Stalingrado

Director: Joseph Vilsmaier. Intérpretes: Dominique Horwitz, Thomas Kretschmann, Jochen Nickel.

DIRECCIÓN

GÉNEROS

Stalingrado es una de las mayores superproducciones alemanas. Se trata de un magno alegato antibelicista y autocrítico, que recuerda en su 50º aniversario una de las batallas más sangrientas de la historia. Máximo responsable del film es Joseph Vilsmaier, que dirige, produce y firma el guión y la fotografía. En su trabajo se aprecia un elogiable afán -no del todo conseguido- de hacer cine espectáculo sin abandonar las difíciles coordenadas que caracterizan el cine dramático europeo.

El guión se acerca a la gran historia a través de esos pequeños personajes que la protagonizan. En esta ocasión son cuatro jóvenes alemanes, un oficial y tres soldados -todos ellos héroes en El Alamein-, a los que espera un trágico destino en las gélidas estepas rusas. Sus derrumbados ideales, sus dramas y egoísmos, su camaradería, su lucha desesperada por sobrevivir dan hálito humano a la sucesión de secuencias bélicas.

Joseph Vilsmaier lleva a cabo una puesta en escena inicialmente muy espectacular, en la línea del mejor cine bélico, muy bien apoyada por la intensa banda sonora de Norbert J. Schneider y por unos sobrecogedores efectos de sonido. Su cámara se mueve con gran fuerza visual y cortante dureza entre escombros, explosiones y cuerpos deshechos, intentando mostrar el absurdo de la guerra con toda su descarnada carga de inhumanidad. Esta devastación física -a veces, muy desagradable- irá afectando a los personajes, todos ellos muy bien interpretados. Poco a poco, tendrán que sufrir en propia carne los efectos del embrutecimiento, la locura, el miedo, el dolor, la muerte, que les conducirán a una irremediable devastación moral.

La coordinación de estos elementos no es totalmente satisfactoria: falta estructura, sobran reiteraciones sin lógica, a veces se hunde el ritmo narrativo y se acaba cayendo en esa angustiosa falta de síntesis tan característica del cine alemán. De todos modos, hay secuencias muy bien resueltas, así como leves toques de humanidad, que alivian el progresivo tono trágico de la historia.

No hay maniqueísmo en su desgarradora crítica de la guerra, aunque se echa en falta personajes con una mayor solidez moral. Vilsmaier carga la mano en el lado oscuro del ser humano que, sin duda, brilla sobremanera en una situación tan dantesca como la narrada. Pero su fatalismo en torno a la condición humana, junto a la espesura de su realización, hacen que resulte difícil aceptar plenamente tanto su resolución fílmica como su planteamiento de fondo.

Jerónimo José Martín

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