El 24 de enero de 2023, Lindsay Clancy, estranguló en su casa, con bandas de gimnasia, a sus tres hijos: Dawson (5 años), Cora (3 años) y Cal (8 meses). El juicio –cuya fase de testimonios se celebró durante julio y agosto– ha dividido a la opinión pública americana y, como en el caso de Jason Arday, ha confirmado el peligro de convertir a las personas en símbolos ideológicos.
Mientras se escriben estas líneas, el jurado no ha conseguido ponerse de acuerdo para emitir un dictamen sobre la responsabilidad penal de Lindsay Clancy. Nadie duda que asesinó a sus hijos –o, mejor dicho, nadie lo dudaba antes del juicio–, pero la defensa alegó que lo hizo en un estado de psicosis postparto que anularía su culpabilidad. Antes de acabar con la vida de los pequeños, Clancy había pedido ayuda para recuperar su salud mental, había acudido a un gran número de especialistas –que le habían recetado un gran número de medicamentos- y había llegado a internarse voluntariamente en un hospital psiquiátrico. La fiscalía, sin embargo, insistió en que los problemas de salud de Lindsay Clancy no le impidieron saber lo que hacía y que fue un homicidio planificado (entre otras cosas, porque se aseguró de que su marido se ausentara de casa el tiempo suficiente para dejarla sola con los niños).
Al margen de estas dos versiones, el bloqueo del jurado se entiende mejor si se analiza la batalla que ha provocado este caso en la opinión pública. Por un lado, están las mujeres que, por haber sufrido ellas mismas depresión o psicosis posparto, creen que los hijos de Clancy podrían haberse salvado si se hubiera atendido a tiempo a las señales de alarma. Por otro, están quienes, sin negar la enfermedad de Clancy, subrayan la necesidad de hacer justicia. Y hay un tercer grupo que, en un país donde triunfan los true crime, ha convertido el juicio en un espectáculo y en una fuente de teorías conspirativas que se transmiten a través de TikTok.
De la compasión a la victimización
Es muy interesante –aunque también bastante desolador– ver cómo, a medida que avanzaba el juicio (que ha sido emitido en directo), han ido evolucionando estas tres posturas. Muchos de los que señalaban el déficit de atención sanitaria a las madres y la falta de concienciación sobre la depresión postparto (mucho más frecuente que la psicosis postparto) han pasado de la compasión por la enfermedad de Clancy a considerarla una víctima—del sistema sanitario, de la sociedad, y para las voces más combativas, del patriarcado—. Cientos de mujeres vestidas de rosa se han manifestado delante del juzgado con camisetas de Peace for Lindsay mientras que otras han subido vídeos a sus redes sociales en los que, con el hashtag Me too Lindsay o Same Lindsay, se muestran llorando, ansiosas y desbordadas cuidando a sus hijos, o incluso, en una oscurísima empatía tóxica, molestándoles con vasos de agua o simulando torturas con IA. Por otra parte, una recaudación en GoFundMe para los padres de Clancy superó el millón de dólares en pocos días.
Ayúdanos a sacar adelante Aceprensa. Suscríbete o haznos un Bizum (10010) por la cantidad que quieras.
A la causa de victimización de Clancy y de buscar culpables fuera, se han unido muchos de los que analizan el juicio en redes sociales, convencidos de encontrar pistas e indicios que ni la policía, ni ningún investigador ha analizado antes. Esta fiebre conspiratoria unida al clima de exculpación de Clancy han convertido a Patrick Clancy (exmarido de Lindsay y padre de los niños) en el culpable: bien por no haber auxiliado a su mujer, bien por supuestas incongruencias en su declaración. Y eso, a pesar de que el propio Patrick es uno de los mayores defensores de su exmujer, a la que considera enferma y a la que ha perdonado. Por supuesto, para los conspiranoicos, este apoyo es una muestra más de su absoluta culpabilidad (aunque no estuviera en el lugar del crimen).
En mitad de este ambiente tan tóxico y polarizado, muchos han insistido en que la empatía con la enfermedad de Lindsay Clancy no obliga a convertirla en una víctima. Pero, como también ocurre en cualquier proceso polarizador, las manifestaciones a favor de Clancy han hecho que algunos de los que piden justicia hayan radicalizado también sus posturas solicitando la pena máxima (cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional) o criticando las diferencias con las que se juzga a los hombres que acaban con la vida de sus hijos.
Lindsay Clancy, ¿un símbolo para el feminismo?
Las cuatro semanas de juicio han convertido a Lindsay Clancy, como a Jason Arday, en un símbolo. Y también como Arday, en un símbolo que sirve para lecturas opuestas dentro de un mismo debate, que aquí no es sobre racismo sino sobre feminismo. Para una parte del feminismo, Clancy es la prueba de que la salud mental materna sigue infradiagnosticada e infrafinanciada y quieren aprovechar este suceso para concienciar a la sociedad sobre este problema.
Otra parte de ese mismo feminismo advierte lo contrario: reducir un triple homicidio a un desajuste hormonal, y presentar a quien lo cometió como víctima antes que como responsable de sus actos, corre el riesgo de resucitar el viejo argumento —que el feminismo ha combatido durante décadas— de que la biología femenina es un lastre que hace a las mujeres más débiles y menos fiables que un hombre en las mismas circunstancias. Según estas voces, la exoneración de Clancy de toda responsabilidad podría sentar una jurisprudencia que complique la vida a muchas mujeres porque no se las considera aptas para cuidar a sus hijos o porque se sospeche de su estabilidad psíquica si son madres.
Los niños, fuera de foco
Por último, la escasa atención que se ha prestado a los hijos de Clancy en todo el juicio revela para muchos otros síntomas del momento cultural que estamos viviendo, infinitamente más preocupado por la salud y el bienestar de las mujeres que por el de los niños y absolutamente permisivo en el tema del aborto, hasta el punto de considerarlo un derecho humano. El juicio se celebra en Massachusetts, el mismo estado que este mes de agosto eliminó cualquier límite de tiempo de gestación para el aborto. Y esta misma semana han vuelto a hacerse virales las declaraciones de la actriz Anna Hathaway, en las que afirmaba que “el aborto puede ser otra palabra para la misericordia”.
Aparentemente, estos dos hechos no tienen nada que ver con el juicio de Clancy, pero en una batalla ideológica todo suma o resta. Y, si a un feminismo de confrontación y a un feminismo de sobreprotección e infantilización de la mujer le sumas una mentalidad proabortista, te queda el cocktail perfecto para que al jurado le resulte muy difícil no ver a Lindsay Clancy como víctima y aceptar su responsabilidad penal.
Una responsabilidad que no implica descartar la enfermedad. La lógica ideológica no admite matices. La realidad y la verdad, sí. Se puede compadecer y emitir una sentencia. Mostrar compasión sin convertir a una madre que ha acabado con la vida de sus hijos en un ícono. Lo explica bien Pamela Paresky, psicóloga e investigadora asociada en Harvard, en un artículo en Psychology Today UK. Después de enumerar los posibles veredictos (que van desde la prisión perpetua al internamiento en un centro psiquiátrico), señala “ninguno de esos veredictos exige negar la compasión. El sufrimiento y la capacidad de decisión no son mutuamente excluyentes. Y la capacidad de decisión no tiene por qué excluir la compasión. Tampoco la compasión exige ver a Clancy como la víctima en esta historia. Las víctimas fueron Cora (5 años), Dawson (3) y Callan (8 meses)”.