La guerra civil es el “anti-desarrollo”

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Duración lectura: 13m. 8s.

Estudio del Banco Mundial sobre las guerras civiles en los países pobres
Si uno oye hablar de “guerra” en estos días, pensará en la de Irak. Pero la rápida invasión norteamericana y británica para eliminar el régimen de Sadam Husein ha causado muchas menos bajas que cualquiera de los prolongados conflictos que sufren la R.D. del Congo, Liberia, Sudán o Colombia. Hoy la mayoría de las guerras son civiles, se dan en países pobres -africanos, sobre todo- y casi todas las víctimas son no combatientes. Guerra civil y pobreza están mutuamente implicadas, de manera que una favorece a la otra, afirma un estudio recién publicado por el Banco Mundial (1). La guerra civil es el “anti-desarrollo”, llega a decir, por lo que prevenirla y pararla ha de ser un objetivo explícito de los programas contra la pobreza.

Hace un siglo, la mayoría de las guerras eran entre naciones, y el 90% de las bajas eran soldados caídos en los campos de batalla. Hoy casi todas las guerras son internas, gran parte de los combatientes pertenecen a milicias irregulares y el 90% de las víctimas son civiles.

El estudio del Banco Mundial examina 52 guerras civiles en curso entre 1960 y 1999, con una duración media de siete años. Resulta que ahora hay más que al inicio del periodo, aunque el máximo se dio en torno a 1990, cuando las dos superpotencias dejaron de combatirse por intermediarios. La duración ha subido de 40 meses en los años sesenta a 120 en los ochenta y algo más de 100 en la década siguiente.

El azote de los pobres

Por otra parte, estos conflictos suelen estar asociados con la pobreza. En efecto, la sexta parte más pobre de la población mundial padece cuatro de cada cinco guerras civiles. Esta relación es lo que pretende destacar el estudio del Banco Mundial. Las guerras de hoy son el azote de los pobres, tanto porque son fomentadas por la pobreza como porque causan más pobreza. Constituyen en sí mismas un obstáculo imponente al desarrollo.

Que las guerras empobrecen a las naciones no es novedad alguna, pero el estudio aporta datos elocuentes. De todas formas, conviene no olvidar que a menudo las cifras solo son estimaciones, sobre todo si se refieren -como en este informe- a países donde las estadísticas son muy inciertas.

Los autores del estudio calculan que una guerra civil reduce unos 2,2 puntos porcentuales por año el crecimiento de un país. Esto significa que, al cabo de siete años (la duración media de las guerras civiles recientes), la renta nacional habrá bajado un 15% y la población en situación de pobreza absoluta habrá subido un 30%. En catorce países para los que se dispone de datos sobre crecimiento, el PIB por habitante bajó una media del 3,3% anual en periodo bélico.

Los mayores costos son los indirectos

El empobrecimiento se debe tanto a los daños directamente causados por las operaciones bélicas como a la reducción de las actividades productivas. De los primeros, los más importantes son la destrucción de infraestructuras (comunicaciones, transportes, industria, servicios sociales…). Por ejemplo, Mozambique perdió el 40% del capital inmovilizado en la agricultura, las comunicaciones y la administración. Estos estragos frenan la economía y tienen efectos muy duraderos.

En cuanto a la reducción de la actividad económica, el estudio estima primero los recursos que consume el esfuerzo bélico. Por término medio, los gastos militares de un país en desarrollo suben del 2,8% al 5% anual del PIB en caso de guerra civil.

Pero la mayor parte del empobrecimiento viene de los efectos adversos del conflicto. Se reduce la productividad de las actividades económicas: por ejemplo, los prolongados enfrentamientos que padeció Uganda en los años ochenta hicieron que la economía de subsistencia -producción sin fines comerciales- pasara del 20% al 36% del PIB. Los capitales huyen: la riqueza privada en el extranjero pasa del 9% al 20% de media en los países examinados. Un análisis, citado en el informe, de 18 países que han sido escenarios de guerras civiles revela que en 13 bajó la producción de alimentos, en 12 se redujo el crecimiento de las exportaciones y en todos subió la deuda externa medida en porcentaje del PIB.

Pérdidas humanas

Las guerras actuales en los países pobres son muy cruentas para la población civil. Para privar de apoyos y recursos al enemigo, las partes enfrentadas recurren con frecuencia al terror, al saqueo y a las deportaciones. Los éxodos de personas que buscan refugio en el extranjero o en otras zonas del país son consecuencias comunes de estos conflictos. Según el recuento de 2001, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados atiende en todo el mundo a unos 12 millones de refugiados y 5,3 millones de desplazados. Liberia, por ejemplo, alberga 250.000 huidos entre refugiados de Sierra Leona y nacionales desplazados.

Refugiados y desplazados huyen de la muerte violenta, pero a menudo la encuentran de otra forma. De hecho, señala el Banco Mundial, las enfermedades y la desnutrición causan muchas más muertes de civiles que las balas. Así, la mortalidad infantil por diarrea en Ruanda antes del genocidio era del 20%, pero en los campos de refugiados ruandeses en el Congo alcanzó el 87% en 1994. En 2000, la mortalidad infantil por malaria subió del 15,5% al 26% entre la población -refugiada o no- del este del Congo.

Consecuencias que traspasan fronteras

Esto indica, además, que los costes humanos de las guerras civiles se notan también en los países colindantes. Los éxodos tienen efectos desestabilizadores en las naciones adonde llegan, hasta el punto de que la guerra puede ser “contagiosa”, como ha ocurrido en África, en la región de los Grandes Lagos (Ruanda, Burundi, Congo, Uganda) y en Sierra Leona y Liberia.

Una guerra civil extiende la pobreza a los países próximos no principalmente por la carga económica directa que suponen los refugiados, sino por los obstáculos al comercio, la propagación de enfermedades, el aumento del gasto militar -reacción común de los países contiguos a uno en guerra- o la retirada de los inversores, que huyen de las regiones conflictivas. Según una estimación, tener un vecino en guerra reduce el crecimiento económico propio en 0,5 puntos porcentuales. De este modo, “en muchos casos los costos de una guerra civil para el conjunto de los países próximos son del mismo orden de magnitud que para el propio país”; o sea, “la guerra civil es un mal público para la región entera”.

Y no solo para una región. Como el informe pretende provocar la reacción de la comunidad internacional, también destaca las consecuencias mundiales de esas guerras “lejanas” que azotan a los países pobres. Los conflictos internos sustraen territorios al control de los gobiernos reconocidos. Esas zonas pueden ser usadas para producir y distribuir drogas, que son una fuente fácil de dinero para financiar las milicias. El 95% de la producción mundial de drogas proviene, señala el estudio, de países en guerra civil. Esas mismas zonas también sirven, a veces, de refugio para el terrorismo internacional. Las guerras, en fin, favorecen la propagación del sida.

Los daños duran más que la guerra

Otro punto en que insiste el Banco Mundial es que los daños que causa una guerra civil son mucho más duraderos que la guerra misma. La reconstrucción es inevitablemente lenta y laboriosa, y su grado de éxito depende de la ayuda internacional y de las políticas que adopte el gobierno para la posguerra. Pero aun en los mejores casos, el conflicto deja una herencia extraordinariamente pesada.

Uganda, pequeño milagro africano a los ojos del FMI y del propio Banco Mundial, es un buen ejemplo. A finales de la década pasada, cuando habían transcurrido diez años desde el final del conflicto interno, la renta por habitante solo había vuelto al nivel de 1970, y el aumento del sector de subsistencia (recordemos: del 20% al 36% del PIB) apenas había dado marcha atrás. Aparte de que hacen falta años para recuperar las infraestructuras destruidas, ni los inversores extranjeros ni los cerebros y capitales fugados vuelven pronto. Si, como se ha dicho, a causa de la guerra la proporción de capitales privados en el exterior pasa del 9% al 20%, al final de la primera década de posguerra es aún mayor: 26,1% por término medio. El aumento del gasto militar también se prorroga: en los primeros diez años de posguerra se sitúa en el 4,5% del PIB, poco menos que durante la guerra (5%) pero mucho más que antes (2,8%). Esto supone que todavía diez años después de la guerra el PIB es un 17% inferior al de antes.

Qué hacer

En el capítulo de remedios, el estudio propone tres géneros de medidas que debería aplicar la comunidad internacional.

Primero, dice, hay que aumentar y mejorar la ayuda al desarrollo, porque el desarrollo es la mejor prevención de la guerra. La ayuda se ha de afinar de dos maneras: concentrándola en los países más pobres, los que presentan más riesgo de guerra civil, y en las necesidades más básicas, como la educación primaria y la atención sanitaria.

En segundo lugar, el Banco Mundial insta a vigilar la gestión de las materias primas, tentadora fuente de dinero para gobiernos corruptos y para rebeldes (ver abajo). Se trata de que los beneficios que reportan se usen de modo transparente. El estudio pone como ejemplo el acuerdo internacional para impedir la venta de diamantes extraídos ilegalmente y afirma que lo mismo habría que hacer con otros recursos.

Además, es necesario estar alerta contra las crisis que pueden sufrir los países pobres que dependen en gran medida de la exportación de materias primas. Las instituciones internacionales, dice el estudio, reaccionan -mejor o peor- cuando alguno de esos países experimenta una catástrofe natural o un crack financiero. Pero no hace nada cuando el cataclismo consiste en que se hunden los precios de los recursos naturales, y esto es un peligro mayor para muchas naciones proclives a la guerra civil. Los males de Costa de Marfil, antes estable y hoy en guerra congelada, comenzaron con la caída del precio del cacao y del café en los mercados internacionales.

Por último, el estudio propone reforzar la intervención militar internacional. Los “cascos azules” contribuyen a asegurar el cumplimiento de los armisticios, pero en muchos casos se van antes de que el desarrollo se afiance, lo que aumenta el riesgo de que se reanuden las hostilidades. Según el Banco Mundial, hacen falta unos cinco años de paz para que se disipe el peligro, mientras que ahora las fuerzas de pacificación se suelen reducir drásticamente al cabo de dos años. También la ayuda al desarrollo para la posguerra tiene que ser más perseverante.

En conclusión, el estudio subraya que evitar y parar las guerras civiles ha de formar parte de los programas de ayuda al desarrollo.

Las rivalidades étnicas no son tan decisivas

“Cada vez que estalla una guerra civil -dice Paul Collier, director del estudio-, algún historiador remonta su origen al siglo XIV y algún antropólogo expone sus raíces étnicas. Algunos países son más propensos que otros a la guerra civil, pero la explicación principal rara vez está en tensiones étnicas o históricas remotas. En cambio, se debe analizar el pasado reciente de una nación y, sobre todo, sus condiciones económicas”.

Según los autores del estudio, el papel de la etnia y la religión es mucho menos importante de lo que se suele creer. Ciertamente, muchas guerras civiles se libran entre grupos étnicos. Pero las rivalidades étnicas no bastan para que se declare la guerra. En cambio, las mayores coincidencias entre los países que sufren conflictos internos tienen que ver con el desarrollo.

Collier y sus colegas han examinado las 52 guerras civiles de los últimos 40 años y han comparado las naciones afectadas con las demás. Resulta que, por sí sola, la heterogeneidad de la población no presenta relación estadística clara con la frecuencia de guerras. Los países con mayor diversidad étnica no son las más proclives a la guerra civil, y en esto se igualan con los de población homogénea. Lo más peligroso no es la variedad de etnias, sino que una sea mayoría absoluta. En los países que se encuentran en ese caso, la tasa de guerras es un 50% superior a la de los otros. Por otra parte, una población homogénea no garantiza la paz, de lo que Somalia es un ejemplo señalado.

El “retrato robot” de una nación en guerra civil se compone de los siguientes rasgos: 1) renta baja y muy desigualmente repartida; 2) estancamiento o recesión económica; 3) fuerte dependencia de las exportaciones de materias primas.

¿Por qué esas condiciones van asociadas a una mayor probabilidad de guerra civil? Se puede suponer que la miseria extendida y la fuerte desigualdad provocan tensiones. Muchas veces son, además, síntoma de que el gobierno es corrupto o despótico.

La tercera característica parece tener una influencia particular. Si el país posee grandes riquezas naturales, es fácil para los que tienen el poder amasar fortunas sin molestarse en fomentar otras actividades económicas. A menudo, los dirigentes corrompidos afianzan su mando repartiendo el botín entre los de su mismo grupo étnico o región, lo que causa agravio a los demás. Y, una vez iniciado el conflicto, las riquezas naturales contribuyen poderosamente a prolongarlo, porque proporcionan financiación fácil para los rebeldes. Las guerras de Angola y Sierra Leona se ha mantenido merced a los diamantes; las de Liberia y Camboya, por la madera; la del Congo, por el oro, el cobalto y otros recursos minerales; la de Colombia, por la coca.

A la vez, la guerra impide a la población civil ganarse la vida por medios normales. Se produce así un círculo vicioso: la miseria se extiende entre los no combatientes, y los jóvenes se quedan sin otra perspectiva que no sea hacerse soldados para sostener una guerra que seguirá agravando la pobreza de la gente común. Mientras, el control de zonas ricas en recursos da a los dirigentes motivos para continuar las hostilidades. Según una metáfora de Collier, “pedir a un líder rebelde que acepte la paz viene a ser como pedir a un campeón de natación que vacíe la piscina”.

El estudio reconoce que cada caso es particular y sería absurdo buscar una explicación general de las guerras civiles. De todas formas, subraya la mayor importancia del subdesarrollo para sacar una moraleja. Si se cree que las guerras civiles obedecen sobre todo a odios ancestrales, se concluirá que desde fuera poco se puede hacer para detenerlas: a lo sumo, intentar mediar para que las partes enfrentadas lleguen a un arreglo. Pero si, como sostiene el Banco Mundial, la falta de desarrollo pesa más que las diferencias étnicas, la comunidad internacional tiene mayores posibilidades y responsabilidad de actuar.

____________________(1) Paul Collier et al. Breaking the Conflict Trap. Civil War and Development Policy. Banco Mundial / Oxford University Press. Washington (2003). XV+221 págs. 24 $.