Instrucciones de la ONU para hablar de población

Contrapunto

En la asamblea especial de la ONU que empieza hoy en Nueva York, se trata de revisar cómo se están aplicando las decisiones tomadas hace cinco años en El Cairo, al término de la última Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo. El Fondo de la ONU para la Población (FNUAP) ha preparado la ICPD+5, como se llama a esta sesión, en varias reuniones previas (ver servicios 6/99, 27/99, 55/99 y 80/99). También se ha preocupado de los mensajes que puede recibir la opinión pública con ocasión de la asamblea especial, del Día Mundial de la Población (5 de julio) y de la fecha escogida para señalar que el planeta alcanza los 6.000 millones de habitantes (12 de octubre). Así, ha elaborado una carpeta de documentación, que los Centros de Información de la ONU han distribuido a la prensa.

Lo que ahí se dice es la conocida copla del FNUAP. Pero el paquete incluye una novedad: un “Cuaderno de notas para periodistas”, dedicado a vocabulario. Como las palabras no son inocentes, las dos páginas del cuaderno nombran y glosan los términos que un informador responsable debe usar o evitar.

Control de la población está claramente fuera de lugar, por las ideas negativas que sugiere, como “países industrializados que tratan de debilitar el poder de los crecientes números de pobladores de los países en desarrollo”. No se puede decir que tal asociación surja por enfermizas susceptibilidades o por sugestión colectiva. Las connotaciones desagradables son los hechos vistos: créditos condicionados a metas de reducción demográfica, planes de ayuda que financian anticonceptivos -incluido alguno prohibido, por peligroso, en Occidente- pero no antibióticos, campañas de esterilización realizadas con engaños…

El cuaderno prosigue: “Superpoblación también es una denominación equivocada. Cuando hay demasiadas personas, ¿quiénes son las innecesarias? Los países en desarrollo y los pobres sospechan que los ricos pueden estar refiriéndose a ellos”. ¿Qué otra cosa podrían pensar? Casi todas las naciones ricas registran una natalidad mínima y tienden a perder población.

De modo análogo, “el concepto de bomba demográfica está algo desacreditado”. ¿Se lo han dicho a Paul Ehrlich?

Hay que usar, pues, otros términos. La mejor manera de llamar la cosa que se discute en Nueva York es decir cuestiones de población o políticas de población. Pero ¿cómo se definen las cuestiones y con qué políticas se afrontan?

Sobre las cuestiones, el cuaderno responde: no digamos superpoblación, sino impulso demográfico; ahora se trata de alcanzar la estabilización de la población. En cuanto a las políticas, “para destacar la naturaleza voluntaria de las acciones que es preciso realizar”, hablemos de “contener, estabilizar o desacelerar el crecimiento de la población”. Nada de control de la natalidad: el término adecuado es planificación de la familia, mediante el espaciamiento de los nacimientos, que favorecen la salud reproductiva y los derechos de la mujer, y así se conseguirá el desarrollo sostenible, que mejora la calidad de vida de los seres humanos.

Y para todo eso hacen falta medios. De hecho, la cosa demográfica que se discute en la ICPD+5 es, en gran parte, dinero. Hay que cumplir el compromiso de El Cairo. El cuaderno recuerda que allí los gobiernos de los países en desarrollo decidieron, muy responsablemente, adoptar políticas de planificación de la familia, aun al precio de heroicos ahorros para sufragarlas: sólo pidieron a los países industrializados que ayudaran con un tercio de los 17.000 millones de dólares anuales que cuesta la operación.

Según otra versión de los hechos, los países ricos impusieron a los pobres un programa demográfico y les adjudicaron dos tercios de la factura. No se sabe cuánto llevan gastado realmente los países en desarrollo, pero hasta ahora los industrializados no han desembolsado más que un tercio del tercio, como el FNUAP va a recordarles en Nueva York. Bien es verdad que si el Grupo de los Siete perdona, según ha medio prometido, 70.000 millones de dólares de deuda (menos de un tercio del total) a los países pobres, a lo mejor ni siquiera hace falta que el mundo rico pague su parte del compromiso de El Cairo.

Con este trasfondo, resulta gracioso leer en el cuaderno: “Muchos términos utilizados en el pasado tenían sus raíces en fríos cálculos que deshumanizaban a las personas y al proceso de creación de una familia”. ¿Quiénes serían esos malvados deshumanizadores?

Rafael Serrano

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