Viaje a pie

Ediciones 98.

Madrid (2013).

248 págs.

18,50 €.

Rescata Ediciones 98, editorial dedicada a recuperar textos de autores de las primeras décadas del siglo XX español, una obra menos conocida de Josep Pla (1897-1983) que escribió en castellano –al igual que Viaje en autobús (1942)– y publicó en 1949. Está dedicada, como tantas otras de este autor catalán, a contar algunos de sus viajes: en esta ocasión, a los pueblos del Bajo Ampurdán.

Pla lo escribe cuando ya se había instalado en el familiar Mas Pla de Llofriu, tras finalizar la Guerra Civil y cuando abandona la vida cosmopolita que había llevado como corresponsal de prensa en España y en Europa durante unas décadas de crispados sucesos políticos y cambios muy radicales en Occidente. Los viajes a pueblos pequeños y cercanos a su domicilio, a los que llega por los caminos vecinales, son el reencuentro de Pla con su mundo rural catalán, que pone en contraste con la vida urbana.

Curiosamente, Pla no menciona ningún lugar concreto, ni tampoco ninguno de los personajes con los que habla aparece citado con sus nombres y apellidos. Parece como si su intención no se redujese a una anecdótica narración más o menos personal sino a reflexionar, casi de manera ensayística, sobre las raíces y las claves de ese mundo rural cuyos habitantes, los payeses, son para Pla la síntesis de esa realidad.

Así, a medida que se avanza en la lectura de Viaje a pie asistimos a una detallada y elaborada disquisición sobre la vida de los payeses, sus virtudes y sus limitaciones. Pla, gran conocedor de ese mundo, habla con ellos, sabe ponerse a su altura, indaga sobre sus motivaciones y preocupaciones; son ellos los que le proporcionan el contenido necesario para las domésticas teorías que desgrana en este libro, procedentes de su inquieta capacidad de observación. A diferencia de otros escritores que retratan el mundo rural con una mirada románica e idílica, destacando los ingredientes bucólicos, a menudo tópicos, Pla adopta un punto de vista inmediato, realista y sociológico.

El punto de partida es su admiración por los payeses. Ve en ellos la esencia de buena parte del carácter catalán, pues muchos de sus rasgos se trasplantan a la vida urbana con la emigración de los campesinos. Pero tras comprobar “la soledad”, “la insolidaridad”, “la espantosa pequeñez” y “la asfixiante comadrería que constituye el único denominador común de su vida social”, Pla comprende que los payeses hayan abandonado sus pueblos, “a pesar de la tristeza inmensa de la vida en la gran ciudad”. Pla los describe así: “Son generalmente ininteligibles –en el sentido de no poder saberse jamás ni lo que piensan ni lo que desean– y en definitiva son, en un examen perentorio, muy individualistas”.

A pesar de no ocultar los rasgos negativos, como el egoísmo y la obsesión por el dinero, para Pla “nuestras mejores cualidades todavía las guardan ellos: tocan el suelo con los pies; el sentido del ahorro, el trabajo, el sentido común yo los encuentro más difusos en el campo que en cualquier otro estamento”.

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