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Megaconstelaciones de satélites: un problema

publicado
DURACIÓN LECTURA: 8min.
Satélite en órbita.

¿Quién no ha visto, en una noche de verano, algún satélite artificial moverse lentamente entre las estrellas? Si no has tenido esa experiencia, en los próximos años va a ser algo más que habitual. Con el acceso de las compañías privadas al espacio, el número de satélites se está multiplicando tanto que empieza a ser un problema serio. La ONU y otros organismos internacionales están buscando cómo resolverlo.

Actualmente hay unos 4.000 satélites en órbita activos, y los inactivos son aproximadamente el doble. Suelen estar en tres tipos de órbitas: las bajas (Low Earth Orbit, LEO), entre 200 y 1.000 km de altura, donde suelen ir los vuelos tripulados, la Estación Espacial Internacional, el telescopio Hubble, etc., y que necesitan dar una vuelta alrededor de la Tierra en hora y media. Después están las órbitas medias (Mean Orbit Earth, MEO), a 10.000-30.000 km, donde están los satélites de ayuda a la navegación en sus distintas versiones, que tardan varias horas en circunvalar el planeta. Y por último están las órbitas geoestacionarias (GEO), a 36.000 km, donde se sitúa la mayoría de los satélites de comunicaciones, y que tardan exactamente un día en dar una vuelta, por lo que están siempre encima del mismo punto de la Tierra.

Hay satélites que funcionan enlazados con otros y que forman las llamadas constelaciones de satélites. Quizá la más conocida es la constelación GPS americana, formada por 30 satélites, que usan a diario nuestros dispositivos móviles, pero hay otras similares, como la europea Galileo, la rusa GLONASS, la china Beidou, etc. Cada una tiene varias decenas de satélites, ubicados a unos 20.000 km de altura.

Lanzamientos sin límite

El panorama está cambiando rápidamente: Elon Musk, propietario de SpaceX y de Tesla, está poniendo en órbita la constelación de satélites Starlink, para dar acceso a Internet, que tendrá en una primera fase 12.000 satélites, y en una segunda, otros 30.000. Por ahora lleva lanzados más de 1.000, a un ritmo de 60, empaquetados en cada uno de los lanzamientos que hace cada pocas semanas.

La empresa Boeing tiene prevista la red OneWeb, con 2.000 satélites en la primera fase y 6.000 en los años siguientes. Jeff Bezos, propietario de Amazon, tendrá su propia red de 3.000 satélites. Y luego están los chinos, los rusos…

Esos satélites estarán en órbita baja (entre 400 y 1.000 km de altura). Sus paneles solares, después del atardecer y antes del amanecer, brillan bastante y pueden verse incluso sin ayuda óptica.

Al principio fue un espectáculo ver a simple vista esos “trenes” de satélites durante algunos días, mientras iban subiendo a su órbita. Pero pronto la comunidad astronómica ha empezado a inquietarse: no quieren satélites brillantes que crucen el cielo y arruinen sus observaciones. Se han publicado artículos, se han hecho grupos de trabajo y ha habido reuniones con las empresas interesadas. Se han propuesto algunas soluciones, como pintar de negro los satélites o ponerles una visera para el sol, pero la eficacia real es mínima.

En octubre de 2020 tuvo lugar el primer congreso sobre el tema, llamado Dark and Quiet Skies for Science and Society (D&QS), patrocinado por la Unión Astronómica Internacional (IAU), la ONU, y varias universidades y organismos. Se formularon algunas recomendaciones, y en octubre de 2021 está prevista una nueva reunión.

David Galadí, del Observatorio de Calar Alto (Almería), presentó algunas simulaciones de lo que va a pasar. Contó algunas conclusiones en unas recientes jornadas de la Asociación para la Enseñanza de la Astronomía. Según él, las peores horas son las del crepúsculo, en las que, por encima de 10º del horizonte se verán el 5% de los satélites, y en la zona alta del cielo, digamos por encima de 30º sobre el horizonte –donde los astrónomos hacen la mayoría de las observaciones– se vería un 0,5% de los satélites. Parecen pocos, pero si hay 12.000, eso supone 600 visibles y 60 en la zona alta del cielo. Y cuando haya 70.000, se verían más de 3.000, y 300 navegando en la zona alta. Aunque “siempre nos quedará París”: habrá unas horas de oscuridad en plena noche, cuando a los satélites que pasan por encima no les dé el Sol.

¿Hay limitaciones legales? Pues casi no. Cuando se dice que una empresa ha conseguido el permiso para sus satélites, se refiere al permiso que da la FCC (Comisión Federal de Comunicaciones) americana, que simplemente regula las frecuencias.

Una estrategia para fomentar la concienciación de las empresas que colocan satélites en órbita sobre la necesidad de limitarlos, es apelar a su imagen social

La ONU tiene el Comité para Usos Pacíficos del Espacio Exterior (COPUOS), pero trabajan fraguando acuerdos sobre telecomunicaciones y sobre el uso pacífico del espacio. En los encuentros D&QS mencionados, se han propuesto pactar un límite al número de lanzamientos, creando cupos por países, aunque tendría la trampa de la compra y venta entre países grandes y pequeños. También se ha planteado obligar a que los satélites sean más oscuros y limitar el número de satélites por constelación. Pero no hay que engañarse: las normativas de este tipo tardan décadas en aprobarse, por lo que los satélites estarán ya volando. Además, está la dificultad de hacer que se cumplan. Véanse si no los acuerdos entre países para limitar las emisiones de CO2.

La estrategia que parece más eficaz es intentar convencer mediante la aportación de motivos de imagen: una empresa que tenga una constelación más amigable con el cielo dará mejor imagen de marca en una sociedad cada vez más sensible en estos temas, y por tanto, la empresa ganará más dinero.

Basura espacial

A esto se junta otro problema: la basura espacial. Actualmente existen más de un millón de partículas mayores de un centímetro orbitando de forma incontrolada la Tierra, y muchas más de tamaño más pequeño. Van a velocidades altas: unos 30.000 km/h, y la energía de su impacto es similar al de una granada de mano, como describe visualmente la excelente película Gravity.

Si hay muchos satélites cerca unos de otros, la frecuencia de las colisiones podría aumentar exponencialmente

La infraestructura espacial es hoy crítica para nuestra vida cotidiana. Dependemos de ella en las comunicaciones, la navegación, la observación de la Tierra e incluso en la defensa. El Parlamento Europeo creó en 2014 el EUSST (EU Space Surveillance and Tracking), un organismo para detectar, catalogar y predecir los movimientos de la basura espacial. Con una red de radares, telescopios y estaciones de telemetría láser, consiguen seguir muchos de esos objetos y alertar de posibles colisiones con la basura espacial. Más de 200 satélites están protegidos contra ese riesgo de colisión, y ya se ha convertido en una tarea rutinaria efectuar pequeños cambios de órbita cuando avisan de que un trozo de basura pasará demasiado cerca.

En la historia de la exploración espacial ha habido algunas colisiones, de los que salen miles de trozos en todas direcciones. Eso puede producir una especie de reacción en cadena: esos trozos son candidatos a impactar con otros satélites, produciendo a su vez miles de pedazos nuevos. Si hay muchos satélites cerca, como ha ocurrido con el coronavirus, la falta de “aislamiento social” (en este caso espacial) podría aumentar exponencialmente la frecuencia de las colisiones, y dejar inservible la órbita baja. Hay compañías de telecomunicaciones que tienen satélites en esas órbitas y que ven peligrar su operatividad.

Que el cielo caiga sobre nuestras cabezas

También hay gente que ve un peligro potencial creciente en esos miles de satélites sobrevolando de forma abigarrada nuestras cabezas. No es nueva la caída de restos espaciales a la Tierra. Recordemos el cohete chino Larga Marcha 5B, que cayó de forma incontrolada en el océano Índico en mayo de 2021. El año anterior otros restos similares habían caído en Costa de Marfil, causando daños en varios edificios. En 2018 fueron noticia cuatro esferas que cayeron en los Andes peruanos, parece que procedentes de un cohete ruso. En 2001, la estación espacial soviética Mir, al final de su vida, reentró en la atmósfera de forma controlada y sus restos cayeron en el Pacífico, pero los especialistas reconocen que fue una operación de alto riesgo.

Si caen satélites y hay daños, ¿qué legislación se aplicaría? No hay que olvidar que estos satélites son de compañías privadas, no de los estados.

Más allá de los “desfavorecidos”  

¿Son necesarias estas constelaciones de satélites? ¿Qué mercado va a tener? Si consultamos la web de Starlink, nos dicen que con ella se pretende que tengan acceso a Internet en banda ancha muchos países desfavorecidos. Suena bastante a truco de marketing. Las prioridades de esos países son el acceso al agua limpia, un sistema de eliminación de aguas residuales, la electrificación, la educación, la sanidad… El acceso a internet, quizá aparezca en el puesto 100 o más abajo.

Entonces, ¿a quién va realmente dirigido? ¿Quiénes van a pagar este servicio? Por una parte está el mundo del entretenimiento, pero principalmente lo usarán empresas que necesitan acceso a Internet instantáneo, con cobertura mundial y tiempo de latencia menor que el cable, sin tener que pasar por nodos ajenos. Según los expertos, lo usarán las multinacionales dedicadas a las grandes transacciones de divisas, y a la llamada bolsa automática, con algoritmos de compra y venta en los que de un milisegundo antes o después puede depender que se gane o se pierdan varios millones, como ocurría en la gran película El golpe.

El despliegue de las megaconstelaciones de satélites parece imparable, pero quizá estemos a tiempo de minimizar su impacto.

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