Un sombrero lleno de cerezas

La Esfera. Madrid (2009). 833 págs. 25 . Traducción Isabel Prieto.

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Oriana Fallaci (1929-2006) se ha revelado, póstumamente, con Un sombrero lleno de cerezas, una amena novelista. Cuenta la real y a la vez fantástica historia de su familia toscana, desde mediados del siglo XVIII a finales del XIX.

La novela es una saga llena de detalles, de hermosos paisajes, de cosas antiguas, de gente ruda y directa, de verdad y de alma. Casi todos los personajes tienen fuste, se sostienen en pie. En ocasiones Oriana Fallaci es furibundamente anticlerical, pero el anticlericalismo ha sido a veces, en Europa, una exigencia radical del mismo cristianismo. Otras veces, en cambio, lo que Oriana Fallaci demuestra es falta de cultura y de información religiosas, dando como doctrinas del catolicismo cosas que no lo son ni lo han sido nunca.

Como Italia no fue una nación-Estado hasta 1870 y durante siglos fue la encrucijada de los intereses de las potencias europeas, el libro es un acercamiento realista y claro a hechos como la invasión napoleónica de Italia y España, la trata de esclavos -blancos en el Mediterráneo, negros en África-, la peligrosa navegación por el Mare Nostrum, la actividad de los carbonarios, las guerras por la independencia y la unidad de Italia. La parte final es la más floja del libro, con la inverosímil historia de una de sus bisabuelas, pistolera y tahúr, en el Far West, con inútiles repeticiones y con salidas de tono… Se ve que no pudo terminar el libro de una forma convincente.

Algunas observaciones para corregir en una posible reedición. No se gritaba en España “¡Santiago y tierra a España!” sino “¡Santiago y cierra, España!”. Napoleón III no era nieto de Napoleón, sino sobrino, hijo de su hermano Luis Bonaparte. En el caso de que fueran deslices de la autora, siempre se puede advertirlo en una nota a pie de página. Es claramente error de Fallaci decir de uno de los personajes que “como buen seguidor de San Agustín, creía en el pecado original, en la maldad innata del hombre, en que la culpa no se extingue ni siquiera con el perdón…” Eso es, si acaso, calvinismo, no doctrina católica.

El gran genio de Hipona no queda bien en la pluma de Fallaci, prueba evidente de que lo desconocía y hablaba de oídas, vicio que se da, aunque raramente, en algunos escritores.

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