes y a conducirnos estrambóticamente solo para epatar y llamar la atención.
Perdedores insignes
Si hablamos de gnosticismo, hemos de volver nuestra mirada hacia Simone Weil, la filósofa de condición enfermiza que vio en la kénosis de Jesucristo (su abajamiento a la condición humana) la muestra más prodigiosa de su divinidad. De ahí que quepa afirmar, con ella, que hemos de renunciar para ser. Gandhi encarna el fracaso político, no solo porque su vida se truncó a manos de un nacionalista hindú; también se percató de lo difícil que es estar a la altura de lo que se predica.
El fracaso, como evidencian estos últimos casos, contribuye a poner distancia entre nosotros y las cosas, y ayuda a moderarnos. No es de extrañar que sea una experiencia relevante para apuntalar nuestras frágiles democracias. La senda de los totalitarismos, insiste Bradatan, está llena casi siempre de buenas intenciones, y cada vez que hemos intentado transformar este planeta a contraluz de las utopías hemos inaugurado un nuevo Auschwitz.
Elogio del fracaso frena las ambiciones desmedidas en todos los ámbitos de la existencia. El rumano Emil Cioran, que quizá como ningún otro escritor tuvo el arte de convertir el fracaso en musa, revela el sinsentido de nuestros esfuerzos, y en él encuentra inspiración Bradatan para proponer un cambio de vida centrado en la quietud.
El fracaso puede conducir al nihilismo, pero también revelarnos que no pertenecemos por completo a este mundo
El último en pasar por el escenario de este libro es el escritor japonés Yukio Mishima, que se suicidó haciéndose el harakiri. Sin promocionarlo, Bradatan recurre a él para explicar por qué la muerte es, en definitiva, el vínculo inexcusable que nos unce esencialmente a la contingencia y la nada.
Más allá del nihilismo
No obstante, la condición de perdedor puede ser una impostura. Y eso lo refleja muy bien el comentario de un colaborador de Gandhi, al señalar que costó mucho dinero lograr que viviera en la pobreza. Encomiar el fracaso a veces constituye la mejor forma de asegurarse el éxito. ¿Podemos decir que Weil o Cioran fracasaron, cuando su obra ha despertado tantos ecos?
Quizá se suponga que a Bradatan se le ha ido la mano con eso del gnosticismo. Que su periplo nos aboca, triste y fatídicamente, al más desconsolador de los nihilismos. ¿Qué otra cosa sino la nada se encuentra a un lado y otro de la finitud?
Esa sería, en efecto, una posible lectura. Pero hay otra igualmente defendible. El fracaso de nuestros planes, las frustraciones existenciales, nuestra repentina incomodidad, conforman una suerte de indicio para revelarnos que estamos en el mundo, pero que no pertenecemos a él por completo. El cumplimiento de los sueños y la satisfacción de nuestros anhelos son, irónicamente, también limitaciones y rémoras. Somos más que lo que sugiere una carrera profesional, una cuenta bancaria o las titulaciones obtenidas.
La conciencia de la finitud, llevada a uno de sus extremos, puede abrir la puerta del pesimismo y del sinsentido, o la del nihilismo optimista que Nietzsche proponía para, como los niños, afirmar la vida. Pero también puede descubrirnos que con lo que aquí nos topamos no basta para colmarnos, y que debemos levantar nuestra mirada. Como indicaba Kierkegaard, “desear absolutamente lo finito es una contradicción, porque lo finito ha de tener un final”. Y, por eso, el fracaso y la vulnerabilidad nos impelen a franquear la frontera del absoluto.