Pobreza y divorcio

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Duración lectura: 3m. 47s.

Análisis

Un rasgo típico de la sociedad fragmentada es la tendencia a abordar los problemas sin poner en relación unos con otros, como si cada uno fuera independiente y respondiera a causas autónomas. Un ejemplo: el Instituto Nacional de Estadística (INE) acaba de publicar un estudio sobre la pobreza en España, donde se confirma que los hogares con más riesgo de pobreza son los monoparentales a cargo de una mujer con hijos. Suficiente para que lamentemos que la igualdad de género esté lejos de ser una realidad en España y exijamos una acción política para corregirla. Casi al mismo tiempo, el gobierno aprueba un proyecto de ley de reforma del divorcio, cuyo efecto directo será multiplicar los hogares monoparentales a cargo de divorciadas.

Según los datos sobre los hogares españoles, que también acaba de publicar el INE, sabemos que en el censo de 2001 había 1,6 millones de hogares monoparentales, formados por un padre o una madre y al menos un hijo. De cada cinco hogares de este tipo, cuatro están a cargo de una mujer y uno a cargo de un hombre.

Afinando más en la composición según el estado civil, resulta que las mujeres que llevan en solitario hogares de este tipo son viudas (37,8% del total), casadas (12,5%), solteras (9%) o separadas y divorciadas (21,3%, lo que equivale a 352.000 hogares). Entre los hogares a cargo de hombres, el 3% corresponden a separados y divorciados (en torno a 50.000 hogares).

En el tiempo transcurrido desde 2001 los hogares monoparentales solo pueden haber aumentado, ya que las rupturas matrimoniales crecen de año en año (126.700 el año pasado). Este trauma afecta en muchos casos a hijos pequeños, ya que el 52% de los matrimonios que se separan no alcanzan los diez años de duración y el 69% no superan los quince años.

El censo revela también que en uno de cada siete hogares monoparentales de separada o divorciada (unos 52.000), la madre carece de empleo, por lo que depende en gran medida de la pensión que deba pagar su ex cónyuge (alimentación para los hijos y, eventualmente, pensión compensatoria para la mujer).

Estos números hacen sospechar que, como ya se ha visto en otros países, el divorcio no es ajeno a la feminización de la pobreza y a que las dificultades económicas de estos hogares se ceben en niños menores de 16 años.

El estudio “Pobreza y pobreza persistente en España (1994-2001)”, difundido por el INE, considera pobres a los hogares cuyos ingresos netos están por debajo del 60% de la mediana de ingresos de los hogares.

¿Qué tipo de hogares son los más proclives a encontrarse en esta situación? En toda la UE el tipo de hogar más desfavorecido es el monoparental con hijos. En España, el 42% de este tipo de hogares están bajo el nivel de pobreza, mientras que en la UE asciende al 35%.

La situación de pobreza es más grave cuando no se trata de un estado coyuntural, sino persistente. El informe considera como hogar sometido a pobreza persistente aquel que ha sido clasificado como pobre el último año y al menos dos de los anteriores. Más de uno de cada cuatro de los hogares monoparentales españoles (el 26%) se encontraba en esta situación en 2001.

Ciertamente, el divorcio sólo está en el origen de la cuarta parte de los hogares monoparentales, por lo que no es el único factor que explica la mayor pobreza de estas familias. Pero es innegable que provoca un aumento del número de madres solas con hijos, que es el grupo más expuesto.

El divorcio exprés del gobierno da por supuesto que los problemas económicos que produce la ruptura familiar pueden resolverse gracias a la pensión que fija el juez a favor de la parte con mayores cargas. La realidad es que ambas partes salen perjudicadas y que esa pensión no siempre se paga. Pues si el divorcio sirve para facilitar el paso a la creación de una nueva familia, no es fácil que el mismo sueldo sirva para sostener a la antigua y a la nueva.

Un gobierno que aboga por el divorcio expeditivo, sin causa y por la mera voluntad de uno de los cónyuges, no debería ocultar que eso sólo puede favorecer la feminización de la pobreza.

Ignacio Aréchaga

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