Quemados por el éxito

k-pop

Andre Agassi se ha reconciliado con el tenis, pero llegó a odiarlo profundamente, según confesó en una autobiografía de hace una década. Líder del ranking mundial durante dos años, el prestigio resultante de sus victorias no bastaba para enderezar una vida marcada por el éxito temprano a fuerza de muchísima presión externa. Estaba quemado. Burned out, que dirían los anglosajones.

En el ámbito deportivo, el burnout se define como un síndrome cognitivo-afectivo en el que el afectado experimenta un agotamiento emocional y físico que incide en el declive de su rendimiento. En la base del problema hay altos niveles de estrés psicológico, niveles muy bajos de apoyo social, necesidades afectivas insatisfechas y desmotivación.

Agassi tenía todas las papeletas para experimentarlo: abocado a dejar la escuela en octavo grado en aras de un mayor rendimiento en el tenis profesional, sentía que la pista construida en el patio por su padre –un boxeador inmigrante armenio, empeñado en hacer de él un campeón– se había vuelto una cárcel. Después, cayó en las manos de un entrenador en Florida que le hacía golpear la pelota seis horas diarias.

Las presiones que sufren los jóvenes en la actividad que desarrollan puede derivar en manifestaciones de ansiedad, depresión, inapetencia, cambios de carácter e irritabilidad

“La presión constante, la competencia feroz, la ausencia total de supervisión por parte de un adulto, nos convirtió lentamente en animales”, confesó a la revista Time. “Como niño, nunca tuve otra opción”, añadió. A la larga, los problemas osteomusculares causados por el duro entrenamiento, así como los derivados de la intensa presión psicológica, lo arrojaron a la adicción a las metanfetaminas, y con estas, a una turbia atmósfera de mentiras y conflictos.

Él lo ha superado, pero para algunos talentos jóvenes, tanto en el deporte como en otras áreas, perseguir el éxito ha supuesto un precio verdaderamente impagable.

Más, más, más delgada…

El caso de la velocista estadounidense Mary Cain, recientemente aireado por el New York Times, tiene visos parecidos. Con 17 años, era la más rápida de su promoción, y fue la más joven en integrar el equipo olímpico estadounidense de campo y pista. Sus laureles deportivos, sin embargo, estaban ocultamente adornados con pensamientos suicidas y trastornos alimentarios.

En 2013, Cain fue aceptada en el Oregon Project, de Nike, bajo la dirección del entrenador Alberto Salazar. El mantra era que debía estar cada vez “más, más, más delgada”, y el sentido común dictaba que había que obedecer, pues era “una suerte” que su nombre hubiera sido escogido para el proyecto.

“Alberto trataba constantemente de hacerme perder peso –testimonia Cain–. Creó un número arbitrario: las 114 libras (52 kilos), y me pesaba frente a mis compañeros de equipo, y me avergonzaba públicamente si no bajaba de ese peso. Quería que tomara píldoras anticonceptivas y diuréticos con ese objetivo”.

Las consecuencias de tal nivel de presión fueron negativas. La joven comenzó a hacerse cortes en la piel. A veces actuaba así en presencia de otras personas, “pero nadie hacía nada ni decía nada”. Las píldoras también hicieron su parte: durante tres años, sufrió cinco fracturas óseas, y asimismo, no tuvo período menstrual. El bienestar físico y psicológico de la joven, sacrificado en el altar de las ambiciones de su mentor, que finalmente fue apartado del programa.

“Durante muchos años –dice Cain, hoy con 23– lo único que quería en el mundo era la aprobación de Alberto Salazar. Todavía lo quiero a él, pues fue un padre para mí, o como un dios”. Pero la joven aún vive presa de la contradicción, pues reconoce haber sido víctima de un hombre y un sistema abusivos, que la mantuvieron en un conflicto interno: “Querer ser libre de él y querer regresar a las cosas que solía hacer cuando era su favorita”.

Cuando el entrenador es afable

El metaestudio “Burnout in Sport and Performance”, de los profesores Robert C. Eklund y J.D. Defreese, publicado por la Universidad de Oxford, corroboró que el estilo de liderazgo de los entrenadores en el trabajo con sus atletas incide decisivamente en que los deportistas se “quemen” o no.

“Entre la muestra de 360 futbolistas examinada, la percepción de los atletas de tener un estilo de entrenamiento basado en la autonomía y el respaldo tuvo una relación positiva con la autoestima”, señalan los investigadores, a la vez que subrayan que las percepciones de los deportistas respecto a un entrenador de estilo controlador se asociaron negativamente con el desarrollo de la autoestima y dieron pie al síndrome del burnout.

Por su parte, el psiquiatra Javier Schlatter, de la sede madrileña de la Clínica Universidad de Navarra, prefiere reservar el término burnout para otros casos, particularmente el de trabajadores de profesiones de servicio (enfermeros, médicos, maestros, bomberos) a quienes los obstáculos que encuentran en su desempeño laboral pueden agobiarlos.

No es, asegura a Aceprensa, el mismo tipo de agobio de quien persigue una meta en el deporte, en el mundo del entretenimiento o en las redes sociales. Pero sí ha conocido casos de jóvenes agotados, al estilo de Agassi, Cain, o del actor Macaulay Culkin, quien siendo niño rogaba –sin éxito– a su padre poder tomarse unas vacaciones, algo que derivó a la larga en una ruptura con este y en que la vida del joven se volviera una tragedia.

“Son chavales que quieren satisfacer a sus padres. Unos padres que quieren que su hijo consiga lo que ellos no consiguieron. Los jóvenes pierden el sentido, el porqué de hacer las cosas desde la libertad, y lo hacen por una responsabilidad con sus progenitores. El de Agassi era insaciable”.

“En la mayoría de los casos, sin embargo, no es tan evidente el padre que presiona, sino el de hijos que, sin presión directa de estos, entienden que no pueden defraudarlos. Quieren estar a la altura, y se someten ellos mismos a una presión por la que hacen más de lo que pueden hacer, y se agotan antes. Cuando consiguen ese teórico éxito, en el fondo permanecen insatisfechos porque no era su satisfacción la que querían, sino la de un tercero”.

Según explica, las consecuencias de este agobio se manifiestan en forma de ansiedad y depresión, de inapetencia, de cambios de carácter, con mayor tendencia a la irritabilidad. “Tanto por la tensión como por la despersonalización, por la pérdida de respeto a sí mismos, entran en una dinámica de obligarse a estar a la altura y se olvidan de sí como personas”, añade.

¿Puede frustrarse la carrera de un joven por este motivo? “Puede. Hay muchos ejemplos, de músicos, de artistas que, por la presión, llega a hacérseles odioso lo que hacen. Hay una progresión, unos pasos que respetar, y cualquier exceso de presión externa o interna puede estropearla”.

De la cima al precipicio

Donde también cuecen habas es en la atmósfera influencer, en la que se mueven con agilidad jóvenes estrellas del pop y youtubers. En ambos casos, la lucha por llegar a la cima y por mantenerse en las preferencias del público deja en el bienestar emocional heridas profundas, a veces mortales.

El ámbito del K-Pop, la música ligera que provoca olas entre la juventud de Corea del Sur, es un buen ejemplo. Miles de jóvenes sueñan con ser ídolos musicales y de los ritmos de moda, y para ello acuden a escuelas como la Def Dance Skool de Seúl. Allí se preparan 1.000 estudiantes (en 2006 eran 400), quienes desembolsan cada mes unos 135 dólares por dos o tres clases semanales, que en no pocas ocasiones compaginan con el trabajo.

Algunos, solo algunos, llegan al top. Pero allí los persiguen otras presiones para las que no siempre están preparados: las de los admiradores y los detractores. El no saber gestionar la invasión de la privacidad que trae consigo el glamour se cobra víctimas. Dos de ellas, este mismo año: Sulli, de 25 años, se quitó la vida luego de quejarse amargamente del troleo de que era objeto en Internet, luego de que se uniera a una campaña feminista. Otra cantante, Goo Hara, de 28, se cansó de lidiar con los ataques de que era objeto en la red, sobre supuestas cirugías plásticas y sobre su antigua relación sentimental. Poco antes de atentar contra su vida, se había quejado en Instagram de un resquebrajamiento de su salud mental.

El látigo del algoritmo

Otros casos de jóvenes llevados al límite por el éxito son los de ciertos youtubers con millares, millones de seguidores. Aquí no hay un entrenador como Salazar; no hay una persona apretándoles el acelerador. El “tirano” es… el algoritmo de la plataforma.

El algoritmo de YouTube penaliza siempre de alguna manera a los creadores: al que se toma un respiro, con menos seguidores; al que no se detiene, con desequilibrios emocionales

La dinámica funciona así: cuando alguien ve un vídeo, el algoritmo le sugiere otro del mismo creador, empujado a crear más contenido para generar tráfico, obtener un dividendo y escalar más y más en las preferencias del público, unas preferencias que, además, suelen decantarse por el contenido más polémico.

“El algoritmo favorece el sensacionalismo y el contenido controvertido sobre el significativamente matizado y positivo”, asegura a The Guardian Belinda Zoller, moderadora de comentarios de un canal sobre videojuegos e historia, y que se confiesa exhausta luego de tres años de leer y responder comentarios denigratorios y de mala fe.

La discusión, el encontronazo verbal acerca de un contenido, cotizan, pero sobre todo la frecuencia con que se crean y cuelgan vídeos. “YouTube es una cinta de correr. Si te detienes, estás muerto”, afirma a CNN otro creador que se tomó un mes de descanso en 2006 y vio cómo el canal perdió audiencia.

El mecanismo penaliza siempre: con menos seguidores al que toma un break, con desequilibrios emocionales al que no se toma cinco minutos de reposo. Christian Collins, que comenzó con 14 años y ha acumulado más de dos millones de suscriptores a su canal, también contaba a la cadena estadounidense cómo se levantaba a las 5 de la mañana y trabajaba hasta la 1 de la tarde creando contenidos para YouTube, Instagram, Vine, Snapchat y otros. “Todo lo que hacía era crear materiales. Pero acabas quemado. Tenía más dinero para gastar, pero estaba superdeprimido. Tuve que salirme de todo y tomar un receso de dos años”.

Otros de gran renombre, como ElRubius y PewDiePie también han pisado el freno y aparcado en algún momento. Es imperioso. Austin Hourigan, quien lleva el canal ShoddyCast (1,2 millones de suscriptores), define sintéticamente la situación: “Cada carrera de youtuber debería venir con un cupón para un psicoterapeuta”. La ironía no disimula en nada la crudeza de una realidad de la que ya son conscientes los ejecutivos de la plataforma, quienes en noviembre animaron a los creadores a “cuidar de sí mismos e invertir en su recuperación”.

Una “recuperación” difícil, mientras no se le arrebate el látigo a un algoritmo ciego a las lógicas necesidades humanas.

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