Menos códigos y más Aristóteles

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Duración lectura: 13m. 25s.

Alejo José Sison reflexiona sobre el capital moral y las virtudes en la empresa
Dentro del mainstream empresarial, el liderazgo, la ética y los otros “capita les” (humano, intelectual, social…) se configuran como temas clave. Para algunos, esto puede interpretarse dentro del sano interés en humanizar la empresa. Para otros se trata de un lenguaje políticamente correcto pero vacío. Un reciente libro (1) de Alejo José G. Sison aporta una interesante reflexión sobre el capital moral y las virtudes en la empresa.

Alejo José G. Sison es secretario del Instituto Empresa y Humanismo y profesor del Departamento de Filosofía en la Universidad de Navarra. Su investigación y docencia se han centrado en temas relacionados con la ética, la cultura empresarial y la dirección de recursos humanos. La noción de “capital moral” que desarrolla en su libro, fundamentada en la antropología aristotélica, se refiere a un conjunto de principios, prácticas y medidas que permiten incorporar la ética en una cultura corporativa saludable.

El autor estudia un amplio abanico de casos empresariales recientes desde la perspectiva del capital moral: el estado patético de los inspectores aeroportuarios en EE.UU. antes del 11-S, los accidentes de los Ford Explorer debidos a reventones de las ruedas Firestone, la batalla por la cultura de HP entre Carly Fiorina y los herederos de los fundadores, la dinámica del comportamiento empedernidamente monopolístico de Microsoft, los grandes tropiezos de los altos ejecutivos de Enron, el compromiso de Howard Lutnick con las familias de los empleados fallecidos de Cantor Fitzgerald, la desaparición de Andersen debido a la pérdida de su reputación y la re-evaluación de los supuestos logros de Jack Welch al mando de GE.

Liderazgo es algo más que carisma

— Vd. considera que el capital moral es un rasgo del liderazgo, pero ¿no es el liderazgo en sí también moralmente neutro? Se me ocurren muchos ejemplos de líderes nada morales.

— Nada de lo que hacemos los humanos es moralmente neutral. Podría serlo en abstracto pero nunca en concreto, cuando lo realiza una persona determinada, persiguiendo un objetivo claro, con intencionalidad, y en los límites que marcan las circunstancias. Por tanto, tampoco puede ser moralmente neutro el liderazgo.

Ha habido quienes hacían depender el liderazgo del carisma, una cualidad no racional con una fuerte carga emotiva. Pero es una explicación muy pobre. Hay personas con poco carisma que, sin embargo, han demostrado ser unos líderes excelentes en diversos ámbitos de la economía, de la política o del deporte. Pienso que el liderazgo depende, más bien, de la capacidad de una persona de suscitar confianza entre sus seguidores; y eso se debe, sobre todo, a las virtudes que dicha persona cultiva.

— Algunos explican que si hablamos de responsabilidad empresarial, difuminamos la responsabilidad personal que cada uno tenemos y que, en cualquier caso, las empresas no son entes morales por cuanto no son personas. ¿Cómo hace Vd. compatible la responsabilidad personal y la empresarial?

— La clave está en la analogía entre las personas y las organizaciones, como las empresas. Ambas llevan a cabo acciones y han de poder responder de ellas, legal, social y éticamente. Los humanos nos distinguimos de los otros vivientes por ser sociales por naturaleza. Eso significa que no podemos alcanzar nuestro fin sin la ayuda de los demás; mutatis mutandis por lo que se refiere a nuestros fracasos. La experiencia de trabajar con otros enseña que nuestros esfuerzos pueden ganar eficacia o, por el contrario, perderla al unirse con los esfuerzos de los demás. El todo humano siempre es mayor o menor que la mera suma de sus partes.

Por tanto, la responsabilidad personal no sólo es compatible con la responsabilidad empresarial o colectiva, sino que se exigen mutuamente. Lo que pasa es que cada una se sitúa en un distinto nivel. Pero siempre hay que contar con ambas.

La ética no garantiza la rentabilidad

— Vd. considera que las acciones son la “moneda básica” del capital moral, es decir, que a través de ellas generamos capital moral. Sin embargo, más allá del resultado de las acciones, importa también la intención del agente. ¿Cómo explicar esto en el ámbito de la empresa donde imperan “los resultados”, es decir, cómo podemos decirle a un empresario que la ética a veces puede no ser rentable?

— Las acciones son “moneda básica” porque representan la primera realización del valor moral. Las acciones humanas de por sí ya incluyen la intencionalidad que les infunden sus agentes; las intenciones no tienen que añadirse desde fuera.

Dudo que a ningún empresario haya que explicarle que la ética a veces puede no ser rentable. Tampoco debe ser el propósito de la ética empresarial convencer a nadie de que ella garantiza la rentabilidad: sería un engaño.

A los empresarios habría que recordarles, más bien, que la rentabilidad debe ser medio, no fin. Sería absurdo hacer bascular la propia realización personal o la felicidad principalmente sobre la rentabilidad obtenida en la empresa: si uno pensase así, le animaría a que se dedicara a vender droga o a traficar con personas, donde habría márgenes espectaculares libres de impuestos. Para las personas sensatas, el dinero, como cualquier otro recurso material, no es más que un medio para alcanzar fines superiores. La ética ayuda, precisamente, a reflexionar sobre esos fines y cómo conseguirlos.

— Vd. alude también a que a pesar de la importancia que hoy damos al conocimiento -el capital intelectual- esto no parece salvar a muchas empresas del desastre cuando sus ejecutivos (con mucha formación académica a sus espaldas) actúan éticamente mal. Al igual que el capital social o el liderazgo, ¿no es precisamente la ética la que “orienta” al capital intelectual que en si puede ser tanto positivo como negativo?

— Justo. Aquí está la diferencia principal entre el capital moral y los otros tipos de capital, en que aquél no puede utilizarse nunca para el mal. En esto se ve la raíz socrática de la noción del capital moral, así como en su otra vertiente, según la cual “es preferible sufrir la injusticia que cometerla”. Para poner un ejemplo concreto, sería mejor que un empresario sufriese las consecuencias de la corrupción o del chantaje -previo uso de los medios legítimos a su alcance- que sucumbir a ellos o provocarlos con el soborno. Perdería dinero pero mantendría íntegro, e incluso crecería, su capital moral.

Reglas, virtudes y cultura corporativa

— Una de las claves de su libro es la consideración de la virtud como “creadora” de capital moral. ¿Por qué, sin embargo, la ética empresarial en líneas generales se centra tanto en normas, declaraciones, códigos… y tan poco en la parte más “práctica” de la ética que es la virtud?

— Las reglas sólo representan -cuantificando grosso modo- el 30% de la solución. Pongamos por caso la oleada de escándalos corporativos de los últimos años -Enron, WorldCom, Andersen, etc.-, a la que se ha intentado hacer frente con la ley Sarbanes-Oxley en EE.UU. Europa también ha contribuido a la multiplicación de leyes y la proliferación de normativas.

Por muchas reglas que se formulen, nunca serán suficientes para inducir a la gente a que vuelva a confiar en el sistema. Al final, alguien siempre tendrá que aplicar esas reglas; y basta con que esa persona tenga pocos escrúpulos para que tuerza las reglas en beneficio propio.

Aparte de las reglas, hay que contar también con los buenos hábitos o las virtudes de las personas, por un lado, y las buenas prácticas institucionalizadas en las culturas de las empresas, por otro. Luego está la consideración de los auténticos fines que persigue la empresa, que no deben ser el beneficio en sí y por sí, sino como consecuencia o premio por producir un bien o prestar un servicio a la sociedad. Sólo entonces, con las reglas, las virtudes y los bienes, se completa el “arsenal” de la ética.

— ¿Qué diferencia hay entre la ética empresarial y la llamada responsabilidad social corporativa? ¿No se ha desvirtuado o desviado la primera a través de la segunda?

— La ética empresarial es una disciplina científica, mientras que la responsabilidad social corporativa es una de las materias que esa disciplina estudia. Históricamente, la ética empresarial debe mucho a la responsabilidad social corporativa, que le dio un gran impulso en sus orígenes: cuando la gente se dio cuenta de que más allá de las responsabilidades legales (civiles y penales), las empresas también tenían responsabilidades sociales. En este mismo contexto se entiende la línea de investigación que se centra en la ciudadanía corporativa.

Por una ética empresarial no cosmética Reproducimos algunos párrafos de la introducción del libro, en la que Alejo José Sison explica el enfoque de su análisis sobre el capital moral en la empresa.

En los últimos años se ha producido una verdadera avalancha de artículos y libros sobre el papel del capital social o de la confianza entre los agentes económicos. Estos trabajos generalmente concluyen señalando que un alto grado de confianza y fiabilidad es una clave importante para lograr el éxito en la mayoría de los esfuerzos empresariales.

El capital social se ha llegado a tener en cuenta en una etapa histórica en la que se comienza a percibir la contribución humana a la creación de riqueza. Al principio, el trabajo humano se concebía simplemente como una mercancía, como mera fuerza de trabajo. A medida que creció la apreciación de las muchas características humanas y se hizo más clara la influencia de cada una de ellas en la productividad, la fuerza de trabajo evolucionó hacia un conjunto de bienes que se comportaban como el capital, el capital humano. En consecuencia, hemos llegado a conocer diferentes modalidades de capital humano, desde el capital intelectual hasta el capital emocional y desde el capital cultural hasta el capital social. Aunque el capital social como rasgo puede atribuirse tanto a individuos como a grupos, podría ser estudiado mejor como un rasgo de la personalidad de un líder. En cualquier caso, el problema con el que nos encontramos inmediatamente es que el capital social es moralmente ambivalente en su utilización y en sus efectos: esto es, que el capital social podría servir igualmente a los propósitos de una organización mafiosa que a los de una entidad no lucrativa.

Gestionar el capital moral

Si se quiere tomar en serio la ética empresarial es necesario articular una manera de sacar rendimiento al “valor moral” generado por las empresas y quienes trabajan en ellas. Este valor moral podría estar relacionado con los fines que los empleados y las empresas persiguen de modo conjunto, tales como la creación de riqueza y la consecución del bienestar. Varias iniciativas desde el sector público y el privado se han puesto en marcha para “capturar” este valor moral: la elaboración de códigos de conducta de profesionales u organizaciones; el proporcionar formación ética en las empresas; la constitución de departamentos de ética corporativa; el diseño de sistemas de rendición de cuentas y establecimiento de estándares sociales, éticos y medioambientales; y, por último, la aprobación de leyes como la Foreign Corrupt Practices Act o las Federal Corporate Sentencing Guidelines en EE.UU. y sus homólogos en diferentes países de todo el mundo.

Sin embargo, a veces estas medidas parecen superficiales y cosméticas, meros trucos publicitarios. No se confía en las intenciones que mueven a quienes las llevan a cabo. Más aún, es cierto que a nivel global la sociedad civil demanda el cumplimiento de las leyes, pero junto a esto también exige un fuerte compromiso con los valores y la integridad por parte de los trabajadores, directivos y empresas. Este es especialmente el caso cuando las acciones individuales o corporativas no violan -hablando en sentido estricto- ninguna ley, pero son moralmente censurables.

En otras palabras, más allá del cumplimiento legal, la ética empresarial necesita institucionalizarse de tal manera que cale incluso en las prácticas individuales aparentemente aisladas, formando finalmente parte de una más amplia y concreta cultura corporativa.

Este libro responde a los citados desafíos de superar la ambivalencia moral del capital social e integrar el valor moral de forma operativa en la cultura corporativa. Pretende lograr estos dos objetivos sobre los fundamentos de la antropología aristotélica, proponiendo unas líneas maestras y unos indicadores para gestionar de forma efectiva el capital moral.

Analogías entre personas y empresas

Este texto sobre el capital moral descansa sobre dos analogías básicas. La primera trata sobre el paralelismo entre personas y empresas u organizaciones de cualquier tipo. Los seres humanos pueden estudiarse, tanto de forma estructural como operacional, como seres vivos que pueden dividirse en, al menos, cuatro grandes niveles: acciones; hábitos; un temperamento único o carácter; y una biografía o estilo de vida propio. De manera similar, las organizaciones que constituyen los seres humanos abarcan ciertos productos (bienes y servicios); protocolos o procedimientos operativos normalizados; una cultura corporativa distintiva; y, por último, una historia corporativa propia. Tal y como explicaremos más tarde hay una correspondencia sorprendente entre cada uno de los niveles que conforman a los seres humanos y los que se encuentran en las empresas: entre las acciones de una persona y los productos de una firma; entre los hábitos de una persona y los procedimientos y protocolos de una empresa; entre el carácter de una persona y la cultura de una empresa; y, finalmente, entre la elección de un estilo de vida de una persona o su biografía y la historia corporativa de una empresa.

La segunda analogía se refiere, por un lado, a la excelencia o virtud de cada uno de los mencionados niveles y, por otro, a la creación de una institución específica de capital. Así, el bien en las acciones de unas personas o en los productos de una empresa puede ser concebido como la moneda básica o el activo del capital moral; el bien en los hábitos de una persona o en los procedimientos de una empresa como el interés compuesto; el bien en el carácter de una persona o en la cultura como un bono de inversión; y el bien en el estilo de vida de una persona o en la historia corporativa de una empresa como la herencia.

El desarrollo de estas dos analogías suscita nuevas y fértiles apreciaciones sobre la verdadera naturaleza y significado del trabajo humano en las organizaciones. He intentado amplificar estos puntos sobre la base de lo que Aristóteles dice en su Ética a Nicómaco en relación a la constitución y dinámica del ser humano y sobre lo que los modernos pensadores economistas han enseñado respecto al capital.

Mientras escribía este libro he tenido la oportunidad de examinar un puñado de casos recientes de empresas al buscar ejemplos de la gestión del capital moral. Casi siempre he enfocado mi análisis sobre la figura del líder corporativo, intentando calibrar cómo sus iniciativas y respuestas al cambiante entorno influyen en el crecimiento o disminución del capital moral en las personas y en la empresa que están bajo su dirección.

Aurora Pimentel___________________(1) Alejo José G. Sison. The Moral Capital of Leaders. Why Virtue Matters. Col. “New Horizons in Leadership Studies”. Edward Elgar Publishing. Cheltenham (Gran Bretaña) / Northampton (Estados Unidos), 2003. 192 págs. 49,95 £ / 80 $.