¿Por qué cada vez más jóvenes (y no tan jóvenes), bien preparados e incluso brillantes, según sugiere su formación académica y curriculum vitae, tienen dificultades para adaptarse a su puesto de trabajo o incluso fracasan laboralmente? Para David Cerdá, conferenciante, consultor y traductor, el motivo es la falta de profesionalidad. Es una cuestión que no se aborda, o al menos no como se debería, en la formación universitaria. En este sentido, y recurriendo a Ortega y Gasset, recuerda que una de las misiones de la universidad es enseñar al estudiante “a ser un hombre culto y un buen profesional”.
Cerdá entiende la profesionalidad como un conjunto de cualidades, “un ethos, un carácter”. Un buen profesional es una persona que posee y pone en práctica un conjunto de virtudes. Y proyectando este concepto sobre las organizaciones, se podrá decir que una organización es profesional si quienes en ella trabajan lo son.
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Tras exponer los fundamentos sobre los que se asienta un buen profesional, el autor dedica el resto de capítulos a exponer esa serie de virtudes, y los conceptos y comportamientos básicos sobre los que se asientan, pero que, por descuidados, conviene recuperar. Así, recomienda poner los cinco sentidos y conducirse con la debida prudencia cuando se dan los primeros pasos en el ámbito laboral, cuidando el trato y la comunicación con los compañeros, en cuanto que elementos fundamentales para “saber estar” en el lugar de trabajo. No menos importante, y cuando corresponda, es “saber salir” con elegancia de un puesto de trabajo y de la organización en la que se ha desarrollado.
Como no puede ser de otra manera, el ejercicio profesional requiere ser competente, a base de eficacia y eficiencia; y competir “a fondo”, en el sentido de tenacidad, esfuerzo y superación, pero siempre con elegancia y deportividad. Son imprescindibles la responsabilidad y la autoexigencia, pero sin poner en peligro el necesario equilibrio vital. El autor también dedica espacio al compañerismo bien entendido y a la disposición para aprender y enseñar. Y, por supuesto, a aspectos tan importantes como la construcción de una sólida reputación, y el papel que en ella juega la honradez, la integridad y la ética.
Cerdá concluye el libro con un capítulo en el que recuerda que la profesión que ejercemos es “nuestra contribución esencial a la polis”. Por ello, no cabe considerar como un buen profesional a aquél que no tiene conciencia social. Para el autor, “el corazón de la profesionalidad” es entregarse en el trabajo que se desempeña y, a través de él, servir a quienes nos rodean.