La sociedad del conocimiento necesita también la mano y el corazón

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En Head, Hand, Heart, el ensayista británico David Goodhart reflexiona sobre la evolución del trabajo en la sociedad del conocimiento, hasta afirmar –en una entrevista de Laetitia Strauch-Bonart para Le Point– que tenemos demasiados trabajadores sobrecualificados. Podría ser una de las causas de la alienación que experimentan muchos, porque la sociedad concede un valor y prestigio excesivos a la inteligencia, es decir, a las capacidades cognitivas y analíticas: se privilegia la “cabeza” sobre la “mano” y el “corazón”.

Se trataría de un efecto no deseado del incremento de la población universitaria, que en la OCDE alcanza ya a un 40% de las personas de 25-34 años: un movimiento positivo desde un punto de vista democrático o igualitario, pero que comienza a provocar exclusión. Crecen las frustraciones, porque no se alcanza el esperado ascenso social. Unos años después de su titulación, un tercio de los graduados sufre el desajuste de no encontrar trabajos propios de su nivel de conocimientos. Además, “la inteligencia artificial puede infligir a la clase intelectual lo que la automatización ha hecho a las profesiones manuales: automatizará mucho ‘pensamiento’, sustituido por algoritmos”.

Esto invita a replantearse la división entre distintos tipos de trabajo. “Si preguntas a un economista –señala Goodhart– por qué están mal pagados los trabajos en las residencias de ancianos medicalizadas, responderá que porque cualquiera puede hacerlos. No hace falta una cualificación intelectual especial para estas tareas. Pero sabemos muy bien que no todo el mundo las desempeña correctamente. No hacemos una selección meritocrática para esos empleos, en parte porque no tenemos las herramientas para evaluar objetivamente estas competencias: es muy difícil cuantificar el talento emocional para ocuparse de los demás”.

La dignidad de la “mano” y del “corazón” no puede reducirse a dinero ni a estatus. Normalmente, el estatus depende del dinero, pero no siempre: trabajos de gran cualificación están mal pagados, como los artistas, dice Goodhart. Y lo contrario: un buen fontanero puede ganar más de 100.000 euros al año. Pero las cosas están cambiando. “Cuando los electricistas y los fontaneros se ganan la vida mejor que los universitarios, los jóvenes empiezan a elegir este camino”. Poco a poco “se irá atribuyendo más prestigio al corazón y a la mano”.

De hecho, en la sociedad actual cunde “una especie de nostalgia por algunos oficios manuales, como se ve, por ejemplo, en la obsesión por los programas televisivos de cocina”. Goodhart lo explica así: “Esos oficios exigen concentración y humildad, y son encarnados. Es una relación con el mundo muy sana”.

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