Hacia una nueva cultura del trabajo y de la familia

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Familia y trabajo son vistos por Mary Ann Glendon fuera de los tópicos y desde una perspectiva global que atiende, más que a planteamientos de «mujeres» u «hombres», a una nueva cultura.

– En Occidente resulta clara la disyuntiva trabajo-familia. Esto ha sido minimizado por cierto discurso feminista, no ha encontrado eco suficiente en la cultura empresarial o, en su caso, se desvía hacia políticas positivas más atentas al poder o a las elites que a la humanización.

– Una de las razones por las que estos «temas prácticos» no se han tratado es porque desafortunadamente algunas de las personas -mujeres y hombres- que llegan al poder, en la política o en la economía, han sacrificado su vida familiar o tienen una determinada posición económica que les hace resolver el problema sólo con dinero. Por otro lado, es cierto que existe un feminismo de élite que está más volcado en el poder -en estar en el poder-, sin atender a las demandas de muchos ciudadanos que son madres o padres.

Pero también hay que tener en cuenta que la contraposición trabajo-familia aparece como irresoluble porque es relativamente nueva. Hasta hace poco tiempo, la mayoría de los seres humanos vivían en entornos rurales y el lugar del trabajo era la propia familia. No nos hemos ajustado todavía a la separación del hogar y del lugar de trabajo, producto de la industrialización. La división entre hombre=sustentador y mujer=guardiana del hogar, que surgió cuando el hombre tuvo que salir de casa para ganar el sustento, dejó a la mujer y a los niños en una posición mucho más dependiente e inestable. El nuevo modelo de dos salarios ha restablecido una clase de interdependencia pero, por otro lado, plantea el problema del cuidado de los niños.

-En cierta manera, existen muchos tópicos sobre la dependencia e independencia en el matrimonio que lo reducen todo a una cuestión económica…

– Efectivamente. En la sociedad actual, una de las razones que, inconsciente o conscientemente, se tienen en cuenta para trabajar fuera de casa es lograr independencia económica ante el riesgo de ruptura matrimonial, que hoy es alto.

El mensaje es que dedicarse sólo a la familia puede ser peligroso, por lo que algunas mujeres plantean su estrategia vital en un doble frente: mantener un pie en el mercado laboral aunque sus hijos sean pequeños, y tener menos hijos.

Hay que tener en cuenta que, a pesar de esto, las mujeres siguen estando expuestas a cuatro factores que inciden enormemente en su vida: la desconsideración del trabajo doméstico; el divorcio; las desventajas en el trabajo para cualquiera que no sigue una carrera lineal y continua; y las privaciones en los hogares encabezados por una mujer.

Por otro lado, al menos en mi país, las tasas de divorcio no son mayores en aquellos matrimonios en los que los dos trabajan fuera de casa. Por el contrario, existen otras variables «sorprendentes»: si la pareja cohabitó antes de casarse tiene más riesgo de divorcio; si asisten habitualmente a servicios religiosos tienen menos riesgo; y, curiosamente, si viven cerca de los padres de él o de ella, el matrimonio será más estable (quizás están más vigilados y esto les ayuda a portarse «bien»).

– Otros defienden que la liberación sexual ha traído una mayor independencia, especialmente para las mujeres…

– Mire a su alrededor. Lejos de liberar, las llamadas «libertades sexuales» han expuesto a riesgos sin precedentes a las mujeres y a los propios niños. Riesgos de explotación, abandono, aborto y enfermedad. Con el aumento de divorcios y de nacimientos fuera del matrimonio, un número creciente de mujeres están educando solas a sus hijos.

– Vd. habla de una nueva cultura del trabajo, ¿qué entiende por esto?

– Me refiero a la recuperación del respeto a la dignidad de todo tipo de trabajo honrado. Requiere en primer lugar volver a tener presente la dimensión espiritual del trabajo: la manera en que tenemos de participar en el misterio de la Creación y también la que nos permite compartir la Cruz de Cristo. Requiere afirmar la prioridad de los valores humanos sobre los valores económicos y combatir las actitudes de desdén hacia las actividades de atención y servicio a los demás.

– Pero esto que Vd. plantea choca de frente con el economicismo reinante…

– Por eso digo que es radical. Porque necesitamos ir a las raíces del materialismo sobre el que se construyen tanto las sociedades capitalistas como las socialistas, tal y como hasta ahora han sido formuladas. Y, desde luego, implica un cambio profundo a nivel tanto social como personal. La filosofía del individualismo exasperado es tal que la familia está siendo impregnada de ella. Fíjese Vd. con qué facilidad nos planteamos a veces en nuestro propio entorno familiar qué hacen los demás por nosotros y qué hacemos nosotros por los demás, como si fuera un mercado. Por otro lado, en algunos documentos de la Organización de Naciones Unidas donde se consideraba que la familia es la célula básica de la sociedad se está añadiendo una frase muy curiosa: «pero cuando choca con los intereses del individuo deben prevalecer los de éste…»

Americana, católica y con sentido del humor

Madre de tres hijas, abuela de dos nietas y casada con un judío, Mary Ann Glendon tiene un gran sentido del humor. Cuando se le pregunta cómo la ven sus colegas de Harvard, responde: «Bueno, por un lado estoy sirviendo para que el decano me ponga de ejemplo de la ‘corrección política’ de Harvard, pues hasta cuentan conmigo entre sus profesores». En la Facultad de Derecho de Harvard el 50% del profesorado es judío y sólo 3 miembros del cuerpo académico (incluida ella) son católicos. Si está allí es por sus méritos científicos, sobre todo en Derecho Constitucional y Derecho de Familia. Entre sus obras destacan The Transformation of Family Law (University of Chicago Press, 1989) y Rights Talk: the Impoverishment of Political Discourse (Free Press, 1991).

Sobre las acusaciones de dirigismo del Santo Padre en la Conferencia de Pekín, replica: «La delegación vaticana no recibió ninguna instrucción concreta. Se confió en la fe y preparación de las diversas personas que la formaban. Y, por supuesto, en el Espíritu Santo. Yo estaba preocupada al respecto: ¿y si el Espíritu Santo está muy ocupado en Bosnia?».

Respecto a su matrimonio con un no cristiano, explica: «Él aceptó desde el principio que nuestros hijos iban a ser educados en la fe católica. De hecho, durante 15 años, mientras mis hijas eran pequeñas, fue todos los domingos a Misa con nosotros, lo cual no puede decirse de muchos padres que son católicos. Además, yo le digo en broma que él sabe que son el pueblo elegido, mientras que los católicos tenemos que trabajar duro al respecto».

También conoce las dificultades de un hogar donde ambos cónyuges deben compatibilizar familia y trabajo: «Yo ahora me he podido dedicar más a cuestiones como la Conferencia de Pekín, entre otras, porque mis hijas ya son mayores. Este año en cierto modo ha sido excepcional. Pero cuando mis hijas eran pequeñas, mi marido, que trabajaba en un despacho de abogados muy prestigioso y muchas veces tenía que dedicar muchas horas, hacía lo siguiente: se levantaba a las cuatro de la mañana y se iba a trabajar al despacho para poder estar a las cinco de la tarde en casa con la familia».

Tiene motivos para seguir creyendo en el «sueño americano»: «Los padres de mi marido, por ejemplo, llegaron a Norteamérica desde Rusia sin nada, ni siquiera tenían educación. Pero trabajaron muchísimo y estaban muy unidos: gracias a eso sus tres hijos pudieron tener estudios. El sueño americano es posible si la gente trabaja y la familia está unida. Si falla la segunda, no es posible el progreso».

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