Vamos a calentar el sol

Libros del Asteroide.

Barcelona (2014).

328 págs.

16,95 €.

Traducción: Carlos Manzano.

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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 39/14

Tanto Mi planta de naranja lima como Vamos a calentar el sol están inspirados en la propia biografía del brasileño José Mauro de Vasconcelos (1920-1984), autor que conecta su literatura con la narrativa popular, en la que tienen una especial presencia los más desfavorecidos.

El personaje principal de Vamos a calentar el sol (1974)es también Zezé, el inolvidable niño que protagonizó las inolvidables aventuras de Mi planta de naranja lima (1968), obra muy leída que se ha convertido por méritos propios en un clásico contemporáneo por su sugestiva capacidad de reflejar la alegría y el dolor de la infancia. Aunque el protagonista es un niño, es un libro para todas las edades. Esta novela comienza cuando Zezé tiene once años y ha sido adoptado por una familia de buena posición que vive en la ciudad brasileña de Natal. Su nueva familia le proporciona los medios necesarios para que estudie, se prepare bien y así pueda ayudar después a su pobre familia.

Pero Zezé no es feliz. La madre le obliga a estar horas y horas ejercitándose en el piano, lo que Zezé odia con todas sus fuerzas. El padre, por su parte, mantiene con Zezé una actitud distante y fría, lo mismo que su hermana mayor. Al igual que en Mi planta de naranja lima, Zezé sigue siendo un niño triste y solitario que utiliza la imaginación para suplir el cariño que no recibe por parte de los que le rodean. En este caso, se inventa unos confidentes muy originales a los que abre su alma y su corazón, el sapo cururú Adán y el actor Maurice Chevalier. También es un niño con una exquisita sensibilidad, estudioso, amante del cine, la lectura y la natación. Y esto es compatible con planear travesuras de las que son víctimas sus compañeros del colegio de los Hermanos Maristas donde estudia.

Desde la perspectiva ingenua e infantil de un niño como Zezé, el narrador, el libro cuenta su vida en casa y en el internado, las clases, los castigos, los compañeros, las devociones, las trastadas… Uno de los religiosos, el hermano Feliciano, es de los pocos que le entienden y le tratan con cariño. Esta amistad, duradera, es uno de los ingredientes más emotivos del libro, en el que se salpican, desde la mirada de un niño, algunos comentarios negativos sobre la religión y la piedad popular.

Lo más destacado es la evolución que vive Zezé desde la infancia hasta la adolescencia. Aunque sigue siendo un niño con muchas carencias afectivas, la vida, los libros, la amistad con el hermano Feliciano y las afectuosas conversaciones que tiene con sus confidentes le han enseñado a madurar y a ser más fuerte, a pesar de seguir haciendo de vez en cuando de las suyas. Esta progresiva transformación del carácter se traslada al estilo, cada vez menos inocente, y en los interrogantes que se le abren cuando entra de lleno en los 15 años, edad en la que descubre por fin el amor, sabe que tendrá que abandonar la casa familiar y decidir por fin qué va a estudiar en el futuro. El último capítulo, escrito muchos años después, explica la nostalgia de aquella infancia que siente el protagonista.

Aunque no tiene la fuerza emotiva ni literaria de Mi planta de naranja lima, más centrada en unos cuantos episodios de la vida del niño Zezé, Vamos a calentar el sol es una novela que también reivindica la fantasía y la imaginación de la infancia. Como se recoge en una cita de Jean-Jacques Rousseau que figura en los créditos finales de esta edición, “la infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”. Describir este particular mundo desde dentro es el gran acierto de estas dos novelas.