Acuerdo de paz en Sudán, para poner fin a dos décadas de guerra

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Análisis

El gobierno de Sudán, musulmán y representante de la mayoría árabe del país, y los rebeldes de las provincias del sur, de población animista y cristiana, alcanzaron este mes un acuerdo de paz que pone sobre el papel fin a más de veinte años de guerra civil, y abre un importante precedente para otros países africanos con serios problemas de convivencia étnica y religiosa.

Según lo pactado en Nairobi, el régimen sudanés renuncia a imponer la sharía -el código islámico- en las provincias del sur, y otorga además a los rebeldes un lugar en el gobierno, así como la posibilidad de convocar un referéndum, dentro de seis años, para que esa región opte o no por la independencia. En el terreno económico, las partes acordaron que los sustanciosos recursos petrolíferos del Sudán se repartirán al cincuenta por ciento entre las dos regiones.

Aunque para algunos analistas éste ha sido el elemento clave del acuerdo -auspiciado por la diplomacia norteamericana-, lo cierto es que el conflicto armado hunde sus raíces históricas en la sistemática opresión ejercida por los líderes árabes del Sudán sobre el sur, impermeable a la presión del islam. Durante siglos, el más extenso de los países de África fue territorio favorito de la caza de esclavos por parte de las tribus árabes llegadas de ultramar. A partir de la independencia, en 1956, la práctica esclavista se redujo; pero Jartum impuso la ley islámica a sus súbditos del sur, que a partir de 1983 articularon un movimiento armado para independizarse del norte.

El acuerdo de paz, fruto de dos años de negociaciones, es el producto del agotamiento producido por más de dos décadas de guerra, con su corolario de hambre y enfermedades, que han dejado más de dos millones de muertos. Pero es también el resultado del inusitado interés de Washington, que ha visto en el conflicto sudanés elementos especialmente inquietantes: la opresión sobre los cristianos, y a partir de los años noventa, el coqueteo de Jartum con la red islamista de Bin Laden.

Como respuesta a los ataques de Al Qaida contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en 1998, el presidente Clinton ordenó el bombardeo de una fábrica sudanesa que, según sus informes, producía gas nervioso. Aquella intervención armada, y el temor a perder los nuevos e ingentes recursos producidos por las prospecciones petrolíferas, movió a los dirigentes musulmanes de Jartum a aceptar finalmente las condiciones de los rebeldes.

Estas circunstancias llevan a los observadores a ser cautos a la hora de valorar las posibilidades de futuro de la paz en Sudán. El matrimonio entre la comunidad musulmana (70% de los 40 millones de habitantes) y la animista y la cristiana (30% restante) es de conveniencia, en particular para los primeros. Es cierto que dentro de seis años el sur podrá decidir en las urnas si rompe con el norte, pero solo la lealtad de los dirigentes musulmanes a sus compromisos políticos y económicos indicará si la convivencia llegará intacta a esa fecha, o se reencenderá antes la mecha del conflicto religioso.

Un excelente termómetro para calibrar la salud del acuerdo de paz lo proporciona el otro conflicto aún en llamas en Sudán: el que enfrenta al gobierno de Jartum con la árida región de Darfur, en el este del país. El problema fue definido por la ONU, antes del maremoto en Asia, como la “mayor crisis humanitaria del planeta”: en poco más de un año de conflicto se habla de 70.000 muertos, aldeas arrasadas y cerca de un millón de desplazados de sus hogares por una guerra calificada de exterminio.

Darfur, fuera del acuerdo

El drama de Darfur se alimenta también del elemento fratricida. No es una guerra religiosa -como la que enfrentó al norte con el sur- , porque la población del este del Sudán es también musulmana. Es una guerra de limpieza étnica con la que la mayoría árabe que gobierna el país pretende eliminar o desplazar a los levantiscos musulmanes negros del este para repoblar esa región con sudaneses blancos.

La mentalidad totalitaria que refleja el drama de Darfur no permite alimentar excesivo optimismo sobre el nuevo modelo de convivencia que aporta el acuerdo de paz norte-sur. Países como Nigeria, donde periódicamente se sucede la violencia entre cristianos y musulmanes, pueden extraer hoy por hoy pocas lecciones del caso sudanés. El desafío de establecer equilibrios prudentes y naturales entre tribus y razas en África, más allá de la cartografía impuesta por las ex metrópolis, sigue siendo la gran asignatura pendiente del continente negro.

Francisco de Andrés

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