Vida y muerte de Harriett Frean. Cuentos extraños

Alba. Barcelona (2008). 380 págs. 22 €. Traducción: Amado Diéguez.



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En manos de cualquier otro escritor, esta singular mezcla de psicoanálisis y esoterismo habría explotado en mil pedazos, pero May Sinclair (1862-1946) fue lo bastante hábil para presentar un vistoso cóctel cuyos ingredientes principales fueron el respeto a una tradición literaria -los cuentos góticos de fantasmas, a la manera de Henry James-, y, a la vez, la rareza de un estilo que eligió transitar por la senda de la vanguardia.

A diferencia de un sinfín de obras experimentales, la de esta oscura autora británica no ha perdido interés. El lector español podrá descubrir, ahora, las razones de su hechizo sobre lectores tan atentos como T.S. Eliot, quien publicó uno de sus cuentos, o Borges, que recomendó otro para una revista.

Junto a una muy brillante novela corta, Vida y muerte de Harriett Frean -morbosa biografía de una mujer, que sirve a su autora para preguntarse si la virtud, llevada al extremo, no es otra forma de cobardía-, Alba ha reunido una colección de narraciones breves acerca de la presencia de lo sobrenatural en la vida cotidiana.

En esa parte, hay relatos que funcionan muy bien, como Donde el fuego no se apaga -sobre la angustiosa huida del pasado que emprende una mujer muerta-; El obsequio -acerca del fantasma de una joven que regresa al mundo de los vivos para averiguar si su marido la quería-; o La víctima -que evoca al más tremebundo Poe, y cuya tensión se diluye en una suerte de chascarrillo final-; y otros que no funcionan tan bien. A La grieta en el cristal le pierde su voluminosa extensión, mientras que El hallazgo del absoluto contiene jugosas reflexiones sobre la dimensión espacio-temporal en el Más Allá, que encajarían mejor en un tratado de física o en uno filosófico.

La naturaleza de la evidencia se distingue del resto por su sentido del humor -en la línea de Un espíritu burlón– y por su sencillez, una virtud que comparte con Si los muertos supieran, donde leemos esta inquietante reflexión: “Afirmamos que creemos en la inmortalidad, pero no creemos en ella. Tratamos a los muertos como si estuvieran muertos, como si no estuvieran”. Aunque quepan reproches a algunas de sus propuestas, la recompensa que se obtiene de su lectura es inequívoca. En un panorama marcado por la copia de modelos y la ausencia de riesgos, la osadía de May Sinclair sigue abriendo nuevos caminos en la ficción.

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