El banco que solo presta a los pobres

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Muhammad Yunus
Muhammad Yunus (CC: University of Salford Press Office; fragmento)

Muhammad Yunus (CC: University of Salford Press Office)

Los bancos y los pobres nunca se han llevado muy bien. Así que crear un banco para prestar a los pobres es una iniciativa realmente innovadora. Esta es la idea que puso en práctica en Bangladesh hace veintiún años Muhammad Yunus, creador del Grameen Bank. Tras el éxito en su país, más de 458 programas han seguido sus pasos en los cinco continentes, con unos 15 millones de beneficiarios. Yunus tuvo clara su tesis desde el principio: “La pobreza se perpetúa porque se deja a los pobres fuera de la economía”. Así fue como dio forma a los microcréditos, un revolucionario sistema de préstamos para sacar a la gente de la pobreza.

Muhammad Yunus, conocido todavía como profesor de la Universidad de Chittagong, hace ya más de diez años que abandonó las aulas para dedicarse de lleno a ser Director Ejecutivo del Grameen Bank. Ha recibido doctorados honoris causa por las universidades de Toronto, Warick, East Anglia, Saint Xavier y Lovaina, y cuenta con numerosos premios como el World Food Prize, el Pfeffer Peace Price o el Humanitarian Award, por citar algunos. La semana pasada, invitado por el Club de Debate de la Universidad Complutense, estuvo en Madrid para clausurar las “Jornadas del voluntariado” que organiza la asociación Iuve. Así fue como, bajo la conferencia titulada “Hacia un mundo sin pobreza: ¿Qué son los microcréditos?”, este consagrado emprendedor de 57 años defendió ante cientos de universitarios que la pobreza no es un enemigo invencible.

— ¿Dónde está la raíz del problema de la pobreza? Usted afirma haberla encontrado…

— La pobreza no la crean los pobres como a veces se piensa: no se debe ni a sus limitaciones ni a la escasa demanda de trabajo. Estas no son causas sino síntomas. La pobreza viene de que no sabemos descubrir las posibilidades humanas, y no acertamos a crear un esquema teórico, con conceptos, instituciones y políticas que las apoyen. Por eso sostengo que la ciencia económica, tal y como la conocemos ahora, no sólo no ayuda a los pobres a salir de la pobreza, sino que les estorba, porque los olvida y porque, por lo tanto, carece de conciencia social.

Crédito para gente sin garantías

— ¿Cómo se le ocurrió fundar un banco para los pobres?

— Conviviendo con los campesinos de las aldeas de Jobra, cerca de la Universidad de Chittagong, donde enseñaba, me di cuenta de que la pobreza se perpetúa porque se deja a los pobres fuera de la economía. Los bancos no concedían préstamos a aquellos que no pudiesen ofrecer garantías, lo que generaba un círculo vicioso de pobreza. Para romperlo, en 1976 decidí fundar mi propio banco, el Grameen Bank, que empezó a prestar pequeñas cantidades a campesinos pobres (de 2.000 a 5.000 pesetas). La gente utiliza el dinero para comprar ganado, semillas, herramientas o materia prima para su actividad artesanal.

— Algunos economistas sugieren que la solución del problema de la pobreza reside en la creación de empleo.

— Un trabajo asalariado probablemente mantenga a una persona en la pobreza para siempre, si sus ingresos no son suficientes para satisfacer sus necesidades básicas. La erradicación de la pobreza debe ser un proceso continuo de creación de activos, de forma que la base de los recursos de las familias se fortalezcan en cada ciclo económico, permitiendo tener ingresos, invertir y ahorrar a la vez. En este sentido, yo creo que el autoempleo, apoyado por créditos, tiene más potencial que el empleo asalariado para mejorar los recursos de los pobres.

— En su teoría, el crédito ocupa un papel fundamental. ¿Por qué?

— Tradicionalmente siempre se le ha asignado al crédito un papel pasivo, como lubricante de las ruedas del comercio y la industria. Por desgracia, esta idea olvida que el crédito también es un modo de crear expectativas de recursos. El crédito crea poder económico y éste crea a su vez poder social.

La eficacia femenina

— Pero, ¿cómo es posible que se mantenga a flote un banco al que nadie ofrece garantías?

— A falta de garantías, que los pobres no pueden ofrecer, el sistema de Grameen Bank se basa en la presión social y en los incentivos económicos. En un pueblo se forman grupos de cinco personas que aceptan colectivamente la responsabilidad de devolver los préstamos otorgados a los distintos miembros del grupo y se ocupan de las tareas de supervisión.

La disciplina en el reembolso de los préstamos se estimula también con una serie de incentivos económicos, como la posibilidad de obtener préstamos escalonados, o la rebaja de los tipos de interés cuando se ha devuelto ya el préstamo anterior. Hoy este banco funciona en 37.000 de las 68.000 aldeas de Bangladesh. De los 2,3 millones de prestatarios, el 94% son mujeres pobres. Nuestra tasa de devolución es del 97%. Nuestro éxito confirma que los préstamos no requieren garantías para ser devueltos.

— Luego, usted ha vuelto a rescatar la idea de que las personas valen por sí mismas, según sus capacidades humanas y no en función del dinero que tengan…

— Sí. En el Grameen Bank seguimos el principio de que el prestatario sabe lo que es mejor para él. Le estimulamos a que tome sus propias decisiones de forma que se implique en el proceso desde el principio. Mi convicción y mi experiencia en Grameen me indican que todos los seres humanos son empresarios potenciales, aunque no todos tengan la oportunidad de expresar ese talento.

— Sin embargo, usted sí hace discriminaciones en razón del sexo. Si no, ¿por qué el 94% de sus prestatarios son mujeres?

— He comprobado que, para ayudar realmente a los pobres, debemos prestar especial atención a las mujeres, pues ellas son las que experimentan la pobreza y el hambre de forma más intensa. Es la madre la que sufre la traumática experiencia de no poder alimentar a sus hijos durante los días de hambruna o escasez. Por eso suele ser más luchadora que el hombre, administra mejor el dinero, mira por el bien de sus hijos y está dispuesta a hacer mayores sacrificios.

Otra visión del capitalismo

— Su idea ha triunfado en el mundo rural, pero, ¿qué pasa con las zonas urbanas?: ¿tiene alguna buena experiencia en este sentido?

— Hace tiempo que esta idea ha traspasado las fronteras de Bangladesh. Actualmente 52 países cuentan con instituciones que conceden microcréditos con el mismo método del Grameen Bank. Las más importantes son: Bancoso (Bolivia), Kupedes (Indonesia), Sewa (India), Bancos Comunales de la Finca (El Salvador y Honduras), y Get Head Foundation (Sudáfrica). También en ambiente urbano: en París, Burdeos y Marsella hay bancos que conceden microcréditos, gracias a los cuales se han creado 1.800 microempresas de todo tipo.

— Su teoría, ¿no es un golpe al capitalismo?

— Creo en la tesis central del capitalismo: el sistema económico ha de ser competitivo. La competencia es la fuerza que impulsa los cambios tecnológicos y las innovaciones. Pero también pienso que debemos sustituir el principio capitalista de la maximización del beneficio, por otro más general que englobe tanto la maximización del beneficio personal como los beneficios sociales.

La economía capitalista no tiene por qué ser siempre impulsada por la codicia. Las empresas nacidas de la conciencia social pueden ser formidables competidoras. Un claro ejemplo de su éxito son las compañías fundadas por Grameen: Grameen Phone o Grameen Cybernet.

— El Grameen Bank, en este sentido, es toda una innovación.

— Desde luego se trata de una nueva categoría empresarial. Tradicionalmente tendemos a diferenciar entre empresas basadas en la obtención de beneficios (o con ánimo de lucro) y empresas de interés social (o sin ánimo de lucro). Mientras las primeras son autosostenibles, las segundas en muchos casos no son viables, porque dependen de donaciones y subvenciones. Yo planteo una nueva categoría: empresas que generan beneficios y que, por lo tanto, son autosostenibles, pero cuyo objetivo no es el enriquecimiento personal, sino la obtención de un logro social.

— Como profesor, ¿cree usted que la institución universitaria puede desempeñar algún papel importante en este sentido?

— Por supuesto. La universidad es una inmensa reserva de conocimientos con un papel fundamental para de configurar el modo como los individuos ven el mundo. De ella depende, por lo tanto, que nuestra sociedad no esté formada por mentes rígidas con una visión estática del mundo, sino por personas dispuestas a profundizar en los problemas y a introducir elementos innovadores en su entorno. Además, la universidad debe estimular a los estudiantes a que se incorporen al mercado de trabajo, no sólo con el fin de hacerse ricos, sino también para ayudar a resolver problemas sociales, como el desempleo, la pobreza, las drogas o el medio ambiente.

La deuda externa

— Pero esa idea tiene poco eco en una sociedad actual en la que se tiende a valorar la profesión en función de los beneficios económicos que reporta, y no con la medida del servicio que se presta a los demás. ¿Cree usted que hemos perdido el sentido más profundo del trabajo humano?

— La visión del trabajo que tenemos hoy en día es fruto del sistema de valores que hemos creado. Se nos impone desde fuera aquello a lo que debemos aspirar. Todo el mundo trata de adecuarse a las demandas del mercado de trabajo y compite por conseguir lo que se supone que son los mejores puestos. Pienso que no debe ser así. Tendríamos que ser capaces de configurar nuestro propio proyecto de vida, sin dejarnos influir por lo que piensan los demás. Eso nos haría más felices, porque no estaríamos tan preocupados por adecuarnos al perfil que se demanda, sino por poner al servicio de la sociedad lo mejor de nosotros mismos.

— Usted lo ha hecho. Sin embargo, todavía quedan muchos problemas por resolver. Por ejemplo, ¿hay alguna solución para el problema de la deuda externa?

— Hace poco he estado en Filipinas, uno de los países más afectado por este problema, y les planteé la posibilidad de ver este asunto desde una nueva perspectiva: el problema de la deuda externa tiene dos responsables, el país deudor y las instituciones que en su momento concedieron la ayuda. Les propuse que pleiteasen con el Banco Mundial porque habían sido sus expertos los que valoraron y dieron luz verde a aquellos proyectos que sólo han generado más pobreza.

— ¿Es partidario de la condonación de la deuda?

— Condonarla sería un acto de caridad, pero no haría más fuerte al país deudor. Yo planteo que, en su lugar, lo que se debería hacer es crear fondos en moneda local gestionados también por instituciones locales, que se activen en forma de microcréditos y generen riqueza. Además, se debería permitir a estos Estados devolver el préstamo en moneda local, no afectada por la variación del tipo de cambio.

 


Secretos del Grameen Bank

Lo que era un simple “banco de campesinos”, el Grameen Bank, se ha extendido rápidamente como remedio para combatir la pobreza no sólo en países pobres. El secreto de la empresa son los clientes, en este caso, las madres.

La primera cumbre mundial del microcrédito se celebró en febrero del año pasado en Washington donde se reunieron dos mil personas, entre representantes de países pobres, de ONGs y gestores de entidades de crédito. La cumbre concluyó con la ambiciosa meta de llegar en el año 2005 a la cifra redonda de cien millones de familias pobres beneficiarias de microcréditos. El plan significa multiplicar por seis el número de actuales beneficiarios, que ronda los quince millones de personas. Es cierto, el microcrédito está en expansión: en el último año se han creado iniciativas de este estilo en una decena de países.

Este sistema de pequeños préstamos también se está experimentando en países desarrollados —Canadá, Noruega, Estados Unidos, donde hay en marcha 200 programas de este estilo—, porque, como dice Muhammad Yunus, «incluso en una economía desarrollada hay vacíos que pueden ser colmados por gente con iniciativa».

En una entrevista publicada en Le Figaro (13-XI-97), con motivo de la publicación en Francia de su libro Vers un monde sans pauvreté (Editorial Lattès), Yunus ha explicado por qué abandonó la universidad y creó el Grameen Bank: en 1974 él acababa de regresar a Bangladesh procedente de Estados Unidos, donde se había doctorado en economía. Trabajaba como profesor universitario. Ese año una tremenda hambruna causó miles de muertes y no parecía detenerse. “Sentía una terrible impotencia. La gente seguía muriendo. Decidí ir a observar lo que pasaba en el pequeño pueblo de Jobra, muy cercano a la universidad. Los usureros eran los reyes; los agricultores y los artesanos sólo trabajaban para enriquecerlos. En Jobra me di cuenta de que, para devolver una chispa de esperanza y deseo de vivir a 49 campesinos, bastaba con prestarles 27 dólares”.

Y es que la bajísima renta per cápita de los bengalíes (260 dólares en 1996) explica parte de la eficacia del Grameen Bank. La cuantía de sus préstamos a particulares varía en función de los ahorros de los beneficarios, que reciben entre 180 y 540 dólares (25.000 a 75.000 pesetas); por su parte, los indigentes reciben unos 90 dólares (12.500 pesetas).

Requisitos del cliente

Al principio, el Grameen Bank trató de conseguir una clientela con un porcentaje similar de hombres y mujeres, pero se encontró con que las mujeres tenían muchos reparos para pedir dinero prestado. “Nos costó seis años conseguir que la mitad de los préstamos se hicieran a mujeres”, declaró en una ocasión Muhammad Yunus a Newsweek.

Con el tiempo han cambiado las tornas (hoy el 94% de los beneficiarios son mujeres), porque el Grameen Bank advirtió que ellas sacaban más rendimiento efectivo de los préstamos: “Como las mujeres eran más eficaces para cambiar la situación familiar, decidimos darles prioridad”.

El problema entonces ha sido evitar tensiones entre el banco y los maridos de las beneficiarias. “Los hombres estaban furiosos de que sus mujeres manejasen el dinero. Nosotros tratamos de convencerles de que es bueno que las mujeres contribuyan a los ingresos familiares, porque así la familia saldría más rápidamente de la pobreza. (…) El primer año es crítico, porque la experiencia es nueva. Para que el marido no se sintiese humillado por que la mujer recibiese el dinero, tuvimos que organizar sesiones con ellos. También organizamos grupos para enseñar a las mujeres a proteger a la vez el dinero y el matrimonio, de manera que no tuviesen que dejar uno a causa del otro”.

María Fernández de Córdova

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