La expresión artística africana encuentra nuevos cauces

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Duración lectura: 7m. 1s.

Nairobi. Si tuviéramos que establecer una relación entre África y formas de expresión artística, probablemente enumeraríamos las máscaras y las tallas de madera, el tambor y la vibrante danza, los vestidos deslumbrantemente coloristas y elegantes, en particular los de África occidental, y poco más. Hasta la fecha, África no nos ha dado un Miguel Ángel, un Velázquez ni un Rembrandt; ni un Shakespeare ni un Molière; ni un Mozart ni un Bach.

Luego, ¿sigue estando África en la fase primitiva de su desarrollo artístico? Durante siglos, lo fundamental del saber de los africanos se limitaba a cómo subsistir, a menudo mientras se trasladaban de un sitio a otro. Entonces había una fuerte tradición oral: cada generación transmitía a la siguiente -sólo oralmente y por medio de cantos y danzas- las hazañas de los héroes, los logros del pasado, las victorias alcanzadas en la guerra, las tragedias de la hambruna y la enfermedad, y las tradiciones y costumbres del grupo. Además de las adivinanzas, los proverbios, los cuentos populares -al estilo de Esopo- y los que encerraban alguna moraleja, todos ellos confiados a la memoria.

Todavía hoy la generación más antigua conserva un descomunal archivo de nombres, lugares, relatos y acontecimientos que pueden sacar a la luz a voluntad. Durante siglos gran parte de África era una sociedad en movimiento: todo el conocimiento esencial, ya fuera técnico, cultural o moral, tenía que almacenarse en el cerebro.

Arte en público

Ahora, cuando en numerosas partes de África las personas, arrancadas en gran medida del pasado y de sus tradiciones, se establecen pacíficamente en ciudades, diversas formas de expresión artística indígena están surgiendo como tallos después de las lluvias de primavera, adoptando las formas propias de la música, la pintura, la danza y la acrobacia, la talla de la madera y la piedra, etc.

En África, debido al clima y a la naturaleza comunicativa de sus pueblos, la vida se vive en público; mejor aún, se representa en público. El historiador Christopher Dawson, al escribir acerca de sociedades que contrastan con el estilo y el enfoque artístico propio de la Europa del Renacimiento, afirmaba: “El arte no es un refugio de la vida ni el privilegio de una minoría cultivada”. Jamás encontraremos en África al genio recluido que sobrevive en un diminuto ático entre sus botes de pintura y su paleta, a quien nadie ve ni oye, cuyas obras maestras saldrán a la luz después de que haya muerto olvidado de todos.

En vez de ello, el artista africano está dispuesto a discutir sus cuadros mientras los pinta y después de haberlos acabado: el tema y los tonos de los colores elegidos, así como el más profundo significado de cada pincelada, el simbolismo de toda la obra. El artista expresa lo que ve, tanto en su mente como en el exterior, en la calle; de ahí los brillantes tonos ecuatoriales -ni parecidos al pastel ni apagados-, o la atrevida oscuridad de una mente torturada, un tema abstracto corriente. Los paisajes quedan reservados a los turistas; el paisaje, con toda su belleza de formas, su variedad y su intenso color se da por descontado. Los cuadros deben decir algo sobre la gente, no sobre un trecho estático del campo.

La pintura, una novedad

La danza, la música, la interpretación, la mímica y la narración de cuentos siempre han estado presentes en África. La pintura es nueva y se va abriendo camino con fuerza; no sólo para satisfacer un incierto mercado turístico, sino por amor a la obra acabada.

La mayoría de los artistas han crecido en los barrios bajos. Conciben el arte como una salida que les permita a ellos y sus familias escapar del ciclo de pobreza y degradación. Pero, lo que es más importante, como un don que poseen y como una forma de crear conciencia entre las personas más ricas y más educadas de dentro y de fuera de África, de la sórdida y dura realidad de la vida en los barrios bajos: las redadas policiales; la demolición de asentamientos; el azote del abuso de la bebida, frecuentemente resultado de la desesperación; de los niños de la calle; del color y brío de las mujeres en el mercado; y también de las sencillas alegrías de la vida. Todo ello lo conocen de primera mano por haber ellos mismo pasado por todo.

Los jóvenes africanos están apoderándose de su entorno y creando arte con él; no sólo en lo referente a temas sino también a los materiales que emplean: tierra, hojas, raíces y la corteza de los árboles. Si tuviéramos que atribuir alguna inspiración específica a su estilo, podríamos identificar el contraste de luz y sombras de Caravaggio, los brillantes colores de Van Gogh y, en algunos de ellos, las formas de Picasso.

También el arte del gueto, de inspiración afroamericana, alegra los taxis y algunos edificios de los barrios más pobres con su característica interpretación de la vida. La escultura en piedra acaba de empezar. Una vez más, se ocupa del cuerpo humano en su infinidad de formas y posturas, algunas de ellas verdaderamente originales y divertidas.

Música del gueto

Los africanos, incluso los niños, responden instintivamente al compás de la música. La acrobacia, la mímica y la danza surgen con facilidad. Dándose cuenta de ello, unos pocos empresarios han comenzado a formar a jóvenes -en algunos casos huérfanos y otros niños de los barrios bajos- que se adaptan naturalmente a los movimientos necesarios. Muchos de ellos actúan ahora en giras por el extranjero, individualmente o en “troupes”, además de hacerlo en sus países.

Es tradicional que cada acontecimiento que tenga lugar en África, ya sea el discurso de un cargo público, la llegada de un jefe de estado extranjero, la bienvenida al visitante de una escuela o cualquier clase de ceremonia de inauguración, se celebre con poesía, canciones y danzas, y, cada vez más, con una exhibición de acrobacia.

El verdadero sentimiento del África urbana, expresado a través de la música, se hallará en la de los barrios bajos, en la de los guetos: el “rap”, el “reggae” (la voz de los sin voz, una limpia y clara protesta a favor de la justicia y los derechos, no un fomento del vicio), el comentario social, el sardónico humor de las calles, pero limpio, alejado de las letras blasfemas, obscenas, ferozmente amargas que parecen caracterizar gran parte de la música “pop” occidental. Y siempre, la música “gospel”, mezclada en ocasiones con otros géneros.

El principal obstáculo para los artistas de los guetos es la falta de recursos y de publicidad. Las empresas discográficas internacionales prefieren jugar sobre seguro y no invertir en nuevos talentos, mientras que los jóvenes de los barrios extremos no pueden permitirse grabar discos salvo que se les ayude, y quedan, por tanto, privados del acceso a las emisoras de radio. Existe una posibilidad de que una empresa holandesa financie una emisora de radio en un gueto de Nairobi, lo que podría ser una solución parcial. Los posibles patrocinadores del país se muestran muy lentos a la hora de aceptar el reto de sentirse responsables de la cultura local; quizá consideren que hay necesidades materiales más acuciantes, o puede que sea porque aún tienen que confiar en nuestros propios intérpretes y artistas.

Puede que África tenga que esperar algún tiempo para que sus artístas demuestren su valía y gocen de amplia aceptación en la escena mundial. Pero los primeros signos prometedores están sin duda a la vista. Si le damos tiempo, con los éxitos y fracasos de esta generación pionera, y con un mayor acceso a los recursos que se necesitan, llegará la hora en que la expresión artística africana deje de estar confinada en exposiciones especializadas para un público muy minoritario y selecto.

Martyn Drakard